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Algunos de los libros de interés para quienes han seguido nuestro Apostolado de la Oración.
EN CAMINO HACIA LA SANTIDAD
(para los que deseen ser santos de verdad)

P. ÁNGEL PEÑA O.A.R.

Nihil Obstat
P. Fortunato Pablo
Prior Provincial
Agustino Recoleto

Imprimatur
Mons. Carmelo Martínez
Obispo de Chota (Perú)

LIMA – PERÚ
2003

ÍNDICE GENERAL

INTRODUCCIÓN

PRIMERA PARTE: LA SANTIDAD

Dios te quiere santo. Deseo de santidad.
Ser santo según tu vocación. Santos diferentes.
La santidad es amor. Necesidad de la oración.
Todo por amor. La comunión de los santos. a) Los ángeles
b) Los santos c) Las almas del purgatorio d) Los hombres de la tierra.
Confianza total. a) Nguyen Van Thuan
b) Madre Teresa de Calcuta c) Madre Angélica
d) Beata Gianna Baretta.
Ser misionero.

SEGUNDA PARTE: EXPERIENCIAS MISIONERAS

Vida misionera. Correrías apostólicas.
La misa. La confesión. Sacrificios.
Alegrías. Los pobres. Los enfermos.
Los protestantes. Promoción vocacional.
Ser sacerdote. Religiosas misioneras.
El amor a María. La protección del ángel. En el hospital.
ORACIONES MISIONERAS: Misionero en los Andes.
En la Sierra del Perú. Siguiendo el camino.
Hablando con Dios. En un rincón de la tierra.
Cantando con los ángeles. En la Selva. Frente al mar. Con Jesús Eucaristía.

TERCERA PARTE: DESEOS DE SANTIDAD

VIDAS EJEMPLARES: Mi maestro. Mi amigo Agustín.
Accidente fatal. El campesino pobre. El vendedor de flores.
Un santo sencillo. El mendigo santo.
SUEÑOS DE SANTIDAD: Sueño con Jesús.
Soñando en la soledad. Mi alma en primavera.
ANSIAS DE SANTIDAD:
Mi alma enamorada de Jesús. Mi entrega.
Amar a Jesús. Ansias de santidad.
Alabar a Jesús. Mensaje de Jesús. La vida. Hacia la santidad.

CONCLUSIÓN
LOS PROTESTANTES

Una de las preocupaciones actuales de todo sacerdote, en especial en América Latina, es la propagación de las sectas protestantes. Hay un dicho que dice: “Católico ignorante, seguro protestante”. Pues bien, muchos católicos ignorantes, que no conocen ni viven su fe, se cambian fácilmente de religión y abandonan nuestra fe. Por eso, edité un librito Católico conoce tu fe y otro Católico, defiende tu fe, para poder aclarar dudas y poder defenderse de los ataques de los hermanos separados que, a veces, con insistencia malévola hablan de que los católicos son idólatras, porque tienen ídolos, como ellos llaman a las imágenes religiosas.

En Arequipa, a través de los 17 grupos de la legión de María, íbamos a visitar a los enfermos a los hospitales, a visitar a las familias casa por casa y teníamos 10 cuadros hermosos de la Virgen María que iban visitando las casas y producían muchos frutos. Estábamos convencidos de que, donde había amor a la Virgen, no entraban los hermanos separados. Recuerdo a una señora, que se había hecho evangélica y asistía a su iglesia, pero que secretamente conservaba amor a la Virgen y se iba, de vez en cuando, a una Iglesia católica a rezar delante de una imagen de María. Un día, sus hermanos de religión fueron a su casa y encontraron una imagen de la Virgen y le dijeron que tenía que tirarla y destruirla, pero ella dijo que NO. Ellos le hablaron del infierno, de que era idólatra, etc., pero ella dijo que NO tiraba a la Virgen. Eso fue motivo suficiente para dejar su iglesia y acercarse a nuestra parroquia. Actualmente, es una buena cristiana, comprometida con la pastoral parroquial.

En otra familia, se convirtió el papá a los evangélicos y ellos fueron a la casa y destruyeron todas las imágenes. La mamá se indignó, porque le habían destruido su imagen de la Virgen a quien ella amaba mucho y por más que asistían a su casa a hacer reuniones y le daban charlas, no pudieron convertirla por su amor a la Virgen.

Otro caso, entre muchos, fue el de aquellos esposos evangélicos de Arequipa, que regresaron a la Iglesia católica, cuando yo les aclaré lo que significaba María para los católicos, y cómo Ella nos lleva a amar a Jesús y no a alejarnos de Él. Sí, María es el mejor camino para llegar a Jesús.

Por eso, fomentábamos el amor a María y el rezo del rosario en la parroquia, que era eminentemente mariana, no sólo por los grupos de la Legión de María, sino también, porque tenía por titular a la Virgen de Chapi, patrona de la ciudad. Todo el día teníamos el templo abierto para dar oportunidad a que muchas personas de distintos lugares pudieran venir a visitar a la “Mamita”, como llaman a María. En los programas de televisión, que tuve durante cinco años en Arequipa, de vez en cuando, aclaraba la doctrina católica sobre las imágenes y sobre la Virgen y otras verdades fundamentales de nuestra fe. Entonces, me di cuenta de cuánto bien se puede hacer a través de los medios de comunicación social. Por eso, algunas veces he seguido asistiendo a algún canal de televisión a grabar algún programa y lo mismo a emisoras de radio. También publiqué en Arequipa muchos artículos católicos en el periódico de la ciudad. Actualmente, cada año procuro editar un libro para aclarar algún punto importante de nuestra fe y así ayudar a los fieles a que se sientan orgullosos de ser católicos.

PROMOCIÓN VOCACIONAL

Estoy convencido plenamente que vale la pena ser sacerdote y, si mil veces naciera, mil veces me haría sacerdote. El sacerdote no es un hombre cualquiera, porque nadie puede celebrar la misa ni absolver los pecados, por más que haga las mismas cosas y diga las mismas palabras. Él ha sido escogido por Dios para ser su instrumento y ningún otro puede hacer que Cristo le obedezca y se haga presente en el pan y el vino ante las palabras de la consagración. Por eso, Hugo Wast decía: “Un sacerdote hace más falta que un rey, más que un militar, más que un banquero, más que un médico, más que un maestro, porque él puede reemplazar a todos y ninguno puede reemplazarlo a él”. Y el santo P. Pío decía muchas veces: “Es más fácil que el mundo viva sin el sol que sin la misa”. Y no hay misa sin sacerdote. Por eso, en mi vida sacerdotal me he preocupado mucho de promover las vocaciones sacerdotales y religiosas.

Pero ¡qué tristeza se siente al ver tantos lugares alejados sin sacerdotes o parroquias de cuarenta, o cincuenta, o cien mil habitantes con un solo sacerdote! ¡Y pensar que en el mundo hay unos cien mil sacerdotes que abandonaron su ministerio sacerdotal en los años de crisis!

Por eso, hay que orar mucho por esta intención del aumento de las vocaciones. Sin sacerdotes, la moral de los pueblos se va deteriorando. Recuerdo que en una ocasión, visité un caserío que hacía unos diez años que no lo visitaba ningún sacerdote. Me recibieron con mucha consideración, pero veía con tristeza que muchos eran indiferentes y no acudían a la misa. Por eso, hice el propósito de rezar todos los días en la misa por las vocaciones sacerdotales y religiosas y lo estoy cumpliendo después de muchos años.

Con frecuencia, les pregunto a los niños si quieren ser sacerdotes o religiosas y, cuando veo a alguno más dispuesto le digo: “Yo estoy viejo y necesito repuesto, ¿quieres ser mi sucesor?” Esta costumbre la he adquirido, porque cuando era un joven seminarista, un sacerdote me dijo a mí: “Yo pronto voy a morir y quisiera que tú fueras mi sucesor en el sacerdocio, ¿aceptas?” Y yo le dije que sí.

Por supuesto que lo que más anima a seguir este camino es el buen ejemplo de los propios sacerdotes, verlos alegres y entregados a su vocación. Pero no faltan muchos padres de familia que prefieren que sus hijos sean barrenderos antes que sacerdotes. Me he encontrado con personas que sentían en su vida un gran vacío por no haber seguido la vocación sacerdotal o religiosa, a la que se sentían llamados en su juventud. No puedo olvidarme del caso de aquel joven que tenía las maletas listas para irse al seminario, pero su padre le lloró y le pidió que no se fuera. Y para no darle un disgusto y para que no “muriera” de pena, no se fue, a pesar de ser mayor de edad. Hasta ahora se lamenta.

Otros casos he conocido de mujeres que tampoco siguieron su vocación y después se han casado con un buen hombre, pero siguen con un gran vacío interior y desean que alguno de sus hijos pueda seguir este camino.

Oremos mucho por las vocaciones y animemos a los jóvenes que veamos bien dispuestos. Una de las cosas que más me ayudó, cuando era niño a escoger este camino, fue el leer libros de Tierras lejanas, libros en los que se relataban aventuras de misioneros en tierras de misión. Pidamos a Dios que escoja a algún miembro de nuestra familia y colaboremos en esta tarea con nuestro dinero y con nuestra oración, especialmente el día del DOMUND (domingo mundial de las misiones) o los días especiales de oración por las vacaciones.

Que Dios los bendiga por esta buena acción.

SER SACERDOTE

Realmente, ser sacerdote es una gracia inmensa que nunca podré valorar lo suficiente y lo mismo puedo decir de la vida consagrada.

Por eso, es realmente penoso, cuando uno encuentra algún sacerdote tibio o que da que hablar a sus feligreses. Una vez, me hablaron de un sacerdote que era alcohólico y era párroco en un pueblecito de las alturas de Arequipa. Daba pena escuchar cómo descuidaba su ministerio y que, a veces, celebraba la misa sin devoción, teniendo la iglesia sucia y el sagrario lleno de hormigas. Y que hasta la gente le faltaba el respeto, porque parece que tenía un hijo con una mujer del lugar.

Ciertamente, es muy triste escuchar estos casos u otros parecidos, que aprovechan los periodistas para desprestigiar a todos los sacerdotes por unos pocos que siempre hay en todas partes. Por eso, yo me hice el propósito, desde mis años de estudiante, de ser sacerdote, pero de los buenos; porque malos ya había bastantes.

Siempre, en mis oraciones personales, hay un lugar para mis hermanos sacerdotes. E invito desde aquí a todos los que lean estas páginas a orar por ellos. No juzguemos, Dios juzgará. Procuremos respetarlos, invitarlos a mejorar, démosles nuestro apoyo y nuestra amistad. Pero, sobre todo, oremos por los sacerdotes, a quienes Dios ha escogido para ser sus ministros en el mundo.

Y en este momento, quisiera decir con palabras del sacerdote y periodista español José Luis Martín Descalzo:

“Me hice sacerdote para hablar a los hombres de Dios y a Dios de los hombres, para ser intermediario entre Dios y los hombres. Me hice sacerdote para enseñarles a mirar al cielo, para explicarles que el mundo es muy hermoso y que no es preciso romperse la cabeza en busca de la felicidad por el mundo, cuando el paraíso está dentro de nosotros, si queremos mirar”.

Sí, vale la pena ser sacerdote. Dios me ha escogido y yo debo darle cuenta de mis hermanos. Quiero llevarlos al cielo y quiero ser una luz que ilumine su camino. ¡Ojalá que lo consiga!

RELIGIOSAS MISIONERAS

En mi vida misionera he tenido, algunas veces, el apoyo de religiosas misioneras. En mi parroquia de los Andes no había religiosas, pero en las otras parroquias de Arequipa o Lima tenemos varias comunidades de religiosas. Ellas son un apoyo fundamental en la vida parroquial. Pero quiero recordar en este momento a aquellas religiosas que me acompañaron en una gira apostólica por la selva. Fueron días en los que estaba de vacaciones y fui a visitar la selva y, en una de sus salidas, las acompañé para ayudarlas con mi ministerio sacerdotal. Después de varias horas, llegamos a un caserío perdido en medio de la floresta. Solamente una vez al año iba el sacerdote a visitarlos.

Se celebraba la fiesta patronal y tuve que celebrar varias misas, muchos bautismos y algunos matrimonios. Pero me encantaba conversar con la gente sencilla. Entonces, me di cuenta de que las religiosas eran muy queridas por todos y que, hasta los indígenas de las tribus alejadas de la civilización, venían a buscarlas para pedirles ayuda. A veces, era ayuda material; porque eran muy pobres. Otras veces, era ayuda para sus enfermedades, porque en aquellos lugares no hay médico ni enfermeros. Las religiosas eran como mamás, que a todos daban cariño, ayuda y consuelo.

¡Cuánto bien hacen las religiosas en aquellos lugares! Yo las admiraba por su entrega y dedicación. Y se daban tiempo para atenderme, haciéndome mi dieta especial para mi estómago delicado. Y tenían tiempo para estar pendientes de cualquier cosa que pudiera necesitar. Eran también para mí como madres, que me atendían.

Todavía las recuerdo, caminando entre al barro y sudando; y haciendo parada para descansar en la casa de un buen hombre a medio camino, donde pudimos tomar un buen refrigerio. Y no olvidemos que los mosquitos y el calor y el sudor, donde no hay ninguna clase de facilidades, eran un tormento permanente. Pero siempre se las veía alegres. Incluso, aprovecharon mi estadía para confesarse y tener alguna misa a solas con Jesús, porque ellas también necesitan de la oración para tomar fuerzas para continuar el camino de su entrega.

En este momento, quiero agradecer también a tantas religiosas contemplativas, que con su vida, su oración, sus sacrificios y su amor, son la retaguardia de apostolado sacerdotal. ¡Cuántas bendiciones habré recibido de Dios y las habrán recibido todos mis feligreses a través de las religiosas, que rezan por mí y por quienes Dios me ha encomendado. Ellas son misioneras desde su convento.

A todas ellas mi admiración y mi agradecimiento.
EL AMOR A MARÍA

En todos los lugares, donde he ejercido mi ministerio sacerdotal, he procurado inculcar un gran amor a María, sabedor de que María nos lleva a Jesús y que Ella es el camino más rápido, más fácil y más seguro para llegar a Jesús. Desde que era muy niño me consagré a María. En el Seminario vivía con especial ilusión el mes de mayo, mes de María. Y siempre he tenido alguna imagen de María en mi habitación. Durante los dos años que estuve en crisis, dejé de rezar el rosario, que creía era una repetición monótona de Avemarías. Pero, cuando superé esta crisis, mi amor por María aumentó, pues creí que Ella había salvado mi sacerdocio a través de la oración de las religiosas.

Desde entonces, siempre he rezado el rosario completo. Nunca me olvidaré de los dos viajes que hice a Fátima (Portugal), uno de seminarista y el otro después de haber vivido cinco años en el Perú. En este último, celebré la misa con especial fervor, renovando mi consagración a Ella. Por algo mi nombre religioso es Fray Angel Peña de la Virgen de Fátima. Algo parecido puedo decir de mi visita al santuario de Lourdes en Francia. Me entusiasmó la procesión de las antorchas y la misa por los enfermos. Volví renovado y con más amor a María. Otra experiencia, que siempre recuerdo, fue mi visita al santuario de El Pilar de Zaragoza, en España, celebrando la misa en el altar de San Antonio de Padua y besando el pilar bendito.

Durante mi estancia de 16 años en Arequipa, fundé la Legión de María, que con 17 grupos era el grupo más fuerte y dinámico de la parroquia. Por ser una parroquia eminentemente mariana, fomentaba el amor a María con el rezo del rosario y repartiendo estampas, medallas, revistas, etc. El primero de mayo era el día de fiesta parroquial; ese día venían de distintos lugares de Arequipa, quizás unas treinta mil personas. Y muchas otras durante todo el mes de mayo.

En mis tiempos de misionero en la sierra peruana construí, en la casa parroquial, una gruta a la Virgen de Lourdes, y en mis correrías apostólicas les hablaba de mis tres amores: Jesús Eucaristía, María y el Ángel custodio. En el templo parroquial coloqué una imagen nueva de María. Y, antes de las misas de la noche, les enseñaba a los niños diversas canciones entre las que no podían faltar canciones a María. María siempre me acompañaba en las correrías apostólicas por medio de alguna estampa y, sobre todo, siempre la llevaba en mi corazón. Ella me cubría con su manto y me cuidaba como buena madre de las tentaciones y a Ella le debo todos mis éxitos misionales, pues todo se lo encomendaba y todo se lo ofrecía, ya que estar consagrado a María significa ser de María y, por María, ser de Jesús. ¡A Jesús por María!

Cuando escribí el libro Apariciones y mensajes de María se lo dediqué especialmente a Ella y compuse en su honor la canción que está al final del libro. En esta canción se dice: “Soy de María, soy de Jesús y quiero serlo por siempre jamás”. Amén.

LA PROTECCIÓN DEL ÁNGEL CUSTODIO

Muchas veces en mi vida he estado en peligros de accidentes de coche, de caídas del caballo, en peligros de animales, de contagios al atender enfermos... Sólo Dios puede saber de cuántas me he librado con la ayuda del ángel. Pero puedo decir que mi ángel, a quien siempre he tenido una especial devoción desde niño, siempre me ha cuidado con especial esmero. Recuerdo un día en especial. Habíamos ido a bendecir la cruz de un cerro y tuvimos que subir con mucha dificultad hasta la cima. Y era muy hermoso ver en la cumbre, desde lejos, aquella cruz que habían puesto los primeros misioneros para manifestar que aquellos lugares pertenecían a Jesús. Hacía varios siglos que ya no se celebraban allí sacrificios humanos o ritos satánicos como habían hecho los “gentiles”, como así llamaban a los primeros habitantes de aquellos lugares, cuando todavía no eran cristianos.

Pues bien, era un día de viento frío, el día anterior había llovido y el terreno estaba resbaladizo. Al bajar del monte, en un cierto momento, la mula empezó a resbalarse y a dar traspiés, de modo que tuve que tirarme al suelo lo antes posible. Gracias a Dios, no pasó nada, solamente tiró por el suelo la alforja y las cosas que llevaba. Los campesinos que me acompañaban, se quedaron asustados, pensando que me podía haber pasado algo grave, si la mula se hubiera caído conmigo en aquellos precipicios o se hubiera caído encima de mí.

Pero Dios vela siempre por los misioneros y creo que mi ángel cumplió su misión y me cuidó en aquel peligro como aquel día en que una serpiente pasó por encima de mi zapato, o aquel día en que fui a visitar a un enfermo muy grave y en su casa una tarántula estuvo muy cerca de picarme, o aquel otro en que un perro bravo estuvo a punto de morderme, o aquella vez en que las espinas de una zarza casi me sacan un ojo, al pasar por una vegetación muy tupida con el caballo. ¡De cuántos peligros me habré salvado!

Yo era un inexperto para caminar por aquellos lugares llenos de barro, en que la mula caminaba al borde del precipicio con el consiguiente peligro de resbalarse y caer hasta el abismo. Yo ni siquiera sabía poner bien los arreos del caballo y debía obedecer los consejos de mi acompañante que, con frecuencia, tenía que abrirme paso a través de estrechos caminos con el machete. Yo debía estar atento, cuando las ramas estaban muy bajas y, a veces, podían golpearme. Varias veces, las ramas bajas se llevaron mi sombrero sin mayores consecuencias. Otras veces, el caballo no quería avanzar por algún motivo desconocido y había que estar atento y ver la manera de tranquilizarlo. Pero, a pesar de mi inexperiencia, confiaba en Dios y en mi ángel que me acompañaba y me cuidaba. Por eso, quiero darle gracias públicamente a Dios por este ángel, que ha colocado a mi lado para cuidarme y defenderme durante toda mi vida.

EN EL HOSPITAL

No todo ha sido color de rosa en mi vida misionera. Varias veces, he tenido que ser ingresado al hospital por motivos de salud. En esos momentos, en los que me sentía muy débil, con frecuencia, no tenía ganas de rezar y ni siquiera de sonreír.

Eran momentos en los que uno toca fondo y siente toda la debilidad de su ser humano, que puede romperse en cualquier momento y puede irse al otro mundo.

Pero, aún en esos momentos difíciles, procuraba acordarme de mi ángel para que me acompañara y me ayudara. Ofrecía mis sufrimientos a Jesús, como flores de amor, aunque quizás no siempre con la alegría que debiera. Soy consciente de que soy muy débil ante el dolor, pero sé que tiene mucho valor ante Dios. Por eso, trato de ofrecerlo, aunque, por otra parte, deseo que todo pase pronto y así recobrar lo antes posible la salud. Pero, en medio de mi debilidad, procuro ser un enfermo misionero, sabiendo que, hasta el dolor y la debilidad, ofrecidas con amor, sirven para la salvación del mundo.

Muy especialmente, me acuerdo de una vez que estuve enfermo con hemorragias de estómago y tuve que estar dos meses en descanso. Durante esos dos meses, celebraba la misa yo solo, sentado, porque no tenía fuerzas ni para celebrar de pie. Iba a la capilla a orar, aunque con frecuencia me dormía. Sentía frío, mi estómago no estaba bien y hasta me aburría estar en cama. Me sentía como un pobre inútil, mientras mis hermanos tenían que hacer solos todo el trabajo.

En otra oportunidad, fue algo totalmente diferente. Se me paralizó una cuerda vocal y no podía hablar normalmente. Sufría, porque, para hablar fuerte, me salían gritos. Tuve que buscar una señora foníatra para hacer ejercicios de voz, pero pasé dos años sin poder celebrar la misa en público y sólo me dedicaba a confesar, pues el hablar en voz baja me era más factible, aunque con dificultad. Era, pues, un cero a la izquierda en la comunidad, sólo era un enfermo misionero, cuando yo hubiera querido estar sano y fuerte para trabajar como los demás hermanos, pero los caminos de Dios son diferentes.

Por eso, he aprendido a ver la mano de Dios en todo y saber aceptar su voluntad, pues de nada sirve rebelarse contra las situaciones adversas o enfermedades, que pueden tener un valor enorme sobrenatural, si las ofrecemos con amor. Ahora ya no puedo trabajar en la Sierra o en la selva, mi trabajo especial es como enfermo misionero y hacer lo que puedo en las tareas parroquiales.

¡Dios sea bendito!

ORACIONES MISIONERAS

MISIONERO EN LOS ANDES

Señor, soy misionero y me encuentro esta tarde lejos, muy lejos de la civilización. Me encuentro en una de las montañas de los Andes y es hermoso ponerse aquí de rodillas y rezar en silencio, frente al grandioso panorama que se abre ante mí.

La tarde está en declive, comienza el ocaso del sol y veo algunas nubes paseando por aquí. Señor, el paisaje que contemplo es recio y fuerte por la gallardía con que miran las montañas. Me parece escuchar su voz a través del viento, una voz profunda y armoniosa, algo así como los acordes de la quinta sinfonía. Señor, mi caballo relincha de gozo en este instante, parece que él también siente tu presencia en las alturas.

Mi guitarra parece indicarme que la coja en mis brazos y responda con sus notas y mis cantos a ese Dios que yo siento en el aire que respiro, en el paisaje que contemplo, en el alegre relincho de mi caballo y hasta en esas nubes que pasean por el cielo.

Señor, ahora estoy sentado en lo más alto y veo barrancos y ríos y valles. Y con mi guitarra y el eco de los montes te canto, Señor, diciendo: “Gracias por la vida. Me siento feliz de haber nacido y mucho más feliz por haberte conocido. Amén”.

Después de esta canción, que era oración, me sentí descansado, sereno y feliz. Y de nuevo emprendí el regreso por entre los montes, cantando con mi guitarra y montado en mi caballo. Pronto me alejé de aquel lugar de oración, desde el que sólo se divisaba a lo lejos: un hombre, un caballo, una guitarra. Y yo me sentía contento de ser misionero del Señor.

EN LA SIERRA DEL PERÚ

Señor, en esta mañana lluviosa de setiembre me encuentro en un rincón perdido de los Andes y yo te alabo y te agradezco por el bonito panorama que contemplo ante mi vista. Estoy en un lugar que se llama Panamá. Desde el portal de una humilde chocita campestre estoy viendo llover a raudales. Los pollos y las gallinas se pasean ante mí. Los perros están acurrucados en la cocina. Victoria se afana preparando el desayuno. Julio, el papá de la familia, está preparando el lugar para la misa.

¡Que bueno es mi amigo Julio! Me dice: ¡Que bien viene esta agua para mi tierra! Y yo, contemplando el paisaje y escuchando el murmullo de la lluvia le hablo de Dios y de tantas maravillas que Dios ha creado para alegría de los hombres.

A lo lejos se divisan los montes altivos y orgullosos de los Andes y los campos con su caña de azúcar, el café, los plátanos y los árboles silvestres. El cielo está encapotado; pero, poco a poco, se ve en la lejanía un horizonte cada vez más claro, poniendo la esperanza de un día de sol que ha de venir.

Después del desayuno, he recibido a algunos campesinos que han venido a visitarme y a conversar de las cosas de Dios. Al atardecer, cuando ya el día estaba calmo y sereno, ha venido la gente de los alrededores para la misa, que he celebrado con todo el fervor de que era capaz, ofreciendo mi vida a Jesús por la salvación de mis hermanos. Y ellos, en silencio, me escuchaban hablarles de un Dios amigo, de un Dios cercano, que siempre nos espera en la Eucaristía. También les he hablado del ángel custodio, de ese amigo inseparable que siempre nos acompaña y que nos protege de tantos peligros y asechanzas del maligno. Y, por supuesto, les hablé de nuestra Madre María. Les conté algunos relatos sobre apariciones marianas y me he sentido feliz de verlos tan admirados y silenciosos, escuchando mis palabras.

Después de la misa y de la cena, me he retirado a descansar y, en ese momento de oración, le di gracias a mi Dios por haberme hecho misionero. Gracias, Señor, por la alegría que me das y por haberme hecho sacerdote para llevar tu mensaje de amor a todos mis hermanos.

Mañana tengo que levantarme temprano para ir a otro lugar llamado Choros, junto al río Marañón, y así seguiré predicando tu palabra y tu mensaje por los pueblos del mundo, porque ser misionero es ser misionero del mundo entero. Gracias, Señor, por ser misionero.

SIGUIENDO EL CAMINO

El día comienza. Todavía el ambiente respira la frescura de la noche y me encuentro en Choros, acompañado de dos de mis amigos. Estamos sentados en una pequeña habitación que nos dieron de posada, esperando el desayuno y temiendo la llegada del tremendo calor que hace siempre en esta tierra.

Señor, Choros es el lugar más apartado de mi parroquia, es una llanura entre montañas, a la orilla de un gran río: el Marañón. Es tierra cálida y fértil, donde los arrozales y los cocoteros se extienden a la orilla de este gran río. Solamente una vez al año la he podido visitar y quizás nunca más la vuelva a ver, pero siempre la llevaré en mi corazón y siempre estarán sus hijos en mi oración.

Señor, comprendo que al ser visitados tan pocas veces, su fe esté débil, pero siempre rezaré por ellos. Sí, haré una campaña de oraciones y sacrificios, pediré oración a todos los que pueda en todos los rincones del mundo, porque sé que no los puedo dejar solos. Son como los hijos lejanos que un padre nunca puede olvidar y, aunque no los pueda ver, siempre los lleva en su corazón y en su oración.

Cada día, al celebrar la misa, encomiendo a un ángel que lleve hasta ellos las bendiciones del Señor. No están solos, son mis hijos alejados, lejanos, pero muy queridos.

Señor, haz que en cada uno de ellos brille una luz y surja la esperanza para que, comprendiendo tu presencia entre sus almas, puedan alabarte y darte gracias.

¡Que Dios los bendiga. Nunca los olvidaré a lo largo de mi vida!

HABLANDO CON DIOS

Señor, después de una gira por los rincones más apartados de mi parroquia he vuelto mejorado a mi vida ordinaria. Nunca podré olvidar aquella noche en que, para huir del calor del día, hicimos el recorrido a la luz de la luna. La tranquilidad y el silencio nos rodeaba, solamente interrumpido por algunos animales nocturnos que gritaban desde lejos.

Tuvimos que pasar un río poco profundo, y con peligros que podían acechar, porque en aquellos lugares había pumas, esos tigres americanos que merodean las casas en busca de ovejas que matar. Pero el viaje fue tranquilo y, al amanecer, ¡qué belleza, ver el sol nacer entre los montes! Parecía que un mundo nuevo amanecía y yo sentía a Dios en las flores, en el cielo y en los árboles y hasta en el aire que tenía un olor a tierra mojada. ¡Qué maravillosos paisajes! ¿Por qué hiciste cosas tan bellas, Señor?

Y qué sencillos aquellos hombres que salieron a mi encuentro y que me buscaban para conversar. Les hablé de Dios y me escuchaban atentos y, cuando celebré la misa en aquella casa sin puertas, hasta los pequeños me miraban con ojos abiertos. Yo me sentía contento en medio de ellos y pensaba que estaba celebrando de nuevo el grandioso misterio de la Navidad. Y Dios bajó a nosotros en aquella choza y yo sonreía a aquellas gentes humildes, que me querían de verdad.

Gracias, Señor, por mi vida misionera. Gracias por ser sacerdote. Gracias por esta misa que he podido celebrar. Gracias, por tu presencia en medio de nosotros. Gracias por todo, Señor.

EN UN RINCÓN DE LA TIERRA

Señor, me encuentro en un rincón del mundo, perdido entre las montañas. Esta mañana hemos celebrado la primera comunión de unos niños muy pobres. Algunos estaban descalzos, algunos parecían desnutridos y poco desarrollados para su edad, algunos tenían los ojos tristes, otros en cambio, estaban alegres. Hemos celebrado la misa en la escuelita del caserío, que tendrá unos 50 habitantes permanentes sin contar los que viven en casas aisladas por los alrededores.

Señor, me he sentido contento de ver sonreír a estos niños. Durante la misa les he hablado de María y de que deben amarla y encomendarse a ella. Les he dicho que recen todos los días, al menos, tres Avemarías al levantarse y acostarse, y que se consagren a Ella, que como Madre cariñosa los cuidará y protegerá con su manto. Después de la misa se me ha acercado un niño, Felipe, y me ha dicho que quería que le ponga el manto de la Virgen para que su consagración a Ella sea de verdad para toda la vida. Me ha emocionado su gesto y le he puesto sobre la cabeza mi estola sacerdotal y he rezado por él consagrándolo a María y haciéndole repetir una oración. Y me sonrió con una bella sonrisa. ¡Qué bella es la sonrisa de los niños, Señor!

Creo que María habrá sonreído a Felipe, que, con sus ocho años, ha comprendido mejor que muchos “sabios” de este mundo que, bajo el manto de María, se vive mejor y más feliz que con todo el dinero y con todos los placeres del mundo. Por mi parte, consagré a María a esos niños que habían hecho su primera comunión, en especial, a Felipe para que sea sacerdote y continúe mi tarea.

Señor, gracias por habernos dado a María como Madre nuestra. Gracias por su presencia cariñosa a nuestro lado. Gracias, Madre mía, por tu sonrisa y por tu amor.

CANTANDO CON LOS ÁNGELES

Era un día caluroso y yo viajaba a caballo hacia un caserío distante, donde me esperaban para la misa. A medio camino, nos detuvimos yo y mi acompañante para tomar un descanso. Estábamos rodeados de montañas y yo pensaba en los ángeles que nos rodeaban. Pensaba: ¡Cuántos ángeles habrá por aquí! y quise sentirme rodeado de ángeles y le pedí al Señor que me enviara millones y millones de sus ángeles para acompañarme en aquel viaje y para que me defendieran de todos los peligros.

Cuando reanudamos la marcha, íbamos en silencio, pero yo estaba en oración y pensando en aquellos millones de ángeles invisibles que me acompañaban. Y me sentía especialmente contento. ¡Es tan hermoso sentirse rodeado de ángeles! Y hablaba con ellos y les sonreía y jugaba con ellos a ver quién amaba más a Jesús. Yo decía: “Señor, te amo con todo mi corazón”. Y me imaginaba que ellos me respondían: “Nosotros te amamos con todo nuestro ser”. Y pensaba: “Me ganan, porque son muchos y son más santos que yo”. Y yo seguía: “Señor, te amo con el amor de Jesús y de María”. Y ellos decían: “Señor, te amamos con el amor de Jesús y de María y del Espíritu Santo”. Y yo respondía: “Señor, te amo con todo el amor que existe y ha existido y existirá en el Universo por siempre jamás”. Y ellos respondían: “Y nosotros te amamos con tu mismo amor de Dios y de todas tus criaturas”.

Creo que quedamos empate, pero me sentí feliz de estar tan bien acompañado. Cuando tuvimos nuestro segundo descanso, me di cuenta de que había un eco formidable en aquel lugar. Entonces, les invité a los ángeles a alabar a Dios conmigo. Les dije: “A ver quién grita más fuerte”. Yo decía con toda mi voz: “Dios mío, yo te amo” y el eco de los montes repetía “Dios mío, yo te amo”. Y así, diciendo palabras de amor a Dios, seguí unos momentos. Mi acompañante me miraba, sonriendo... ¿Y los ángeles? Creo que también participaron, aunque no pude oír su voz. Y me imaginé que, como la vez anterior, también habíamos quedado empate.

Después, continuamos el último tramo del camino y me imaginaba a los ángeles, cantando como aquella noche de Navidad. ¡Qué bello debe ser el canto de los ángeles, de millones de ángeles, a la vez! Por la noche, a la hora de la misa, rodeado de aquellos campesinos humildes, me volví a sentir rodeado de ángeles. En el momento de la consagración, me imaginaba que estaban de rodillas adorando a su Dios, recién nacido, en aquella chocita del último rincón del mundo.

¡Que felicidad vivir en íntima unión con los ángeles! Creo que el Padre Dios me sonrió aquella noche, en aquella chocita de barro durante la misa, pues le recordaría la noche bella y hermosa de la Navidad en la cueva de Belén. Y creo también que los ángeles cantarían hermosas canciones al niño Dios.

EN LA SELVA

Recuerdo aquel día en que fui con otro sacerdote a visitar la selva. Llegué a bordo de una pequeña avioneta hasta lo más lejano de su parroquia. Después tuvimos que caminar dos horas hasta llegar al lugar donde nos esperaban. Nunca me olvidaré de aquel viaje de bendición. Hicimos un recorrido en lancha por el río para visitar a otros poblados machiguengas en plena selva. Fue algo delicioso y encantador para mí, porque era algo nuevo. Disfrutaba de verdad ante aquel paisaje cautivador, que se extendía a lo largo de las márgenes del río. Los tucanes y las chicharras nos acompañaban con su canto, el cielo estaba hermoso y todo era tranquilo en aquella jornada. Y yo alababa a mi Dios por tantas maravillas.

Cuando al atardecer, celebré la misa, mientras el otro sacerdote confesaba, me sentía feliz de ser sacerdote y poder celebrar el gran misterio de la Navidad en aquella chocita humilde, pero en donde también estaba el mismo Dios encarnado en la hostia consagrada. Los niños me miraban con ojos abiertos y yo les sonreía. Sí, Dios bajó hasta nosotros aquella noche en plena selva, como si hubiera querido ser uno de nosotros. Aquel día era como si Jesús nos dijera que él también era un indio entre los indios de la selva y que podían abrazarlo en la comunión como a una amigo de verdad, que se dejaba querer y los amaba con todo su corazón.

Al anochecer, me fui a orar junto al río y allí, a solas con Dios, sentí su amor y su presencia como quizás nunca antes en mi vida. Sentí que Jesús estaba allí conmigo, sentí que me amaba y que estaba feliz de estar conversando conmigo en aquel rincón del mundo. Sentí que Jesús era mi amigo de verdad y nos prometimos amor eterno, sin condiciones, para siempre. Desde entonces, Jesús ha sido más real en mi vida y, cada vez que celebro la misa, lo miro entre mis manos y recuerdo aquel día en que me hizo sentir su presencia en un poblado machiguenga en un lugar lejano de la selva. Allí estaba Él esperándome y yo me emocioné al sentir su amor en el silencio sonoro de la selva, entre los ruidos de la noche y el murmullo de las aguas del río, que me invitaba a orar. Gracias, Señor, por haberme hecho sacerdote.

FRENTE AL MAR

Señor, me encuentro en el Peñón de Vélez de la Gomera en las costas marroquíes, y soy el capellán de un destacamento militar español. Hace un día espléndido en este mes de noviembre. Y yo siento una alegría intensa e inexplicable al ver el mar tan manso y apacible que parece que tuviera miedo de besar las playas. Miles de peces he visto desde los acantilados y ahora me siento feliz, contemplando el horizonte sin límites. Las gaviotas planean con destreza y se posan en el mar, y después se dirigen raudas hacia la altura. ¡Qué bonito es ver volar a las gaviotas! ¡Qué bello es el atardecer, cuando el sol deja una estela roja sobre el horizonte! Aquí he disfrutado de los atardeceres más bellos de mi vida, llenos de poesía y de oración. ¡Cuántos días, al ir a celebrar la misa, disfruto del atardecer y después celebro la misa a solas con Jesús, pues apenas dos soldados me acompañan. Pero ¡qué importa, si la misa es la misa de Jesús y yo soy su ministro, y podemos celebrar unidos el gran misterio de la redención! ¡Oh Jesús, cuántas veces he sentido deseos de ser santo y amarte con toda mi alma al disfrutar de las bellezas de la naturaleza! No solamente en este Peñón, cuando veo a los delfines jugando y saltando sobre el agua, también he sentido esta misma alegría entre las montañas de la sierra del Perú al ver a los huacamayos con sus lindos colores o al ver el maravilloso panorama de la selva desde la altura del avión.

Señor, tú estás aquí conmigo y me siento feliz de tu presencia. Tú eres mi amigo y yo te amo. Gracias por haberme escogido y por quererme tanto.

Me siento muy débil y pequeñito ante el dolor y ante los problemas y fracasos de la vida diaria, pero Tú, Señor, lo puedes todo. Hazme santo, y gracias por este día tan maravilloso, por los buenos musulmanes que son mis amigos, por las montañas que se ven a lo lejos y que ponen un fondo de leyenda a este rincón de ensueño. Gracias por los delfines y las gaviotas, por el sol y las montañas, por el cielo y por el mar. Gracias por decirme que me amas a grandes voces a través de este paisaje tan hermoso. En este momento, me comprometo a dejarte obrar en mí y a dejarme amar por ti para que puedas llevarme a la santidad.

CON JESÚS EUCARISTÍA

Señor, te doy gracias por todas las veces que, a lo largo de mi vida, he podido estar a tus pies, adorando tu presencia y agradeciendo tu amor. Quiero agradecerte, especialmente, por todas las veces en que me has hecho sentir tu presencia de manera sensible. Han sido muchas veces en las que, de modo callado, pero sensible, me has hecho sentir tu amor y tu bondad. Por eso, puedo decirte que Tú eres el Señor y dueño de mi vida. Tú el centro y el Señor de mi existencia.

¿Te acuerdas de aquel día en que estaba enfermo en la clínica y me fui a la capilla a rezar? Me pase un par de horas tranquilo, contento y con mucha paz.

Y, cuando estaba en Pimpincos, y me iba a tocar la campana y a preparar las cosas, antes de la misa, y me quedaba unos momentos contigo... Parecían momentos de gloria. Y, cuando en el Peñon de Vélez, iba a celebrar la misa y miraba al sol del atardecer... Parecía como si tú estuvieras visiblemente presente en aquel sol maravilloso, que se ocultaba.

Señor, es cierto que, muchas veces, me he dormido a tus pies, llevado por el cansancio o la falta de sueño o la enfermedad. Pero sé que tú me sonreías desde el sagrario e irradiabas tus rayos de luz sobre mí.

¡Oh Jesús Eucaristía, centro de mi vida y amor de mi alma. Sin Ti no podría vivir. Por eso, quiero unirme a tus ángeles y santos para adorarte cada día. Quiero ser tu amigo. Ayúdame a cumplir el compromiso que hice contigo aquel día, estando en Arequipa, de pasarme todos los días, al menos, una hora extra a tus pies junto al sagrario.

Señor, recibe mis pecados, mis sufrimientos y debilidades y haz que sea tu amigo de verdad. Te ofrezco mi vida, te ofrezco mi amor con todos los besos y flores de mi corazón. Amén

TERCERA PARTE

DESEOS DE SANTIDAD

En esta tercera parte, quiero expresar mis deseos de santidad a través de algunos de mis escritos, que pueden animar a los jóvenes y no tan jóvenes a ser misioneros y a aspirar a la santidad. Muchos de estos escritos son de mis años jóvenes, cuando tenía tantas ilusiones de cambiar el mundo y de ser un misionero santo. Ojalá que puedan servir para alentar a todos a seguir el camino de Dios en plenitud y no quedarse en una vida tranquila de mediocridad, estancados y sin ilusión. Vale la pena intentarlo. Dios nos quiere santos y nosotros debemos tener deseos de santidad.

VIDAS EJEMPLARES

MI MAESTRO

En un pueblo de Castilla, de cuyo nombre sí quiero acordarme, pasé los mejores años de mi infancia. Nunca olvidaré aquellas tardes en que iba al frontón a jugar a la pelota o aquellas otras en que me iba con algún amigo al campo, en pleno verano a recoger fruta de su huerta.

Los domingos, después de la misa, era la catequesis para los niños en la misma iglesia. Por la tarde, el párroco nos reunía a los niños para ver una película muda de Charlot y enseñarnos las cosas de Dios. Siempre recordaré los días de Semana Santa, porque, con frecuencia, venían los “frailes de barba”, los Padres capuchinos, y nos hacían reflexionar seriamente en el más allá.

Cuando había procesiones por las calles del pueblo, era hermoso ver, ordenadamente, niños, hombres y mujeres en grandes filas, cantando el Ave María y otras canciones religiosas.

También tengo presente en mi memoria a los momentos en que iba a la escuela, con todos mis amigos. Había días del más crudo invierno, en que apenas íbamos cinco a la clase. Y nos calentábamos en la estufa encendida con leña. Pero, normalmente, la escuela era para nosotros un lugar de aprendizaje para la vida. Siempre recordaré con cariño a aquel gran maestro que, además de enseñarnos las materias del curso escolar, nos hablaba de Dios y de los valores humanos. Nos ponía ejemplos para inculcarnos la justicia, la caridad, la honradez, la sinceridad, la responsabilidad y la pureza de costumbres para llegar a ser “hombres de provecho”.

Eran muchos los ejemplos. Uno de los que más recuerdo es el de aquel joven que fue a pedir un trabajo y le dijeron que no había. Al salir, encontró un alfiler en el suelo y se lo devolvió al dueño. Y el dueño, admirado por aquel detalle, le dio trabajo, porque necesitaba personas honradas hasta en lo más mínimo.

Desde estas líneas, quiero elevar mi agradecimiento a aquel maestro bueno y religioso, que, con su buen ejemplo, nos enseñó a orar y a ser buenos ciudadanos para el bien de la patria. Cuando, después de muchos años, regresé al pueblo, ya había muerto y pude darme cuenta de que todavía su recuerdo seguía vivo y tenía un nieto sacerdote.

Que Dios lo bendiga y lo tenga en su reino. Él fue un ejemplo nosotros. Él fue un “santo varón”, que nos enseñaba con el ejemplo no importa saber su nombre. Siempre lo llevo en mi corazón. Le podríamos llamar, simplemente: San Maestro

MI AMIGO AGUSTIN

“Aquí yace Agustín Pérez García”. Así comenzaba el epitafio de su tumba. Fue una tarde de otoño, en que las hojas de los árboles caían en desbandada y el cielo encapotado de nubes negras hacía ver más tristes las cosas de la vida. Fui al cementerio a visitar a mi amigo y al leer su epitafio y pensar en su vida yo pensé, en el silencio de aquella tarde, en las huellas profundas que había dejado a su paso entre familiares, amigos y conocidos.

Sentado junto a su tumba, vi su vida pasada como en una película. Recordé sus años de niño, cuando los dos íbamos a la escuela por el camino del río, cuando íbamos a cazar mariposas, a descubrir tesoros escondidos, a jugar a la pelota o zambullirnos en el río. ¡Aquellos días de la infancia que parecían de eterna primavera!

Crecimos juntos en aquel lugar de nuestra tierra y soñamos juntos en nuestro porvenir. Yo quería ser militar, como mi padre, y tener un uniforme nuevo para hacerme respetar y admirar por los demás. Él quería ser jinete y cabalgar por las praderas entre las flores y los ríos y las hojas de los árboles. ¡Cuántas veces también solíamos hablar con Dios en la soledad del crepúsculo, acompañados por el agua del río y el susurro de los pinos del monte! Hablábamos con Dios y lo sentíamos tan cerca que le contábamos nuestras penas, lo asociábamos en nuestros juegos y cantábamos con canciones de nuestra tierra.

Así, poco a poco, entre llantos y sonrisas, entre penas y alegrías, fueron perdiéndose en el recuerdo los días de nuestra juventud. Nos hicimos adultos y yo, olvidándome de mis sueños militares, me hice sacerdote para siempre; él, por su parte, encontró a la buena Antonia y se casó con ella. Los dos formaron un hogar humilde. Los dos eran felices, amándose de veras. Trabajaban con entusiasmo desde el amanecer hasta la caída del sol. Su bondad y simpatía eran de todos conocidas. A pesar de su pobreza, siempre había ayuda para los necesitados en su hogar y todos los días rezaban en familia el rosario a María.

Recuerdo aquel año en que el pueblo se cubrió de luto por la crecida del río. Murieron cinco personas y varias casas quedaron destruidas. En aquellos momentos de dolor general, Agustín no descansaba, dejaba sus tierra al cuidado de Dios y acompañado de la buena Antonia, recorría las casas pidiendo ayuda para aquellos hombres sin techo, angustiados y enfermos. Durante tres meses, cobijaron en su casa a cinco personas que con ellos compartieron su pan como en familia.

Algunos días, cansado del trabajo, Agustín se recostaba en su cama y pensaba en sus hermanos y se repetía sin cesar: “Agustín, ellos esperan tu entrega, tu servicio y esperan tu amistad, no los abandones”. Y así, con nuevas fuerzas, se ponía de rodillas y comenzaba a rezar.

Pronto vinieron los hijos, que fueron recibidos como una bendición de Dios: Patricia, Francisco, Matilde, José y Martincito. Cinco pimpollos, que llenaron de lágrimas y sonrisas aquella casita de Agustín.

Sus hijos fueron creciendo y él seguía trabajando la tierra, cantando a la vida, ayudando a quien podía y confiando siempre en Dios. Pero un buen día su esposa cayó gravemente enferma. Cáncer diagnosticaron los médicos. Sin embargo, él, siempre sereno, le confiaba a Dios sus penas y la animaba a sufrir con paciencia. Él la veía agotarse cada día, él la veía dirigirse lenta e inexorablemente hacia la muerte y él sufría, porque la amaba y no quería quedarse solo, sin su Antonia.

Pero él le ofrecía a Dios su vida y sus sufrimientos y todas las mañanas, después de besarla con cariño y sonreírle, respiraba profundamente, besaba el crucifijo que llevaba en el cuello y cabalgando en su caballo, con la filarmónica entre las manos, se encaminaba lentamente a su trabajo diario.

Al fin, murió la buena Antonia y se quedó triste y solo. Se sentía viejo, pero no se amilanó ante la vida. Con nuevos bríos se dirigió a la ciudad a vivir con Patricia, que estaba casada con un ingeniero y tenía ya tres hijos. Su vida recobró un nuevo aliento al estar entre los suyos. Sus nietos lo querían con locura y él les hablaba de Dios, de las flores, de sus tierras... Los domingos los llevaba de paseo por el campo; y los días ordinarios los llevaba al colegio en la mañana y por la tarde iban a la iglesia a dar gracias a Dios y a comulgar en la misa vespertina.

¡Qué alegría se llevó aquel día en que su nieto Vicente le dijo que quería decir misa como el Padre de la Iglesia! Le entusiasmó la idea, lo animó a realizarla y al poco tiempo ya estaba Vicente en el Seminario. Y así, poco a poco, entre las cosas sencillas de cada día, iba viviendo Agustín lleno de amor a Dios y a los hombres, hasta aquella tarde en que un coche lo mató en la pista.

Cuando me enteré, acudí presuroso a consolar a la familia. Al día siguiente, les celebré la misa y les hablé de Agustín, el hombre santo y bueno, que se santificó amando a Dios y a los hombres en las cosas sencillas de la vida, cumpliendo en todo momento su deber como un verdadero cristiano.

Al llegar a este punto de mis pensamientos, sentado en el cementerio, me levanté, miré por última vez su tumba y le sonreí, recordando nuestros juegos e ilusiones de niños. Los dos habíamos seguido caminos diferentes, pero ambos habíamos dirigido nuestras vidas rumbo a las estrellas del cielo. Él me había ganado la carrera; pero yo, entusiasmado con el ejemplo de su vida, hice el propósito de acelerar la marcha para subir cada día más arriba y estar más cerca de Dios junto a las estrellas de la eternidad. ¡Ojalá que lo consiga! ¡Que Dios bendiga a Agustín por su ejemplo y por su vida!

ACCIDENTE FATAL

Todavía recuerdo a mi amigo Felipe, que nos dejó una tarde calurosa de verano. Nosotros, impotentes, lo veíamos morir cada minuto y sentíamos profunda tristeza ante aquel amigo íntimo, que se iba para siempre.

Todo comenzó aquel domingo en que fue con un amigo a dar un paseo en coche por la orilla del mar. El tiempo era apacible y los dos conversaban alegremente de su trabajo, de su vida y de su familia. Pero, en un momento dado, sin previo aviso, un autobús de pasajeros los chocó por detrás y quedaron atrapados entre hierros retorcidos, casi inconscientes y sufriendo atrozmente. En un instante, su vida había quedado al borde del sepulcro. Estaban sangrando profusamente y todo parecía un triste final.

Gracias a Dios, pudieron ser rescatados y llevados al hospital más cercano, donde su amigo pudo restablecerse en poco tiempo. Pero mi amigo Felipe tuvo que ser operado y le quitaron las dos piernas. Y así comenzó un nuevo calvario en su vida sin poder caminar. Él se desesperaba, gritaba y se rebelaba contra Dios. ¿Por qué, decía, tenía que ser yo? ¿Por qué no me he muerto de una vez? ¡Quiero morirme, no puedo soportar más!

Y, sin embargo, lo soportó. En los momentos de calma, cuando los dolores amainaban, comenzó a pensar. Pensó en su nueva situación ante la vida. ¿Qué iba a ser de él? ¿Valía la pena seguir viviendo? ¿Cuál era el sentido de su vida?

A solucionar estas cuestiones le ayudó la religiosa enfermera que lo atendía en el hospital. Y no con palabras, lo hizo con su modo de ser y de atender. Era admirable aquella religiosa. Siempre sonriente, siempre con palabras de aliento y hablándole de Dios. ¿Cómo es posible, se decía, que esta religiosa encerrada de por vida entre enfermos y dolores pueda sonreír y ser feliz? No cabe duda, algo debe haber en ella que la haga tan feliz ¿Será su modo de ser? ¿Será su vida entregada? ¿Será Dios?

Así empezó a pensar y a confiar en Dios, leía libros religiosos y cada día se iba afianzando más en el conocimiento y en el amor de Dios. Él también quería ser feliz como aquella buena religiosa y para ello no necesitaba tener dos piernas, solo hacía falta amar y confiar en Dios. Y ese fue el principio de su conversión y de su entrega a Dios. Le ofreció todos sus dolores y, al sentirse útil, ya no deseó morirse y comenzó a sonreír ¡Qué cambio tan grande se había dado en él! Parecía un santo, sufriendo valientemente el dolor.

Él quería sobrevivir y así lo pedía en oración, pero otros eran los planes de Dios. A los dos meses de estar en el hospital, sintió fuertes dolores. Sólo le quedaban veinte días de vida.

Pero él, al saberlo, no se desesperó. Lloró en silencio junto a Dios y aceptó sus planes con paciencia y serenidad. Cada día que pasaba se sentía más cerca de Dios y, olvidándose de todo, sólo pensaba en amar a Dios.

Al fin llegó aquella tarde calurosa de verano en que partió hacia la eternidad... Algunos decían: ¿Por qué lo ha permitido Dios? ¿Por qué tanto sufrimiento? ¿Por qué no murió en el accidente? Pero él ya les sonreía desde el cielo y ya volaba bajo las estrellas del firmamento. Y yo, pensativo, recordé sus palabras antes de morir: "Cuando muera, no estés triste, voy a vivir feliz eternamente con Dios. Me alegro de haber nacido y de morir confiando en Dios. ¡Dichoso accidente que transformó mi vida! ¿Qué hubiera sido yo sin él? Un hombre cualquiera, uno del montón. Pero ahora tengo fe, amo a Dios y sé que Él me espera más allá de la muerte, lleno de amor. Por eso le he dicho: Señor, aquí estoy, todo lo mío es tuyo, ahora y para siempre”.

Felipe Antonio, descansa en paz. Gracias, por tu valor y por tu ejemplo.

EL CAMPESINO POBRE

Durante mi estancia en la Sierra del Perú, tuve la dicha de conocer a un pequeño gran hombre. Un gran hombre de pequeña estatura. Su nombre era Juan o Juanito, como todos le decían, era uno de aquellos hermanos del apostolado, que cumplía fielmente con la “promesa”, es decir, que todos los primeros viernes de mes, cumplía con asistir al pueblo a la misa para comulgar. Él vivía en un caserío alejado de la parroquia, a unas tres horas y media de camino.

Su presencia irradiaba un algo de “divino”, por su constante sonrisa y por sus ojos brillantes de la alegría de Dios. ¡Cuántas veces me acompañó por aquellos caseríos en mis correrías apostólicas!. Él era mi segundo ángel guardián para cualquier emergencia que surgiera en el camino. Cuando llegaba a su casa, su esposa se desvivía por atenderme y ponerme la comida apropiada para mí. Lo que más admiraba de él, era su disponibilidad para servirme a mí y a sus hermanos. Era el catequista del lugar y se preocupaba de reunir a la gente del caserío para la catequesis del domingo. Para todos, era un buen padre. Para los niños, parecía un abuelito, que a todos quería y acariciaba con cariño.

Cuando iba con él, yo iba en su mula y él a pie. Yo admiraba su resistencia física y su espíritu de sacrificio. Vivía la pobreza sin haber hecho voto y yo aprendía de él a vivirla, mejor que en los libros.

Su historia había sido muy original. Ya adulto, no sabía leer ni escribir, y algunos protestantes lo buscaban para hablarle de los ídolos (léase imágenes religiosas) le decían que se iba a condenar si no dejaba la religión católica y se hacía protestante. Él, hombre de oración, no sabía responderles. Como amaba nuestra fe católica, comenzó a aprender a leer y a escribir. Cuando ya supo leer, todas las noches, a la luz de una lámpara Petromax, leía y leía la Biblia para poder contestar a los protestantes. Después de dos años de leer constantemente la Biblia todos los días, empezó a ir a distintos caseríos a hablarles de Dios, como un misionero itinerante.

En varios lugares, cuando él llegaba, se reunían y lo admiraban por sus profundas palabras y su convencimiento personal. Cuando había enfermos, los visitaba y... algunos se sanaban. El Padre Alonso, que lo conocía mejor que yo, le preguntó un día:

- “Tú ¿qué haces? Dice la gente que sanas a los enfermos. Y el respondió:
- Padrecito, yo he leído que Jesús dice: “Él que cree en Mí, impondrá las manos sobre los enfermos y éstos quedarán sanos”. Yo rezo y ellos se curan.

Maravillosa respuesta de un hombre que creía en la Palabra de Dios.

Pues bien, mi amigo Juanito era un hombre de fe profunda. Un hombre que, cuando venía a la Parroquia, disfrutaba, rezando delante del sagrario con su amigo Jesús. Él vivía con Jesús, él amaba a Jesús, él disfrutaba, acompañando a Jesús y recibiéndolo en la comunión.

Juanito era, en mi opinión, el mejor amigo de Jesús en aquellos lugares, el que con sus ojos brillantes de fe y de amor, hacía el bien a todos los que lo rodeaban, el que oraba por los enfermos y muchos se sanaban, un hombre que nunca olvidaré y que ahora, desde el cielo, está intercediendo por nosotros. Y, al pensar en Juanito, estoy pensando en tantos otros, que fueron un ejemplo para mí y me ayudaron a amar más a Dios con su fe, su sacrificio y su generosidad.

A él le podríamos llamar Juan de Dios, porque, creo, que, realmente, era un hombre todo de Dios.

EL VENDEDOR DE FLORES

Estaba un día sentado junto a un arbolito al borde de un camino. Los pájaros, alegres, revoloteaban a mi alrededor. Las aguas del arroyuelo saltaban juguetonas entre las piedras. El cielo brillaba en el firmamento azul y yo me sentía contento, mirando el bello panorama del atardecer. Y me puse a pensar… Pensaba en la eternidad, en la fugacidad de la vida, y en el más allá.

De pronto, vi venir por el camino a un vendedor de flores. Muchas veces, a lo largo de mi vida misionera, los había visto por las calles de Lima, pero aquella tarde me pareció un poco extraño encontrarme por un camino solitario a uno de ellos. Él se acercó y me dijo:

¿Puedo descansar contigo?
Por supuesto, le respondí
¿Cómo te llamas?, le pregunté
Antonio
Y ¿qué haces por aquí a estas horas?
Estoy recogiendo del campo las flores que mañana iré a vender por las calles de la ciudad
¿Y eres feliz con este trabajo?
Muy feliz. Como ves, tengo bellas flores. Y cada una de ellas tiene la bendición de Dios, pues al recogerlas le pido al buen Dios que bendiga a quienes me las compren. Hay flores para todos. Y todas llevan la sonrisa y el amor de Dios. Cada mañana, cuando me levanto, me digo a mí mismo: Hoy quiero hacer más felices a mis hermanos. Quiero repartir, por los caminos de este mundo, flores de alegría, de amor, de pureza, de caridad y de paz. Flores que alegren sus vidas y los hagan un poco más felices. Por eso, le pido a Dios su bendición para que se cumplan mis deseos y todos sean más felices. ¡Es tan fácil hacer felices a los demás! Yo lo hago, repartiendo flores del campo. Tú puedes hacerlo, repartiendo flores espirituales con tus pequeños servicios, con tu sonrisa, con tu alegría, con tu generosidad. Yo reparto flores de amor. ¿Y tú?
Yo, le dije, también quiero repartir flores espirituales a mis semejantes.


Entonces, pensé que sería un ángel bajado del cielo para darme una lección. Pero no, parecía un ser humano, muy pobre y sencillo, que vivía el amor de Dios sin grandes ideas teológicas. Y que, despidiéndose de mí, me regaló unas flores y su mejor sonrisa. Y yo pensé: Si hubiera venido un ángel del cielo, no lo habría hecho mejor. Y me sentí pequeñito ante aquel humilde trabajador de Lima, que vendía flores y repartía sonrisas, porque amaba mucho a Dios.

UN SANTO SENCILLO

Había una vez un hombre sencillo. Nació en un pequeño pueblo de España. Y allí mismo entró al convento de nuestra Orden para ser sacerdote. Era inteligente y cumplía sus deberes a cabalidad. Y así, poco a poco, fue creciendo en sabiduría ante Dios y ante los hombres. Al ordenarse de sacerdote, sus superiores lo enviaron a las misiones de China y allí trabajó los primeros veinte años de su vida, con toda la fuerza de su juventud. Hasta que los comunistas lo expulsaron junto a muchos otros misioneros y volvió a la patria. Allí los superiores le encomendaron la tarea de la formación de seminaristas.

Y así pude conocerlo. Era uno de esos hombres que dejan huella, cuyo recuerdo no puede borrarse de la mente de los que lo conocieron. Era un hombre de Dios, un hombre de oración. Y que, a pesar de sus problemas de salud, nunca se quejaba. Yo supongo que hacía tiempo que se había consagrado sin condiciones al Señor y Él le había tomado la palabra. Pero, en su exterior, era un hombre afable, sencillo y siempre sonriente.

Cuando íbamos de paseo, me gustaba estar a su lado para oírle contar sus aventuras misioneras en China, lo cual me animaba enormemente en mis deseos de ser misionero, al igual que a mis compañeros. Era un hombre recto, que no transigía con la mediocridad, era exigente, pero a la vez era un padre que sabía entender. Nos corregía con seriedad, pero era también paciente. Nos inculcaba mucho el espíritu de pobreza y, cuando celebraba misa, se veía que la celebraba con fervor, por amor a Jesús. Siempre nos hablaba de María, a quien tenía mucha devoción.

Cuando, después de muchos años, fui a verlo, estando ya él viejo, lo seguía admirando por su espíritu de oración, de servicio y sacrificio. Le gustaba servir la mesa, limpiar los platos y hacer otros trabajos humildes para ayudar según sus fuerzas a la Comunidad. Creo que era un santo de cuerpo entero, aunque, aparentemente, no tenía dones extraordinarios. Su santidad era la del cumplimiento fiel y alegre de las pequeñas cosas de cada día.

Él fue mi maestro de novicios y, por eso, cuando pienso en los maestros de novicios, me imagino que todos son santos, como él lo fue. En su tumba se podría haber escrito “P. Joaquín, un hombre de Dios, un santo sencillo, sin llamar la atención”.


Él nos marcó el camino, ojalá sigamos sus huellas. Siempre lo recordaré con cariño.

EL MENDIGO SANTO

Esta historia la cuenta Juan Tauler, famoso místico alemán del siglo XIV. Dice que le pedía constantemente al Señor que le diera un maestro espiritual para llegar a ser santo. Un día, al salir de la iglesia, vio a un mendigo que pedía limosna. Sus pies estaban heridos, llenos de barro y desnudos. Sus vestidos eran viejos y estaban rotos. Daba pena verlo, pues tenía el cuerpo lleno de llagas.

Juan le dio una moneda y le dijo:

Que Dios te bendiga y te haga feliz.
Soy muy feliz. Sé que Dios me ama y acepto con alegría todo lo que me sucede como venido de sus manos. Cuando tengo hambre, alabo a Dios; cuando siento frío, alabo a Dios; cuando recibo desprecio, alabo a Dios. Cualquier cosa que reciba de Dios o que él permita que yo reciba de otros, prosperidad o adversidad, dulzura o amargura, alegría o tristeza, la recibo como un regalo. Desde pequeñito sé que Dios me ama. Él es sabio, justo y bueno. Siempre he sido pobre y desde pequeño padezco una grave enfermedad, que me hace sufrir mucho. Pero me he dicho a mí mismo: Nada ocurre sin la voluntad o permiso de Dios. El Señor sabe mejor que yo lo que me conviene, pues me ama como un padre a su hijo. Así que estoy seguro de que mis sufrimientos son para mi bien. Y me he acostumbrado a no querer, sino a lo que Dios quiere.
Siempre estoy contento, porque acepto lo que Dios quiere y no deseo, sino que se haga su santa voluntad. Así que nunca he tenido un día malo en mi vida y tengo todo cuanto puedo desear. Y estoy bien, porque estoy como Dios quiere que esté.
¿Y si Dios lo arrojara a lo más profundo del infierno?
Entonces, me abrazaría a Él y tendría que venir conmigo al infierno. Y preferiría estar en el infierno con Él que en el cielo sin Él.
Dígame, ¿Ud. pertenece a alguna gran familia?
Yo soy Rey
¿Rey? ¿Y dónde está su reino?
Mi reino está en mi alma, donde vivo con mi padre Dios.

Entonces, Juan, que era aspirante a santo, comprendió que ese mendigo de la puerta de la iglesia, era un gran santo, más rico que los más grandes monarcas y más feliz que todos ellos. Le dio otra moneda, le dio su propio manto y entró de nuevo a la iglesia para agradecer a Dios la gran lección recibida. Nunca olvidaría que el fundamento de toda santidad es aceptar siempre y en todo la voluntad de Dios. Es decir, hacer feliz en todo a su Padre Dios.
SUEÑOS DE SANTIDAD

SUEÑO CON JESÚS

Ayer tuve un sueño que me hizo feliz. Estaba sentado en mi barca a la orilla del mar. Me encontraba triste y con pena por tantos problemas que debía afrontar. El horizonte se veía negro, anunciando una horrible tempestad. Y, en ese momento, cuando más indeciso y confundido me encontraba, sin fuerzas para nada... vi a Jesús, caminando por la playa, acercándose a mí. Venía sonriente y, al llegar, me tendió la mano y, sin preámbulos, como si fuera un amigo de años, me dijo: “Boga mar adentro hasta alta mar, allí encontrarás un tesoro que tengo reservado para ti. No temas, yo estaré contigo y vencerás la tempestad”.

Yo me emocioné, parecía que todos los problemas hubieran desaparecido, ya no tenía miedo al porvenir, las dudas habían desaparecido y una paz y un seguridad divinas llenaron mi espíritu. Jesús estaba conmigo. Lo miré a los ojos y vi en Él un amor tan grande por mí, una ternura tan inmensa, una mirada tan cariñosa, una alegría tan contagiosa, que le dije sin vacilar: “Señor, ahora mismo me lanzo mar adentro. No tengo miedo a la tempestad, porque sé que Tú vas conmigo. Estoy ansioso de descubrir ese tesoro que Tú tienes reservado para mí”.

Al instante, Jesús desapareció de mi vista y yo comencé a remar con desesperación, pense que podría alcanzar el tesoro en unos minutos, pero el tiempo pasaba las horas se hacían más largas, comenzaba a llover y el frío, la lluvia y el viento, me hacían temblar. El mar arreciaba cada vez más fuerte, sentía marearme, no podía controlar mi barca y el cansancio me dominaba. A veces, las dudas y las tinieblas me envolvían y pensaba que todo era un sueño imposible, pero recordaba los ojos divinos de Jesús a la orilla del mar y su recuerdo me infundía nuevas esperanzas.

Así continué por horas y horas, no sé cuántas. Me desanimaba, pero el pensamiento de Jesús me confortaba. Yo me dejaba llevar por las olas, incapaz de gobernar mi barca. Hasta que llegó el momento, cuando menos lo pensaba, en que, de pronto, vi algo en la superficie. Era un cofre pequeñito y algo muy dentro de mí me dijo que ese era el tesoro. Lo tomé en mis manos, lo miré despacio y un sentimiento de desilusión me invadió. ¡Qué pequeño debe ser el regalo! Había soñado con grandes cosas y... no podían estar dentro. Lo abrí expectante y fue mayor aún mi desilusión. No había nada dentro. Digo sí, había un pequeño papelito. Lo tomé con desgana y lo leí. Decía así: “Deja en ese cofre todo lo negativo que llevas dentro: tus pecados, tus miedos, tus enfermedades, deja todo lo que no te gusta de ti mismo en este cofre y échalo al mar. Yo me haré cargo de ello y ya no llevarás más su pesada carga. Confía en mí. Soy tu amigo Jesús”.

Una gran paz inundó mi alma. Allí mismo le hice entrega a Jesús de mis miedos, pecados y debilidades. Allí hice la mejor oración de entrega de mi vida a Jesús y me sentí feliz. Jesús era el dueño de todo lo malo que había en mí y Él se iba a encargar de todo. Me desperté feliz y le dije:

Gracias, Jesús, por tomar mis pecados y debilidades. Gracias, por hacerte cargo de todo lo negativo que hay en mí. Gracias, por llevarme de la mano por la vida. Gracias, porque sé que puedo confiar en Ti y gracias por esta paz, esta alegría y este amor que has derramado en mi corazón y gracias también por María. Toda mi vida quiero que sea para Ti.

SOÑANDO EN LA SOLEDAD

Señor Jesús, a veces, me gusta pensar e imaginarme estar solo y vivir para siempre en la soledad, alejado de los hombres y viviendo solo para Ti.

Quisiera estar solo en la inmensidad de las olas y estar entre el cielo y el mar en tu barca, Señor. A veces, sueño con estar en la tundra helada del polo norte y allí, a solas contigo, hacerme una covacha y vivir juntos los dos entre el frío y la nieve, pero felices y alegres, sin temor. A veces, también sueño con vivir aislado del mundo en la selva impenetrable y gritar a los montes para que repitan tu nombre y te glorifiquen sin cesar. Quisiera estar perdido en el desierto, entre la nieve, en el mar, en las montañas, en la selva, en el espacio interestelar.

Pero sé que eso es imposible, y, por eso, me siento pequeño y me siento débil, inútil y siento que sin Ti ni soy ni seré nunca nada. Quiero vivir contigo, Señor, aunque sea entre la multitud de las grandes ciudades, aunque sea entre los rascacielos de cemento, aunque sea entre la incomprensión de los amigos, de la gente que me busca y no me deja descansar. Pero quiero vivir contigo y hacer de mi corazón un pequeño desierto, donde pueda vivir en el silencio de mi corazón, donde nadie pueda entrar mas que Tú. Quiero hacer de mi alma un pequeño sagrario donde habites Tú.

Gracias, Señor, quiero amarte con todo mi corazón, con toda mi alma y con todo mi ser.

MI ALMA EN PRIMAVERA

Mi querido Jesús, hoy he pensado en mi alma y me la he imaginado como un verde campo, salpicado de flores, con arbustos en flor y pájaros, cantando las maravillas de la Creación. Así es mi alma, un campo verde de primavera con la esperanza en flor, prometiendo abundantes y maravillosos frutos de amor.

Señor, es el tiempo de la sementera, siembra en mi campo toda clase de gracias para que pronto den hermosos frutos. Sonríeme a través de las flores y de los pájaros. Hazme sentir el sol y el calor de tu infinito amor y haz que yo también sonría en esta primavera como el sol, como los pájaros y las flores. Que todos cuantos vengan a mí, sientan el perfume de mi alma en flor y aprecien la hermosura de mi primavera.

Señor, gracias por mi alma en flor, gracias por tantas esperanzas que has puesto en mí, gracias por cultivarme con tanto cariño, gracias por haberme escogido.

Ojalá que mi alma sirva de refugio a todos cuantos te buscan. Señor, haz que se dejen cultivar sin poner obstáculos, haz, Señor, también de su alma un bello campo de primavera, con la esperanza en flor y la sonrisa de tu amor.

ANSIAS DE SANTIDAD

MI ALMA ENAMORADA DE JESÚS

Una hermosa mañana de primavera, cuando los arroyuelos cantaban alegres entre las piedras de las montañas, y las gaviotas surcaban felices el firmamento azul, yo, sentado en la orilla, frente al mar, pensaba en Jesús. Los rayos luminosos del sol comenzaban a inundar la tierra y yo sentía a Jesús dentro de mí. Un calor inmenso me rodeaba y me llegaba hasta el centro más hondo de mi ser. Era el amor divino que me empapaba y me decía desde muy adentro que me amaba. Y yo me sentía como una novia enamorada y le sonreía y le decía: “Gracias, Jesús. Yo te amo y yo confío en Ti”

Oh Jesús, yo quisiera ser como esos pájaros que veo en las alturas y llevar hasta tu cielo un mensaje de paz. Quisiera que todos los ruidos de la creación fueran cantos de alabanza a Ti, Señor. Quisiera ser un pez de aguas profundas para llegar hasta los últimos rincones del mar y decir a todas las criaturas: "Amen a Dios. Jesús es mi Dios". Quisiera ser una golondrina alegre que, con sus trinos y sus vuelos, pudiera alegrarte a Ti, Jesús. Quiero darte un beso de amor y decirte con mis labios y mi alma que te quiero. Quiero que mi alma enamorada vibre al ritmo de tu corazón y te ame eternamente,

Oh Jesús, ¡qué bella es la tierra, qué bellos paisajes diviso desde aquí! ¡Qué lindas las flores, que te ofrecen su hermosura, su fragancia y su color! ¡Qué bonitas las selvas, las montañas, los ríos, los valles, los árboles, los mares, los pájaros, los peces y el firmamento azul! ¡Qué bellos los hombres y los niños y las mujeres que reflejan en sus labios y en sus ojos tu sonrisa de Dios!

Mi alma enamorada te alaba a Ti, Señor. Mi alma enamorada te canta a Ti, Jesús. Mi alma se alegra con tu sonrisa y tu amor. Jesús, quisiera ser una pequeña flor en tu jardín del cielo. Quisiera ser una gotita de sangre de tu cáliz bendito. Quisiera ser una miga de pan consagrado y vivir en el cielo hermoso de tu Corazón.

María, Madre mía, quisiera amar a Jesús tanto como tú. Quisiera amarte tanto como Él. Quisiera ser tu pequeño Jesús y sentir tus caricias de madre... Abrázame contra tu Corazón para sentir tus latidos de amor que, como repiques de campanas, me llevan tu alegría y tu amor.

¡Qué felicidad pensar que Jesús vive en mí y yo en Jesús! ¡Su cielo está en mi corazón y yo estoy en el Corazón de Jesús!

Si la creación es tan bella... que me quedo extasiado ante la majestad del mar y de las olas... Si me quedo admirado ante los vuelos raudos de las gaviotas... Si los delfines me alegran con sus saltos alegres... Si el sol es tan hermoso con sus rayos de colores... ¿Cómo será Dios? ¿Cómo será su eterno cielo azul? Por eso, quiero entrenarme desde ahora para después cantarle mi amor por toda la eternidad. Quiero que, mi vida sea un canto de amor. Sí, un canto de amor. Te invito, hermano, a cantar ¿Sí? ¿Listos? Tú pones la música y yo pongo la letra. Inventa la música más linda para Jesús. Él se merece lo mejor.

Cántale así:

Caminando por las playas y ciudades de la tierra,
vi un día a Jesús a la orilla del camino.
Cansado y solitario me decía: "Hijo mío,
necesito tu ayuda, tu amor y tu servicio
para alegrar los caminos de este mundo”.
Y yo, sonriendo le decía: “Yo te amo y soy tu amigo.
¿Qué quieres que haga por Ti, Jesús mío?”

Y Él me respondía cantando: “Diles a mis hermanos que los amo.
Vete por el mundo y dales mi alegría”.
Y yo, caminando con Jesús, les hablaba de su amor.
Y yo, caminando con Jesús, sentía cada día más su amor.
Y mi alma enamorada le cantaba y le decía:
“Jesús, yo te amo. Jesús yo te adoro.
Jesús, yo te amo. Yo confío en Ti”.
Gracias, Jesús, por mi vida. Gracias, Jesús, por mi alegría.
Gracias, Jesús, por María. Gracias, Jesús, por tu amor. Amén.

MI ENTREGA

Era un día cualquiera de la historia de mi vida. Amanecía y el sol entre rayos de colores aparecía entre las montañas en todo su esplendor. Y yo desde mi ventana me sentía feliz mirando el cielo, respirando profundamente la alegría de vivir. Y decía: “Gracias, Señor, por este nuevo día. Gracias por la luz y las montañas. Gracias par mi vida. Gracias por tu amor”.

Casi al mismo tiempo una luz divina atravesó mi mente y lo comprendí todo. Dios estaba allí, me hablaba como un amigo y me sonreía. Dios me amaba y me bendecía y me invitaba a vivir en plenitud.

Sí, en aquel momento, sentí deseos de gritar al mundo sus errores, sentí deseos de despertar a los hombres de sus vanos ideales, sentí deseos de recorrer la tierra y predicar la luz, la alegría, la verdad, el amor y la vida. Sentí deseos de ser grande, de ser santo, de aspirar a las alturas, de llenar de una nueva luz el camino de mi vida. Quería dar sentido pleno a mi existencia y sentía que Dios esperaba mi respuesta.

Por eso, en aquella mañana de agosto, cuando los pájaros cantaban en el cielo y las flores sonreían en la tierra, allí mismo, de rodillas, le dije a Dios que SÍ, que me tomara de la mano y me guiara por la vida, que contara conmigo, porque quería seguirlo e irradiar su luz y su amor por este mundo.

En aquel instante, sentí la caricia del sol sobre mi rostro con más intensidad. Sentí que era el mismo Dios que me abrazaba y me acariciaba con la luz del sol y me sentí feliz. Comprendí que había nacido para ser feliz y hacer felices a los demás. Comprendí que debía ser espejo para reflejar la luz a los demás. Había nacido para hacer de mi vida una canción, una canción de eterna juventud. Una canción de vida y esperanza, una canción alegre y de alabanza al Dios del mar, del cielo y las montañas. Mi corazón palpitaba de emoción y cada latido era un acto de amor al Dios del cielo. Me sentía vivir en plenitud, porque una alegría divina me empapaba. Era feliz.

Pero ese mismo día, al atardecer, el sol desapareció entre las montañas, negras nubes aparecieron en el horizonte y, al poco rato, comenzó a llover. Sentí que era el mismo Dios que de nuevo me cubría con sus lágrimas, llorando por la ingratitud de tantas almas. Era el mismo Dios de la mañana, el mismo Dios amante y compasivo, el mismo que era Luz, Amor y Vida, que me decía con los ojos tristes: “Llora tú también por tus pecados y por toda la maldad de tus hermanos”. Y yo pensé en Jesús, lo vi en la cruz, clavado, ensangrentado, adolorido; vi su mirada triste, tierna y humilde, pidiéndome consuelo. Estaba solo y me pedía compañía. Y yo, al verlo tan Dios y tan humano, tan rico y tan necesitado, tan fuerte y tan debilitado. Me conmoví, me acerqué a su cruz, temblando por el miedo, vacilante e inseguro, sin saber qué podía yo hacer por consolarlo.

Y en aquel momento de mi vida me ofrecí a Él, diciéndole, llorando y compungido: “Aquí me tienes, mi Dios, estoy contigo ¿Qué puedo yo hacer por Ti para ayudarte? ¿Cómo puedo, tan pobre y débil, consolarte?”

En aquel momento me pareció que una estrella, más brillante que las otras, dirigía hacia mí su luz radiante y un rayo de su luz tocó mi rostro. Me sentí atraído irresistiblemente hacia la estrella y por el camino de luz que me trazaba quise caminar y subir hasta alcanzarla. Quería conocerla, empaparme de su luz y vivir dentro de ella. Y he aquí que, en ese momento, pensé que María era esa estrella y me sentí orgulloso de ser su hijo y amarla a través de las estrellas.

Cuando el silencio se apoderó de nuevo de la noche, me sentí contento. Mi vida era hermosa. Valía la pena vivir para Dios. Valía la pena vivir bien y en plenitud. Yo había nacido para triunfar en esta vida y no quería ser un fracasado. Quería ser útil a la humanidad. Tenía que cumplir bien la misión que mi Dios me había encomendado. Muchas, muchísimas almas las había puesto a mi cuidado y su salvación y santificación dependía ahora de mi respuesta, de mi generosidad, de mi entrega decidida a la causa del Señor.

Señor, mi Dios, aquí estoy, aquí me tienes, soy tuyo, haz de mí lo que Tú quieras. Estoy listo, empezamos cuando Tú quieras. No me pidas permiso para nada. Guíame a donde quieras. Yo confío en Ti. Sólo quiero decirte que te amo y quiero ser tuyo totalmente y para siempre. Gracias, Jesús, por haberme dado a María como Madre mía.

AMAR A JESÚS

Jesús, yo quisiera amarte tanto como las rosas, que dejan media vida, cuando las besa el viento. Quisiera amarte tanto como las flores frescas, que dejan que su vida se vaya por sus venas, cuando la diligente abeja se acerca, las contempla y quiere transformarlas en buena y dulce miel.

Señor, que sea la flor y tú la abeja. Descansa un poco en el jardín de mi alma. Mira el polvo que encubre mi belleza y lávame con tus besos de lluvia en primavera. Limpia mi rostro ennegrecido con la alegría del sol y las estrellas.

Jesús, quisiera ser un pajarillo alegre y en las alas del viento recorrer medio mundo y decir a los hombres lo mucho que los quieres. Quisiera ser un lago de límpidas y refulgentes aguas para reflejar tu hermoso y bello rostro. Quisiera estar contigo de modo permanente y sentirme tranquilo, cuando la tempestad arrecie y el viento se subleve.

Jesús, ven a decirme ahora lo mucho que me quieres. Dímelo al oído o grítalo entre rocas para que el viento traiga el eco de tu voz. Pero dímelo ahora, teniéndome en tus brazos y haz que mi vida sea de ahora y para siempre una rosa fragante, un pajarillo alegre o un lago refulgente. Oh Jesús, te amo con toda mi alma.

ANSIAS DE SANTIDAD

Oh Jesús, te entrego todo lo que soy y tengo por medio de María. Te entrego mi vida y mi familia, mi salud y mi enfermedad, mi trabajo y mi descanso, mis estudios, mis ilusiones y mis esperanzas. Todo te lo entrego y quiero que sea tuyo, ahora y para siempre. Tómalo todo, no quiero guardarme nada. Toma el control de mi vida, haz de mí lo que Tú quieras, sea lo que sea te doy las gracias, porque te amo y confío en Ti, porque Tú eres mi Dios y mi Señor.

Oh Jesús, te amo con todo mi corazón, con toda mi alma y con todo mi ser. Te ofrezco mi pureza y mi cariño, mi amor y mi ternura, te ofrezco todos los afectos y sentimientos de mi corazón. Tuyo soy y tuyo quiero ser para siempre. Te doy gracias por haberme escogido, por haberme llamado, por haberme perdonado, por haber tenido paciencia conmigo, por haber seguido confiando en mí a pesar de todos mis pecados. Te doy gracias, porque me has dado a María como madre. Su mirada y su presencia son como una estrella que guía mi vida hacia Ti. Gracias por mi ángel, tan bello y hermoso, que tanto me ayuda y me aconseja. Gracias, Señor, por ser mi amigo y esperarme todos los días sin cansarte en el sagrario. Gracias, porque en la comunión puedo abrazarte y recibir tu abrazo divino. Gracias, por tantos momentos hermosos que pasamos juntos y unidos en oración.

Tú eres el amigo que nunca falla, el amigo que siempre me espera, el amigo fiel que siempre me perdona y sigue confiando en mí. Por eso, quiero hacer de la Eucaristía el centro de mi vida. Quiero hacer de mi vida una “acción de gracias” a tu amor eucarístico y a tu presencia real entre nosotros en este sacramento de amor.
LOS ENFERMOS

También los enfermos han sido siempre una de mis preocupaciones sacerdotales. A lo largo de mi vida he celebrado muchas misas “de sanación” por los enfermos, casi siempre en grupos carismáticos. En una ocasión, oramos por un chofer que tenía cáncer y, mientras todos rezábamos, empezó a sentir un fuerte calor por todo el cuerpo. Después, el médico certificó su curación. Y lo vi trabajar por muchos meses después hasta que lo perdí de vista. ¡Son las maravillas de Dios!

Cuando era capellán del hospital materno infantil “Santa Rosa” en Lima, todos los días visitaba a los niños y a las señoras después de celebrar la misa en la capilla de las religiosas que atendían el hospital. Pero, otras muchas veces, he acudido hospitales o a las casas, cuando nos llaman de urgencia para dar la unción a los enfermos. Siempre la presencia del sacerdote da paz, porque no va como un simple amigo a conversar o contar chistes, sino a orar y consolar.

Actualmente, en todas nuestras parroquias tenemos postas médicas para la atención a los enfermos, donde les damos medicinas gratis o a muy bajo costo. Y llevamos la comunión a los enfermos los primeros viernes de mes.

En la Sierra de los Andes, con unas distancias tan grandes, parecía que estaban esperando al sacerdote, pues algunos, una vez que recibían el sacramento de la unción de los enfermos, morían ese mismo día o al día siguiente. Como si Dios les hubiera dado esa gracia especial, de morir bien preparados.

Todos ellos me enseñaron con su pobreza y su espíritu de sacrificio a amar más a Dios. Allí he visto muchos niños desnutridos y enfermos, que podrían haberse curado fácilmente en la ciudad, pero por falta de dinero, sus padres no podían llevarlos al hospital y se morían. Recuerdo a un joven enfermo, que no podían llevarlo al hospital y estaba resignado a morir. Murió después de tres meses de haberlo conocido y me dio pena al pensar en tanta gente que se moría por no tener las medicinas o no poder llevarlos al hospital. En mi Parroquia de Pimpicos había una familia pobre, la más pobre del pueblo. La mamá estaba enferma y no podía caminar. Varias veces, la visitaba para consolarla y me lo agradecía mucho. Yo les ayudaba con lo poco que tenía, pero su fe, a pesar de su pobreza, me conmovía y hacía madurar mi propia fe.

De todos modos, yo mismo soy un enfermo entre los enfermos. De joven era el seminarista más enfermo del seminario, y de adulto sigo en el mismo camino, pero he comprendido que el dolor y la enfermedad, en vez de alejarnos de Dios puede acercarnos más a Él, y que, en vez de ser un castigo, muchas veces es más bien, un regalo de Dios.

ALEGRÍAS

Nunca me olvidaré de aquellos viajes en mula o caballo de hasta diez horas al día. Recuerdo que, muchas veces, iba cantando, porque me sentía feliz al ver aquel maravilloso panorama de las montañas.

Todavía conservo algunas fotos de aquellos lugares. Me impresionaban especialmente las bandadas de huacamayos, especie de loros grandes y de vivos colores, muy hermosos. Aunque hablando de panoramas, nunca olvidaré los días que estuve en la Selva central del Perú. Fuimos desde San Ramón en una avioneta hasta Satipo y todo el trayecto era volar sobre una sabana inmensa verde. Es una vista emocionante ante la que uno no puede hacer otra cosa que alabar a Dios, autor de tantas maravillas. Después de varias horas, descendimos en un pequeño campo y de allí tuvimos que ir en mula otras cinco horas para llegar al lugar donde nos esperaban para casar a una pareja de jóvenes novios. Él era descendiente de los austríacos del Tirol, que habían llegado a aquellas tierras hacía unos cien años atrás, ella era nativa de la Selva. Todo fue muy hermoso y confesé a algunos antes de la misa y pude disfrutar en grande con aquellos hombres; muchos de ellos rubios y otros quemados por el sol.

Y, hablando de panoramas, tampoco puedo olvidar mis tiempos de capellán militar en el Norte de Africa, en el Peñón de Vélez de la Gomera, una pequeña islita española en las costas de Marruecos. Solamente estábamos allí cien soldados con el capitán y tres suboficiales. Por las tardes, me iba a la parte posterior de la isla y allí me divertía cantando y mirando el horizonte. De vez en cuando, se veía saltar a los delfines, pero, sobre todo, el espectáculo más maravilloso eran las puestas de sol. Eran extremadamente bellas y yo solamente podía agradecer a Dios por tantas maravillas y por tanto amor que había derramado en sus criaturas. Por supuesto que no faltaban días de tempestad en que el mar se alborotaba y las olas se alzaban majestuosas al chocar contra las rocas de acantilado. Daba miedo ver al mar tan embravecido y eso me ayudaba también a meditar en el poder de Dios y en la fragilidad humana. De vez en cuando, me ponía a escribir mis impresiones, mirando a las gaviotas volar raudas sobre el litoral. Me gustaba escribir.

En mi vida misionera he ayudado a toda clase de personas: jóvenes, esposos, ancianos, enfermos, pero de quienes he recibido mayores alegrías ha sido de los niños. Ellos han sido siempre mis amigos predilectos. Hasta ahora, todos los domingos, al salir de la misa, les reparto caramelos y chocolates y me siento feliz de verlos felices y me alegro, cuando me sonríen y me dicen con toda su inocencia “Gracias, Padre” con un beso o con un abrazo. Pero no solamente los domingos, también entre semana llevo siempre mi bolsillo lleno de caramelos y, cuando veo a los niños por la calle, ellos se acercan a saludarme y yo les doy un caramelo. Por eso, muchos me llaman el “Padre de los caramelos”. Es muy hermoso sentirse querido por los niños y, a la vez, es una buena pastoral, pues muchos de ellos atraen a sus padres a la Iglesia para verme y recibir su caramelo. ¡Es bello hacer felices a los niños! A veces, compro muñecas u otros juguetes para hacerlos felices. Otras veces, les compro víveres para sus familias o les doy ropa o dinero para sus estudios. Lo importante es hacerlos felices y verlos sonreír. Y así yo me siento feliz al verlos felices ¿Puede haber en el mundo algo más bello que la sonrisa de un niño que ríe feliz?

¡Que Dios bendiga a todos los niños del mundo! “De los que son como ellos es el reino de los cielos” (Mc 10,14).

LOS POBRES

Vivir en un país pobre puede ayudar a sentirte más solidario con los pobres, al ver tantas necesidades materiales, cuando uno lo tiene todo. En Arequipa, organicé un comedor para los alcohólicos, que deambulaban por las calles y que se dedicaban a robar para vivir. Eran unos cuarenta y les hacía cantar y rezar. Ciertamente, tenían un fondo bueno, pero había que corregirles muchas cosas y debíamos tener mucho cuidado, porque, si nos descuidábamos, nos robaban hasta los platos y cubiertos.

Incontables veces he repartido ropa, víveres, medicinas y otras cosas a gente pobre, aunque muchas veces también, tratan de engañar para que se les dé más. Pero hay que aceptarlos con sus defectos y quererlos y ayudarlos a amar más a Dios y a ser más responsables en su vida privada, con su propia familia. Muchas veces, he visto a niños pequeños trabajar, vendiendo caramelos, limpiando coches o limpiando zapatos.

Y, cuando les compraba algo o les ayudaba y les sonreía, veía en sus rostros una alegría nueva y me decían invariablemente: “Gracias, Padre”. Muchos de ellos, son de familias muy pobres, algunos se han escapado de su casa, porque les pegaban. Uno de estos niños se dedicaba a cantar en los autobuses públicos, y, después, les vendía caramelos a los pasajeros. Le ayudé mucho a superarse y nos hicimos muy amigos. Otro día vino a verme un limpiabotas y le di una ayuda. Él se quedó tan contento que me dijo: “Voy a ir a mi tierra y, cuando vuelva, le voy a traer un queso de los buenos”.

En otra oportunidad, iba en coche por la ciudad de Lima y vi en la acera a un hombre pobre, con la cabeza baja y que parecía muy triste. Yo lo miré y le dije, sonriendo: “Que Dios te bendiga, hermano”. Él me miró y me contestó: “Gracias, Padre”. No hubo tiempo para más, el coche arrancó y lo perdí de vista, pero me sentí muy contento y todo el día pensé en él y recé por él.

Mucha gente viene a la parroquia casi todos los días a pedir algo, sobre todo en Navidad, que es el tiempo en que más víveres repartimos a las familias y juguetes a los niños. Y da gusto ver sonreír a los niños pobres, aunque sea con un chocolate o con un caramelo. Algunos días viene a vender caramelos a la puerta del templo una mujer, que tiene cinco hijos. Siempre procuro ayudarle y le recomiendo que no los deje sin estudiar y de darles buen ejemplo.

Los campesinos pobres que viven en la Sierra, lo que más ienten es no tener un futuro prometedor en su tierra y tienen que emigrar a las grandes ciudades con todo lo que ello supone. Muchas veces, se alejan de la Iglesia o se dedican a los vicios, si no les va bien y no encuentran un trabajo. Otros se quedan en las montañas, pero tienen que sufrir muchas penurias, sobre todo, en los años en que hay sequía o hay demasiada lluvia y los ríos se desbordan y se interrumpen las carreteras...

Personalmente, quiero agradecer a Dios por tantas experiencias que me han hecho madurar y me han abierto al amor de mis hermanos. En este momento, estoy pensando en tantos campesinos que he conocido y que me han querido y me ofrecieron su amistad sincera. Campesinos comprometidos, hermanos del apostolado y tantos otros en los diferentes grupos de las parroquias donde he trabajado en Lima y Arequipa. Hermanos de la Legión de María, carismáticos y neocatecúmenos, cursillistas de cristiandad, de encuentros matrimoniales, de grupos juveniles o de adultos o de ancianos o de novios o de niños. A todos va mi agradecimiento sincero y mi oración.
LA MISA

Las mejores y más hermosas experiencias de mi vida sacerdotal han sido las misas. Muchas veces, la celebración de la misa ha sido para mí un verdadero gozo. He celebrado misa en catedrales y hermosas iglesias, pero las que recuerdo con más cariño son las que celebraba en aquellas capillitas o chozas de barro con techo de paja, rodeado de niños.

Cuando las celebraba por la noche a la luz de las lámparas Petromax, tenían un sabor especial y un misticismo extraordinario ante la atención de los presentes y el poder de Dios, que se hacía presente. No faltaban días en que llovía y el ruido de la lluvia y el frío molestaba un poco, pero todo se podía superar por la alegría de estar reunidos después de tanto tiempo.

¡Cuántas veces, al celebrar la misa, invitaba a los ángeles de los presentes y a todos los ángeles del Universo a unirse a nuestra celebración! ¡Es hermoso celebrar la misa rodeado de ángeles, aunque sean invisibles!

Los primeros viernes eran días de fiesta parroquial. De todos los rincones de la parroquia, a veces, desde distancias a cuatro o cinco horas de camino, venían unos trescientos campesinos para cumplir la “promesa”, es decir, a cumplir con la misa y comunión de los primeros viernes. A estos hermanos, se les llamaba los hermanos del apostolado. Eran los más fervorosos y daban ejemplo de vida cristiana. Llegaban el primer viernes al pueblo hacia el mediodía y se confesaban durante toda la tarde. A las 7 p.m. tenía lugar la misa, bien cantada por ellos, y todos nos sentíamos verdaderamente alegres. Después de la misa, todos a cenar, donde podía cada uno, en las casas de amigos del pueblo. Y después de cenar, un buen grupo iba a dormir a la parroquia, sobre tablones de madera; los demás se buscaban un lugar en las casas del pueblo. Pero, antes de dormir, tenía lugar la tertulia, conversación con el sacerdote para contarle las últimas novedades de los distintos lugares. Al día siguiente, de nuevo a la misa muy temprano y, después, corriendo a sus casas para comenzar a trabajar. Era admirable verlos con qué devoción comulgaban, algunos descalzos, otros con sus pobres sandalias, muchas mujeres con sus hijos a cuestas... Pero todos con alegría y fe.

¡Cuántas gracias le he dado a Dios en mi vida por haberme hecho misionero! ¡Valió la pena haber nacido y dedicarme a llevar a Dios a mis hermanos!

Pero no todos los años vividos en el Perú he estado en la Sierra, en las montañas de los Andes. La mayor parte del tiempo lo he pasado en las grandes ciudades de Lima y Arequipa. También aquí he celebrado muchas misas con inmensa alegría. Quizás las misas más íntimas han sido las que he celebrado yo solo en la intimidad con Jesús. A veces, la debilidad me quitaba la concentración y celebraba con esfuerzo. Otras veces, sentía al Señor de modo especial, como aquella noche de Navidad de 1998 en que estaba muy enfermo; había salido hacía dos días del hospital y mientras mis hermanos de Comunidad, celebraban la misa de Nochebuena en dos lugares distintos, yo celebraba solo en la capilla de la Comunidad. Me sentía tan débil y pequeñito que le ofrecí al Señor mi debilidad ¿qué más le podía ofrecer, además de mis pecados? Creo que en cuestión de eficacia espiritual fue de las mejores de mi vida.

Por supuesto que he gozado mucho en misas de ciertos días de fiesta, sobre todo, el día de Jueves Santo y en las fiestas de Jesús y de María, que he procurado siempre celebrar con especial interés, rodeado de ángeles y santos, y orando por todo el mundo, incluidas las almas del purgatorio. Solamente en los primeros tiempos de mi vida sacerdotal, llegué a celebrar casi por compromiso y sin fe ni devoción, porque estaba perdiendo la fe por mi falta de oración personal. Felizmente, eso pasó y ahora siento la grandeza de la vocación sacerdotal y no olvido que la misa es lo más grande que se celebra cada día en la tierra y trato de celebrarla, como si fuera mi única misa o mi última misa. La misa es el centro de mi vida de cada día y cada día me preparo unos minutos antes de celebrar; voy con tiempo a la sacristía, y, después de la misa, me recojo unos momentos para poder decirle de todo corazón: “Gracias, Señor, por ser sacerdote y por esta misa que acabo de celebrar”.

LA CONFESIÓN

Después de la santa misa, mis mayores alegrías las he recibido al administrar el sacramento de la confesión, sobre todo, al confesar a personas después de cuarenta o cincuenta años que no se confesaban. Muchas de estas confesiones han sido para mí de una experiencia inolvidable. Se siente una inmensa alegría al oír: “Parece que se me ha quitado un gran peso de encima, he rejuvenecido veinte años, gracias, Padre”. Por eso, algunas veces, he pensado: “Hubiera valido la pena haber nacido, haber confesado a esta persona y, después, haber muerto. Habría valido la pena ser sacerdote sólo para esto”.

Y ¡qué alegría ver sonreír con sinceridad y desde el fondo del alma a aquellos hombres después de años de tristeza y de estar cargando un fardo tan pesado! En ocasiones, eran mujeres que habían abortado varias veces y durante años no habían podido vivir tranquilas; otras veces, eran hombres que habían vivido en el ateísmo muchos años o volvían a la Iglesia católica después de haber deambulado por varias sectas, buscando la verdad. O simplemente, lo que era más frecuente, personas que habían vivido durante años sin poder comulgar, porque eran convivientes o casadas solamente por lo civil. ¡Qué felicidad para ellas regularizar su situación y casarse por la Iglesia y poder comulgar!

Recuerdo el caso de aquel viejecito que, al ir a darle la unción de los enfermos, después de confesarse, con la alegría del perdón recién estrenado, me decía entre lágrimas: “Padre, la ignorancia, la ignorancia me hizo cometer tantos pecados”. Así explicaba él, el porqué de los pecados de su juventud. Nadie le había orientado y había ido por el camino fácil del vicio y de la mala vida.

Tampoco olvidaré el caso de algunos alcohólicos, hombres o mujeres que se confesaban y entraban en grupos de “alcohólicos anónimos”, y cambiaban de vida. En concreto, recuerdo aquel esposo que le pegaba a su esposa y ella vino a hablar conmigo, porque quería divorciarse. Pude hablar con los dos y fueron a un “Encuentro matrimonial” y después se casaron por la Iglesia y él entró en el grupo parroquial de alcohólicos anónimos y su vida cambió hasta el punto de ser actualmente uno de los mejores dirigentes de la parroquia. Pero tampoco puedo olvidar algunos casos, en que algunos drogadictos o personas muy deprimidas llegaron al suicidio. Sólo me quedó rezar por ellas y confiar en la misericordia de Dios.

Hay personas que dicen que “para qué me voy a confesar con un hombre que es más pecador que yo”. Felizmente, es Jesús quien perdona y no el sacerdote, el sacerdote es solamente un instrumento del perdón de Dios. Si él es pecador, Dios lo juzgará. Pero a través de la confesión, Dios puede derramar en nuestras vidas abundantes bendiciones que, de otro modo, no podremos recibir. Por eso, yo siempre recomiendo la confesión, al menos, mensual, y procuro tener tiempo para confesar y ayudar en dirección espiritual a quienes me lo solicitan.

SACRIFICIOS

La vida misionera, sobre todo, en lugares alejados de la civilización es muy sacrificada. Además, hay que tener buena salud para soportar las privaciones. A título personal puedo decir que una de las cosas que más me hacían sufrir eran las comidas. Por mis males de estómago, del que me operaron siendo joven seminarista, debo guardar dieta todos los días. En aquellos lugares, preparaban la comida con manteca de cerdo y eso me sentaba mal. Muchas veces, me preparaban cosas con picante o con mucha grasa... Y tenía que decirles que no podía comerlo, lo cual era siempre desagradable, pues no hubiera querido rechazar lo que me preparaban con tanto cariño. A veces, tenía que comer menos de lo que hubiera deseado y pasaba hambre, aunque normalmente siempre estaba previsto de gran cantidad de plátanos, con los que suplía las deficiencias alimentarias.

En muchos lugares, había que soportar las pulgas y los chinches que no te dejaban dormir, en otros eran las ratas. Nunca me olvido del día que visité Cuica, donde había una plaga de ratas. Durante la misa, las veía correr por la Iglesia y me llamaban la atención, porque muchas eran medio blancas. Por la noche, tuve que dormir en una habitación con latas de kerosene encendidas para que no se acercaran. Pero había lugares que parecían tranquilos y, a media noche, escuchaba ruidos, encendía la linterna y allí aparecían las ratas, que subían por las paredeOtras veces, eran los fríos que hacían sufrir, o los calores que hacían sudar la gota gorda. Con frecuencia, llovía mucho y los caminos estaban llenos de barro, de modo que en algunos trechos ni la mula podía pasar, porque se hundía, y tenía que caminar a pie, lo cual para mí era una especial mortificación. No faltaban accidentes; algunas veces, la mula se caía o se resbalaba con peligro de caer y lastimarme, pero, gracias a Dios, mi ángel siempre estaba atento para cuidarme.

Para dormir, unas veces me preparaban sitio en la escuela del lugar o en las casas, rodeado de gente que dormía en el suelo alrededor de mi cama; o preparaban un colchón encima de una mesa o en el suelo. Dependía de los lugares, pero faltaba la privacidad, que es tan importante, y uno no se podía ni duchar, porque allí no había esas comodidades.

Tampoco faltaban los peligros de serpientes, donde menos se esperaba. En una oportunidad, estaba conversando tranquilamente con dos amigos y, al mirar a mis pies, vi que una serpiente roja, pequeña, de las más venenosas, estaba pasando por encima de mi zapato. Me aparté y trataron de matarla, pero ya se había ido.

Una vez, cuando desperté por la mañana, sentí que mi labio inferior estaba muy hinchado. ¿Qué había pasado? No lo sé, pero algo me había picado en la noche. Tuve que celebrar la misa con media lengua. Pero así es la vida del misionero, y tuve que continuar el recorrido previsto, porque en otros lugares me estaban esperando. Gracias a Dios, no fue cosa grave.

En aquella época de los años setenta, en el pueblo donde residía, no había ni agua ni luz ni carretera, Los lunes esperaba con ilusión al cartero a ver si traía algunas noticias del exterior. Mi única distracción era la radio. Por las noches, a la luz de la lámpara, leía algo de la Biblia o de los cuatro únicos libros que tenía o rezaba un poco y, a dormir, en mi cama de paja. No faltaban ocasiones en las que el sacerdote debía poner orden en las peleas de las fiestas y debía llamar la atención a algunos profesores o policías borrachos. También el misionero, muchas veces, debe hacer de arquitecto o constructor de obras. En Pimpincos, recogiendo limosnas y trayendo cemento desde las ciudades de la costa, pude mejorar la Iglesia y el atrio del templo, que da a la plaza del pueblo. En Arequipa, con ayuda extranjera, pude construir un gran complejo parroquial, donde actualmente viven unas religiosas, y mejorar los salones parroquiales. En otros lugares, los misioneros son los que procuran llevar a esos pueblos agua y desagüe, luz, carretera y hasta puentes, hacen obras sociales como la colocación en las casas de servicios higiénicos con pozos ciegos. Y dan charlas de salud y de todo lo que sirva para promover el desarrollo humano y espiritual de la gente, incluidas las clases de religión en los colegios.










EN CAMINO HACIA LA SANTIDAD

INTRODUCCIÓN

Los santos son los frutos más hermosos de la humanidad, son la riqueza de la Iglesia. Son los que más han contribuido a la felicidad de la humanidad, porque la verdadera felicidad sólo se encuentra en Dios, y ellos han contribuido con su vida y su ejemplo a hacer un mundo mejor, más humano y más feliz.

Los santos son nuestros hermanos, no son seres de otras galaxias. Nacen y viven y mueren como nosotros, pero con la diferencia de que ellos viven inmersos en Dios. Por eso, su vida es una obra maestra de la gracia divina. Ellos son los hombres de Dios por excelencia, los amigos de Dios, sus hijos predilectos.

Pues bien, Dios quiere que seamos santos, porque quiere que seamos felices, y las personas más felices son, precisamente, los santos. Y tú ¿quieres ser feliz? ¿Y no quieres ser santo? ¿No te parece una contradicción? ¿O quieres ser feliz solamente con placeres y comodidades de este mundo, que pasa como nube mañanera? ¿No quieres ser feliz para siempre?

Recuerda que los santos son los que más aman. La santidad es amor. ¿Estás dispuesto a amar a Dios y a los demás sin condiciones, con una entrega total? Si es así, este libro es para ti. Te felicito por tus deseos de santidad. Vale la pena intentarlo. Cuento contigo.
PRIMERA PARTE

LA SANTIDAD

En esta primera parte, vamos a tratar de la santidad y de cómo todos nosotros podemos y debemos ser santos. Porque la santidad no es un privilegio de unos pocos, sino un deber de todos. Y, si Dios quiere que seas santo, ¿por qué tú no lo vas a querer? ¿Crees que es muy difícil? Para ti solo es imposible, pero no olvides lo que dice Jesús: “Sin Mí no podéis hacer nada” (Jn 15,5), pero “todo es posible al que cree” (Mc 9,23). Por eso, San Pablo afirma: “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (Fil 4,13).

DIOS TE QUIERE SANTO

Dios, tu Padre, que te ha creado, quiere lo mejor para ti Y, por eso, quiere que seas santo. La voluntad de Dios es tu santificación (1 Tes 4,3). Dios te eligió desde antes de la formación del mundo para que seas santo e inmaculado ante Él por el amor (Ef 1,4). Por eso, en la Biblia, que es una carta de amor de Dios, se insiste mucho: “Sed santos, porque yo vuestro Dios soy santo” (Lev 19,2; 20,26). Y Jesús nos dice: “Sed santos como vuestro Padre celestial es santo” (Mt 5,48). Así que tú y yo, y todos "los santificados en Cristo Jesús, estamos llamados a ser santos" (l Co 1,2).

El mismo Catecismo de la Iglesia Cató1ica nos habla en este sentido: "Todos los fieles son llamados a la plenitud de la vida cristiana" (Cat 2028). "Todos los cristianos, de cualquier estado o condición están llamados cada uno por su propio camino, a la perfección de la santidad" (Cat 825).

En el concilio Vaticano II, en la Constitución "Lumen gentium", todo el capítulo V está dedicado a la vocación universal a la santidad. Y dice en concreto: “Quedan invitados, y aun obligados, todos los fieles cristianos a buscar insistentemente la santidad y la perfección dentro del propio estado” (Lumen gentium n° 42).

Así que está claro que puedes ser santo. Dios lo quiere ¿y tú? No digas que no tienes las cualidades necesarias. No digas que Dios no te ha llamado. No has venido al mundo por casualidad. No eres un cualquiera para Dios, no eres uno más entre los millones de hombres que han existido, existen o existirán. Él te ama con un amor personal. Él te conoce por tu nombre y apellidos. Él quiere siempre lo mejor para ti y sigue soñando maravillas en tu vida. ¿Lo vas a defraudar en sus planes divinos? ¿Crees que no vales nada? ¿Crees que todos los demás valen más que tú? Tú tienes que cumplir tu misión y ser santo, cumpliendo tu misión con las cualidades que Dios te ha dado. No envidies a nadie. No sueñes con otras misiones, no te sientas triste por no tener lo que tú quisieras “humanamente hablando”. Dios te ama así como eres. No te compares con los demás para devaluarte o para creerte superior. Levántate de tus cenizas y de tus pecados. Levanta la cabeza y mira hacia el cielo. Allí te espera tu Padre Dios y cuenta contigo para salvar al mundo.

Sé humilde y servicial con todos. Sé amable, procura hacer felices a cuantos te rodean. Sé instrumento del amor de Dios para los demás. Que el amor sea la norma suprema de tu vida y que, por amor, des tu vida entera a1 servicio de los demás. Y tu Padre Dios se sentirá orgulloso de ti y te sonreirá en tu corazón y sentirás su paz y felicidad dentro de ti. No temas. Jesús te espera en la Eucaristía para ayudarte y nunca te abandonará. María es tu Madre y vela por ti. Los santos son tus hermanos. Y un ángel bueno te acompaña.


DESEO DE SANTIDAD

El primer paso para ser santo es querer ser santo. Si no quieres serlo, porque crees que es imposible para ti o simplemente no quieres, porque crees que hay que sufrir demasiado y prefieres tu vida tranquila y sin complicaciones... Entonces, estás perdido y nunca llegarás a la santidad.

Santa Teresa de Jesús nos habla de que hay que tener una "determinada determinación", una decisión seria de querer ser santos. Evidentemente, las personas que tienen una voluntad muy débil y que se quedan en bonitos deseos, pero no ponen de su parte y no se esfuerzan, nunca podrán llegar a ser santos, mientras no adquieran esa fuerza de voluntad que es necesaria para hacer grandes cosas.

Recuerdo que un día estaba paseando con otro sacerdote y se nos acercó un buen hombre que le dijo a mi compañero: “Padre, Ud. es un santo”. Y él le dijo: “No soy santo, pero quiero ser santo". Una buena respuesta, reconocer que somos pecadores y nos falta mucho, pero decir claramente y sin vergüenza: “Quiero ser santo”. Personalmente, cuando me dicen algo así, les digo: “Solamente soy un aspirante a la santidad”, ¿y tú?

Si quieres ser santo de verdad, debes comenzar por ser un buen cristiano. Eso significa que nunca debes mentir, ni robar, ni decir malas palabras ni ser irresponsable. Eso supone una decisión firme de evitar todo lo que ofenda a Dios y a los demás y querer ser siempre sincero, honesto, honrado, responsable...

Una vez que estás bien encaminado y deseas amar a Dios sobre todas las cosas, no debes angustiarte por no ver avances importantes, pues la santidad es un regalo de Dios que debes pedir también humildemente todos los días. ¿Lo pides de verdad y con sinceridad? Pero no pidas un determinado tipo de santidad, sea con dones místicos o sin ellos, con buena salud para trabajar o con enfermedad, con puestos importantes o sin ellos. Déjale a Dios que escoja el tipo de santidad que quiere para ti. Él te conoce y te ama, déjate llevar sin condiciones, e invoca a tu santo patrono. ¡Qué importante es tener un nombre cristiano y tener un santo protector a quien invocar con devoción!

permisivismos, que ofuscan la mente y el corazón, pues nos hacen huir del sacrificio y del esfuerzo, buscando el mínimo esfuerzo y haciendo siempre lo mínimo indispensable.

Lamentablemente, hay muchos hogares, conventos y seminarios en los que se ofrecen toda clase de comodidades y se exige muy poco, y por este camino nunca se conseguirán verdaderas vocaciones. La auténtica vocación muere en un ambiente de mediocridad. Los medios términos y las medias tintas la dejan fuera de combate. La vocación debe cultivarse cada día en la renuncia a muchas cosas buenas, pero inconvenientes.

La santidad no se improvisa, no se consigue de un día para otro. La santidad es un camino de subida hacia la altura y supone esfuerzo y trabajo personal. Es sólo para esforzados que tienen fuerza de voluntad y saben perseverar sin volver atrás. Quizás necesites toda la vida para prepararte y madurar lo suficiente, o quizás Dios te regale la santidad en el último momento como un don, en consideración a tantos años de oración, pidiéndole esta gracia. Dios tiene caminos distintos para cada uno.

Como dice el poeta León Felipe:

Nadie fue ayer,
ni va hoy
ni irá mañana
hacia Dios
por este camino
que yo voy.
Para cada hombre guarda
un rayo nuevo de luz el sol...
y un camino virgen
Dios.

Lo importante es no desanimarte nunca en este camino, que, a veces, está lleno de piedras y espinas. Tu camino es único y distinto al de todos los otros santos. Dios tiene para ti un plan único. Tú no eres una fotocopia de otros santos, sino una flor única en el jardín de Dios. Por eso, no dejes nunca tu oración personal por muy cansado que estés y, dado que la santidad es una conquista personal y un regalo de Dios, debes pedirla todos los días. Dile todos los días: “Señor, hazme santo”. Y pide a todos los que puedas que te ayuden con sus oraciones por “una intención especial”. Así podrás obtener muchas bendiciones, porque otros muchos te encomiendan en sus oraciones.

Sin embargo, no necesitas entrar a un convento o hacer grandes penitencias o grandes obras para ser santo. Basta que cumplas fielmente tus obligaciones de cada día con amor.

Éste fue precisamente el gran mensaje que dejó al mundo el fundador del Opus Dei, el santo Josemaría Escribá de Balaguer. Él decía: “La santidad grande que Dios nos reclama se encierra aquí y ahora en las pequeñas cosas de cada jornada” (Amigos de Dios 312). “La santificación del trabajo ordinario constituye como el quicio de la verdadera espiritualidad para los que, inmersos en las rea1idades tempora1es, estamos decididos a tratar a Dios" (ib. 61). “Dios nos espera cada día en un laboratorio, en el quirófano de un hospital, en el cuartel, en la cátedra universitaria, en la fábrica, en el taller, en el campo, en el hogar de familia y en todo el inmenso panorama del trabajo. Sabedlo bien, hay un algo santo, divino, escondido en las situaciones más comunes que toca a cada uno de vosotros descubrir"(Conversaciones 114).

“Hay que santificar el trabajo, santificarse en el trabajo, santificar a los demás con el trabajo” (ib. 55). Por eso, “vive tu vida ordinaria, trabaja donde estás, procurando cumplir los deberes de estado. Sé leal, comprensivo con los demás y exigente contigo mismo. Sé mortificado y alegre. Ése será tu apostolado” (Amigos de Dios 273).

Pregúntate a cada instante como aquella abuelita: “Esto que voy a hacer ¿le gustará a Jesús? ¿Qué haría Jesús en mi lugar?” Si te hicieras estas preguntas frecuentemente, podrías ver las cosas de distinta manera y no desde un punto de vista demasiado humano y egoísta.

El Papa Juan Pablo II, en la carta apostólica “Novo Millennio ineunte”, dice: “El ideal de perfección no ha de ser malentendido como si implicase una especie de vida extraordinaria, practicable sólo por algunos “genios” de la santidad. Los caminos de la santidad son múltiples y adecuados a la vocación de cada uno. Doy gracias al Señor que me ha concedido beatificar y canonizar durante estos años a tantos cristianos, y entre ellos a muchos laicos, que se han santificado en las circunstancias más ordinarias de la vida. Ahora es el momento de proponer de nuevo a todos con convicción este “alto grado” de la vida cristiana ordinaria”.


Así que ya lo sabes, tú también puedes ser santo, tienes madera de santo y estás ya inscrito en la lista de los futuros santos. ¿Te vas a retirar de la carrera por cobardía o por comodidad? ¿Qué te dirá tu Padre Dios, que desea siempre lo mejor para ti? Él cuenta contigo, no lo olvides.

LA SANTIDAD ES AMOR

Piensa en amar y en hacerlo todo con amor y por amor, es decir, en convertir todas tus obras en amor. Trabaja con amor y ofrécelo todo con amor.

La santidad es amor. Por eso, si vas a una casa o a una Comunidad religiosa y quieres saber quién es el más santo, observa quién es el que más ama. No es el que mejor habla de Dios o de las cosas espirituales. No es el que trabaja más por el Señor ni desempeña los cargos más importantes. Ni siquiera el que más horas está retirado de los otros en supuesta oración. Observa al que hace las cosas que más cuestan, al que está más pronto para hacer cualquier sacrificio para servir a los demás, al que hace las cosas que los otros no quieren, al que está más con los enfermos o aguanta mejor a los de carácter violento.

Si en estos casos, no lo ves murmurar y lo ves alegre y contento. Si hace el bien calladamente y sufre en paz y con paciencia, tratando siempre de sonreír y hacer felices a los demás. Si sufre con amor sus propios sufrimientos o debilidades... ahí está el santo.

Santo es el que ama a Dios y se abandona a sus planes y le puede decir en cada momento: “Señor, soy tuyo, aquí estoy para hacer tu voluntad”.

Hacer la voluntad de Dios en cada instante, sonreír y hacer felices a los demás, son algunas de las pistas que te llevarán a reconocer al que es verdaderamente santo, porque la santidad se mide por el amor. Cuanto más amas de verdad, más santo serás. Así que no olvides que el amor es santidad y la santidad es amor. Ahora bien, para amar hay que orar y comunicarse con la fuente del amor, que es Dios.



SANTOS DIFERENTES


Si analizas la historia de la Iglesia, verás cómo ha habido santos de todos los colores, de todas las razas y en todos los tiempos y lugares. Ninguna profesión tiene la exclusiva de la santidad y ninguna esta excluida de ella. Hay santos para todos los gustos, desde niños pequeños a abuelitos, desde débiles doncellas a robustos soldados, desde reyes o Papas a agricultores analfabetos. Veamos algunos ejemplos:

Reyes: San Luis Rey de Francia y San Fernando, rey de Castilla. Santa Isabel de Hungría o Santa Isabel de Portugal.

Soldados: San Sebastián, el capitán romano que murió mártir, atravesado por varias flechas. Y tantos otros mártires de las legiones romanas en los primeros siglos de cristianismo.

Profesores: San Juan Bosco, Marcelino Champagnat y tantos santos y santas dedicados a la educación de la niñez y de la juventud.

Políticos: Santo Tomas Moro, nombrado el 3-10-2000, por el Papa Juan Pablo II como el patrono de los políticos. Él ocupó el cargo de canciller de Inglaterra y, por oponerse a la anulación del matrimonio del Rey Enrique VIII, fue decapitado en 1535.

Madres de Familia: Santa Mónica, la madre de San Agustín. Santa Francisca Romana, que tuvo 3 hijos y ayudaba admirablemente a todos los necesitados. Santa Catalina de Génova, la santa del purgatorio, que consiguió convertir a su esposo con su vida sacrificada y santa; al igual que la Beata Ana María Taigi y miles y miles de madres santas, reconocidas por la Iglesia.

Niños: San Pelayo y San Tarsicio, que fueron cruelmente asesinados por amor a Jesús. Y los beatos Jacinta y Francisco, videntes de Fátima.

Sabios: San Jerónimo, San Agustín, Santo Tomás de Aquino y tantos otros doctores de la Iglesia.

Esclavos: Santa Baquita, la joven africana, cinco veces vendida y cinco veces comprada como esclava. Se hizo religiosa y llegó a ser un ejemplo de santidad en el convento.

Indígenas: San Juan Diego, el vidente de la Virgen de Guadalupe, y Katerina Tekakwitha (1659-1682), apache de USA, beatificada el 22 de junio de 1980.

Médicos: San Cosme y San Damián, que por su caridad desinteresada, al final, terminaron siendo mártires de nuestra fe.

Zapateros: San Crispín y San Crispiniano, dos mártires del siglo III

Empleadas de Hogar: Santa Zita, que desde los 12 años sirvió como empleada en una familia distinguida hasta su muerte, o Angela Salawa, beatificada por el Papa Juan Pablo II el 13 de agosto de 1991.

Papas: Los beatos Pío IX y Juan XXIII, de feliz memoria, y otros muchos como San Pedro, San Lino, San Cleto... De los 264 Papas, que ha habido hasta ahora, la tercera parte han sido santos. Ninguna profesión tiene un récord tan alto. Y no olvidemos a los cientos de sacerdotes y religiosas, que sería demasiado largo enumerar.

Esposos: San Isidro labrador y su esposa; Luigi y María Beltrame Quattochi (siglo XX) que, según dijo el Papa Juan Pablo II, vivieron una vida ordinaria de modo extraordinario y fueron beatificados el 21 de octubre del 2001. Tuvieron cuatro hijos, dos de ellos sacerdotes.

Incluso, hay familias enteras de santos como la familia de San Basilio y su esposa Emelia con todos sus hijos: Pedro de Sebaste, Gregorio Niseno, Macrina y el grande San Basilio Magno. (siglo IV)

Y también la familia del venerable Tescelín, su esposa la beata Alicia y sus hijos los beatos Guy, Gerardo, Humbelina, Andrés Bartolomé, Nivardo y el gran San Bernardo de Claraval. (siglo XII)

Todos han sido santos por el amor.


NECESIDAD DE LA ORACIÓN


Cuando yo era un joven sacerdote, durante dos años estuve en crisis y no rezaba el rosario ni el Oficio divino ni hacía oración. Creía que era perder el tiempo, porque no sentía nada y tenía mucho que hacer en la parroquia. Pero, cuando ya empecé a sentir deseos de dejar el sacerdocio, porque creía que podía hacer mucho más por los demás, viviendo mi propia vida en el mundo... Entonces, antes de dar el paso definitivo, tuve una brillante idea, creo que inspirada por mi ángel, de pedir oraciones a cuatro conventos de clausura. Y me olvidé... Pero Dios no olvida, toma en serio nuestra oración; y, sin darme cuenta, poco a poco, fui recuperando la fe y el deseo de orar, asistiendo a grupos carismáticos.

Ahora, con la perspectiva de los años, me doy cuenta de que la gran lección que aprendí es que nunca debo dejar la oración, porque me pierdo. Cualquier santo, por más santo que sea, si quiere dejar de serlo en el más breve tiempo posible, no tiene más que dejar la oración. En cambio, un pecador que quiera ser santo, lo primero por donde debe empezar es por la oración sincera de todos los días.

En este momento, me vienen a la mente tantos miles de sacerdotes y religiosas que, a lo largo de los años, han abandonado su vocación. Quisiera poder preguntarles a a cada uno: “¿Dónde dejaron su oración?” Porque se puede ser cumplidor “material” de los tiempos de oración, asistiendo a la capilla, a disgusto, sin poner de nuestra parte, leyendo libros que no le llegan al alma o preparando homilías, charlas etc., pero eso no es oración. La oración es amor y, si no hay comunicación personal con Dios, aunque hayamos estado “en oración”, hemos estado “sin oración” y sin amor, con el alma vacía. Eso es lo mismo que ir al comedor y no comer. Si no comemos, si no oramos, porque no tenemos tiempo o por lo que sea, ¿qué podemos esperar? Es la historia, ya muy repetida, de “una muerte anunciada”.


Por mi parte, procuro ser siempre fiel a mi tiempo de oración, consciente de mi propia debilidad humana y procuro pedir oración por mí a todos los que puedo. Ojalá que tú hagas de tu vida una continua oración y no sólo en los tiempos establecidos, porque toda la vida debe ser un acto continuo de amor a Dios. A veces, es fácil decir pequeñas jaculatorias: “Jesús, yo te amo, yo confío en Ti” u otras parecidas, diciendo con frecuencia: “Señor, por tu amor”.


Busca el silencio y evita el ruido.

Parece que en muchos hogares y conventos, ha hecho entrada triunfal el ruido. Se evita a toda costa el silencio y se llenan los tiempos libres con el televisor o el transistor o la conversación. Muchos huyen del silencio como de un demonio. Y así nunca tienen tiempo para leer, para pensar o para orar.

Recuerdo que Lewis en uno de sus libros habla de un experimentado diablo del infierno que dice: "Queremos hacer del Universo un continuo ruido. Hemos hecho grandes progresos en este sentido. El ruido nos defiende de los estúpidos remordimientos y de los deseos de grandes cosas, que así parecen inalcanzables”. Esto lo escribió en 1947, pero todavía parece tener actualidad. Por eso, tú evita las conversaciones inútiles o ruidosas, evita la música estridente, evita perder el tiempo y busca el silencio para pensar y orar. Busca a Dios en el silencio. Dios es amigo del silencio.

Nunca dejes la oración.


Se cuenta que el diablo en una oportunidad no podía entrar en un convento, porque todos sus frailes eran observantes y no aceptaban sus insinuaciones para pecar, y lo expulsaban y le cerraban las puertas. Pero un día cambió de táctica y, en vez de insinuarles que hicieran cosas malas, les fue inspirando hacer muchas cosas buenas, como trabajar en la huerta, predicar, dar charlas y retiros, tener reuniones y misas por todas partes, etc., de modo que no tenían tiempo para orar y, cuando iban a la oración, estaban tan cansados, que se dormían. Y, de esta manera, se fue apagando poco a poco el fervor de aquel convento y así pudo entrar y crear divisiones y desanimarlos en su vocación.

Trabajar y trabajar por el Señor sin oración, es la herejía de la acción. Muchos sacerdotes y religiosas han abandonado su vocación, porque decían: “Todo lo que hago es oración, todo el día estoy hablando de Dios, todo lo que hago es para Dios”. Pero una cosa muy distinta es hablar de Dios y otra es hablar con Dios. De la misma manera, un casado que trabajara doce horas diarias, incluidos los domingos, y no tuviera tiempo para hablar con su esposa, estaría perdiendo a su esposa. No basta trabajar para la esposa, hay que hablar con ella y demostrarle amor. No tener tiempo para orar, es no tener tiempo para amar; y sin amor y sin oración, la vida está vacía. Hasta los casados necesitan tener tiempo para orar, pues de otro modo, sus corazones se sentirán vacíos, al faltarles el amor de Dios, y entonces... todo puede suceder.

Una cosa, que siempre me ha llamado la atención, es que todos los santos sin excepción han sido muy devotos de María. Así que, si quieres ser santo, tampoco desprecies la ayuda que Dios te quiere dar por medio de María. Invócala como a una Madre cariñosa, conságrate a Ella, ofrécele cada día el santo rosario, y así sentirás palpablemente su protección y su amor de Madre. Yo siempre le tuve mucha devoción, ¿no pudo ser Ella quien salvó mi sacerdocio? Yo así lo creo. Te recomiendo consagrarte a María y por María conságrate a Jesús, para hacer de Jesús el centro de tu vida. Jesús te espera siempre como un amigo en la Eucaristía. Ten con Él los mismos sentimientos y actitudes que tendrías con una persona, a quien amas mucho. ¿Cuántos besos le has dado a Jesús en esta semana o en este día en alguna imagen? ¿Has comulgado? ¿Le ofreces todas tus cosas como flores de amor?

Dile que lo amas con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu ser. Entrégate a Él en cuerpo y alma. Ríndete a sus pies, porque Él es tu Dios. Y dile ahora:

"Jesús de mi vida y de mi corazón, en este momento de mi vida, quiero darte mi corazón entero. Mi corazón es para Ti y solamente para Ti. Por medio de María me consagro a Ti y quiero que Tú seas el Señor y el Rey de mi vida. Te amo, Jesús, y quiero amarte sin cesar todos los días de mi vida. Todo mi amor para Ti. Amén”.



TODO POR AMOR

Estamos diciendo que toda nuestra vida debe ser un acto de amor a Dios. Todo debemos hacerlo por Él y para Él. Desde que nos despertamos por la mañana, podemos decirle: "Buenos días, Señor". Y lo mismo al acostarnos. Y así podemos ofrecerle cada cosa importante que hacemos durante el día, sea estudiar, cocinar, caminar, trabajar, comer... Lo dice San Pablo: "Ya comáis, ya bebáis, ya hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo para gloria de Dios" (1 Co 10,31). ¡Es tan fácil decir a cada momento: "Por Ti, Señor, por tu amor"!

Dios no necesita tus obras, sólo quiere tu amor. Por eso, ofrécele cada día, al despertar, el nuevo amanecer; ofrécele la noche, al ir a descansar. Que todo, aunque sea pequeño, sea hecho con amor. No pienses que tu vida es inútil, porque tú no puedes hacer grandes cosas. No creas que Dios no te quiere, porque no eres una persona importante. Procura hacer las cosas más ordinarias de la manera más extraordinaria, es decir, amando extraordinariamente; entonces, verás la diferencia y tus caminos estarán llenos de flores de amor, que los ángeles ofrecerán con alegría a tu padre Dios. Como decía el poeta:

¿Qué tendrá lo que es pequeño,
que a Dios siempre tanto agrada?
¿Qué tendrá una sonrisita,
una atención prodigada,
un saludo, una palabra?

Levantarse en el momento,
en que toca la campana,
saludar y sonreír a Dios
al abrir nuestra ventana,
guardar silencio…

Decir un sí que nos cuesta,
vencer una repugnancia,
sorber, tal vez, una lágrima.
¿Qué tendrá lo pequeñito,
que a Dios siempre tanto agrada?

¿Qué tendrán esos granitos
de trigo de la hostia santa,
que han formado tantos héroes,
tantos santos, tantas santas?

Hazlo pues, todo con amor y por amor, para darle un valor sobrenatural.

Un santo decía que las obras sin intención sobrenatural son como un cuerpo sin alma y, por eso, hay mucha gente, que hace muchas cosas buenas cada día, pero no le sirven para su crecimiento espiritual, pues las hacen por obligación o porque no hay más remedio, pero no las hacen por amor a Dios y a los demás. Veamos ahora la diferencia de las obras que hacemos según su intención.

Un periodista, se fue un día a visitar unas canteras de piedra, de donde sacaban sillares para construir una catedral. Y le preguntó a un obrero:
- ¿Qué hace Ud.?
- Estoy sudando la gota gorda, aburrido y cansado, esperando que llegue la hora para irme a mi casa a descansar.
Otro respondió: Estoy ganándome el pan para mi familia.
Pero el tercero respondió: Estoy construyendo una catedral.

Como vemos, uno trabajaba sin ganas, lo menos posible, por obligación. Otro lo hacía por ganar un sueldo y alimentar a su familia. Pero el tercero, tenía un ideal superior; porque, además de ganar el pan para su familia, trabajaba por amor a Dios, porque estaba colaborando en la construcción de una catedral para gloria de Dios.

Otro ejemplo. Un periodista va a un restaurante y pregunta a un comensal:
- ¿Qué está haciendo?
- Estoy comiendo, porque me gusta comer bien.
Otro responde: Estoy comiendo, porque tengo hambre y quiero seguir viviendo.
Pero otro le dice: Estoy comiendo para vivir y por amor a Dios, a quien le agradezco y le ofrezco cada día mi comida.

¿Alguna vez te acuerdas de rezar antes de las comidas y ofrecerle lo que te da y de darle gracias?

Otro ejemplo. Una niña ve un día a unos turistas, que están admirando la catedral de la ciudad y se deshacen en elogios ante la belleza tan majestuosa de aquella moderna catedral. Y la niñita les dice:
- Yo he construido esta catedral.
- ¿Tú? ¿Cómo?
- Porque, cuando la estaban construyendo, yo le traía todos los días la comida a mi papá.

Quizás otros niños también le llevaban la comida a sus papás y lo hacían por obligación, a regañadientes, y de mala gana. Otros quizás lo hacían por amor a su papá, simplemente. Pero esta niña lo hacía, no sólo porque amaba a su papá, sino también, porque amaba a Dios y se sentía colaboradora en la construcción de aquella catedral, que sería para gloria de Dios.

De la misma manera, podríamos preguntarle a cada ser humano: Tú ¿por qué vives? ¿Por qué comes? ¿Por qué duermes? ¿Por qué trabajas o estudias? ¿Solamente, porque te gusta? ¿Por obligación? ¿O por amor a Dios y para gloria de Dios? Asimismo se podría preguntar a algunos religiosos: Tú ¿Por qué oras o vas a misa? ¿Por obligación? ¿O porque te gusta? ¿O por amor a Dios?

Ofrezcamos a nuestro Padre Dios todo lo que hacemos y todo lo que somos y tenemos, y digámosle muchas veces para hacer de nuestra vida una continua oración o un acto continuo de amor, lo que Jesús le pedía a la Venerable Consolata Betrone: "Jesús, María, os amo, salvad almas" o simplemente: "Jesús, yo te amo, yo confío en Ti".

Vive el presente con amor y dile a Jesús con cada respiración y cada latido de tu corazón: "Jesús, yo te amo".


LA COMUNIÓN DE LOS SANTOS

Creo que una de las características más importantes de la vida de los santos es esta común unión con los ángeles, los santos del cielo y las almas del purgatorio. Es la unión entre la Iglesia peregrina de la tierra, la Iglesia purgante del purgatorio y la Iglesia triunfante del cielo. Todos estamos unidos en Cristo. Por eso, la comunión eucarística con Cristo debe llevarnos a vivir esta comunión con la Iglesia total.

Dice el Catecismo de la Iglesia Católica "Como todos los creyentes forman un solo cuerpo, el bien de los unos se comunica a los otros" (Cat 947). Esto quiere decir que "el menor de nuestros actos hecho con caridad, repercute en beneficio de todos los hombres, vivos o muertos. Y todo pecado daña esta comunión" (Cat 953). Por eso, pedir ayuda a tanta gente buena de la tierra y a los ángeles y santos del cielo, incluso a las almas del purgatorio, nos puede ayudar enormemente en nuestro progreso espiritual.

Ciertamente, vivir esta comunión de los santos, esta común unión con los demás, es una experiencia gozosa y maravillosa. Imaginemos a un niño que debe recorrer un largo camino entre selvas y montañas, llenas de peligros y animales salvajes. ¿Será inteligente de su parte rechazar toda ayuda que pueden brindarle sus hermanos mayores, que lo pueden llevar en brazos, cuando se canse, y que se preocuparán de su salud, de su comida, de sus necesidades y lo defenderán de los peligros? Pues bien, nosotros tenemos que recorrer un largo camino en esta vida para llegar al cielo. Si vamos solos, rechazando toda ayuda, probablemente vamos a sucumbir ante tantos peligros y tentaciones, pero si nos dejamos ayudar por nuestros hermanos mayores, los santos, ángeles y almas del purgatorio, podemos estar seguros de que llegaremos a la meta.

a) Los ángeles

¡Qué importante es, para nosotros, la ayuda de los ángeles! Los ángeles son nuestros defensores, consejeros, consoladores y amigos inseparables. Muchas veces, le he pedido a Jesús que me una a todos los ángeles para que mi nombre esté en su "corazón" y puedan amar y adorar a Jesús en unión conmigo. Muy especialmente amo a mi ángel custodio, que es mi gran amigo. Por la mañana le pido que me guíe y me dirija en todas las acciones de la jornada y que se acuerde de encomendar a todos aquellos que me piden oraciones o por quienes debo orar en especial. Sobre él escribí un pequeño libro titulado "Tu amigo, el ángel". Con frecuencia, lo envío a que bendiga a personas cercanas o lejanas y les dé muchas bendiciones y flores de amor. Tengo experiencia de que cumple su misión. Con él converso, muchas veces, como si lo viera, y es para mí un amigo inseparable, que reza por mí y me ayuda en todas las cosas. Él me inspira muchas ideas buenas y me protege del mal y del maligno. Cuando converso con una persona, pienso en su ángel. Cuando paso por la calle, pienso en los ángeles de los que pasan a mi lado. Me he consagrado a mi ángel y a todos los ángeles para sean mis hermanos y amigos queridos, especialmente a los ángeles de los sagrarios, a quienes pido que adoren a Jesús en mi nombre también. Cuando celebro la misa, mi ángel me acompaña y se hace especialmente presente. En la misa pienso en los ángeles de todos los presentes y en los de mis hermanos espirituales y familiares y les pido que me acompañen. Amemos a los ángeles y pidámosles ayuda. Se sentirán felices de ayudarnos, porque para ello han sido puestos por Dios a nuestro lado. Veamos algunos ejemplos:

Una religiosa me escribía lo siguiente: "En nuestra Comunidad se profesa una gran devoción a los ángeles, en especial al arcángel San Miguel, al cual se atribuye la asistencia milagrosa durante la invasión francesa de 1648. Todos los templos y conventos y casas particulares de la ciudad fueron saqueados y robados, menos nuestro convento. Varias veces lo intentaron; pero al quererlo ejecutar, aparecía un hombre de aspecto hermoso, alto de estatura, que con una espada en la mano defendía la puerta de entrada.

Las religiosas creyeron que se trataba de algún oficial francés, pero cuando quisieron buscarlo para agradecérselo, no se halló ninguno que diese noticia de tal capitán ni que hubiera hombre con tales señas. Por eso, se creyó que había sido el arcángel San Miguel, patrono de la Comunidad, de quien hemos recibido muchos insignes beneficios. Hoy tenemos su imagen en lugares destacados de la casa. También tenemos devoción a nuestros ángeles custodios y al santo ángel de la ciudad".

Otra religiosa contemplativa me escribía: “En mi convento hay una celda que se llama "la celda de los ángeles”. Según se lee en la historia del convento y las monjas lo han transmitido unas a otras, había cerca de nosotras otro convento de frailes carmelitas y, cierta noche, vio un fraile que en la ventana de la citada celda, entraban y salían muchos ángeles. Al día siguiente, se lo comunicó a las religiosas y resultó que esa misma noche, en esa misma celda, había muerto una santa religiosa. Desde entonces se llama a esa celda, la celda de los ángeles”.

Otra religiosa me escribía: “Tenía yo entre siete u ocho años. Estaba sola en mi habitación y era noche cerrada. A través de los cristales de la ventana se veía el exterior todo negro. Y noté detrás de mí una sombra blanca, volví la cabeza y vi un angelito en medio de la ventana, vestido con una túnica blanca, ceñida con un cinturón de florecitas; sus manos estaban juntas en actitud de oración. Tendí la mano para tocarlo, pero desapareció.

Salí corriendo a llamar a una tía y le conté todo, señalándole el sitio donde lo había visto de pie y que era de mi tamaño, pero no me creyeron. Mis ojos puros de entonces lo vieron y lo recuerdo tan nítidamente como si hubiera sucedido ahora mismo”.

Veamos otro testimonio de una señora italiana que me escribía:

“Cuando tenía quince años era una chica dulce y tímida. Yo estudiaba pintura en la Academia de Bellas Artes de Milán. Muchas veces, a lo largo del primer año de estudio se me presentaba un joven por el camino a la Academia y después a mi regreso a casa. No sabía quién era, no le hacía preguntas. Él hablaba constantemente y me decía muchas cosas bellas. Ibamos a la iglesia de San Marcos a rezar antes de ir a clase y él se inclinaba profundamente con mucha devoción. Yo lo imitaba. Sentía que se trataba de una criatura extraordinaria, que sólo yo veía, pero no sabía quién era. La luz de sus ojos era insostenible. Mis padres lo sabían y, sobre todo, mi papá, hombre de gran plegaria, estaba contento. Una de las últimas veces que me acompañó, me dijo que me casaría con un hombre llamado Luis. Pero después, ya no lo vi más. Esperé por meses poder verlo, recé, lo busqué, pero nunca más lo volví a ver.

Una noche, después de varios años y estando ya casada, soñé con un bellísimo ángel que me era conocido. Se trataba de mi querido y misterioso amigo de mis años juveniles. Él me dijo, sonriendo: ¿No te dije que te casarías con un hombre llamado Luis? Yo soy tu ángel custodio y te ayudé, de modo especial, en tu primer año de estudios en Milán, porque tenías mucho temor de andar por la ciudad y temías perderte. Te he ayudado en los peligros y te he guiado para acrecentar tu fe. Me dijo también que siempre estaba a mi lado y que debía continuar haciendo siempre el bien, aunque estuviera desposada”

Recuerda que estás rodeado de ángeles, que te aman y quieren ayudarte.

b) Los santos

Los santos del cielo son nuestros hermanos mayores, que ya viven en la felicidad plena de Dios. ¡Qué importante es pedir su ayuda e intercesión, empezando por Nuestra Madre la Virgen María! Ellos no están descansando ni tomando vacaciones en el cielo, olvidados de nosotros. Ellos siguen amándonos y preocupándose de nosotros. Por eso, decía Santo Domingo de Guzmán a sus frailes: “No lloréis por mí, os seré más útil después de mi muerte y os ayudaré más eficazmente que durante mi vida”. Santa Teresita del niño Jesús decía: "Pasaré mi cielo haciendo bien en la tierra. Derramaré sobre el mundo una lluvia de rosas”. Y a su hermano espiritual el P. Roulland le escribía: “Hermano mío, presiento que os seré mucho más útil en el cielo que en la tierra... Cuento con no estar inactiva en el cielo. Mi deseo es seguir trabajando por la Iglesia y por las almas... Lo que más me atrae a la patria celestial es la esperanza de amar a Dios como lo he deseado siempre y el pensamiento de que podré hacerlo amar de una multitud de almas que le alabarán eternamente” (Carta 225).

Los santos son nuestros amigos. Por eso, es muy importante tener un santo patrono. Es triste que muchos padres pongan a sus hijos nombres modernos, que no son de santos, como Platón, Aristóteles, Sandokan, etc. Y, de esa manera, los están privando de un patrono a quien invocar. Hay que poner nombres cristianos a los niños. Personalmente, invoco cada día al santo del día y leo el relato de su vida para poder conocerlo y quererlo más. Lo invoco, en el momento de la misa, y le pido que me acompañe y me ayude, especialmente, en su día. También tengo algunos santos que son de mi especial devoción, amigos especiales, a quienes invoco con más frecuencia como Santa Teresita, San Agustín, P. Pío... De los santos recibimos abundantes bendiciones. Santa Teresita cuenta en su Autobiografía cómo experimentó una inmensa alegría de la visita que recibió en sueños de la Venerable Sor Ana de Jesús, fundadora del Carmelo en Francia. Dice: "Después de acariciarme con más amor del que jamás puso al acariciar a su hijo la más tierna de las madres, la vi alejarse... Mi corazón estaba henchido de gozo... y yo creía y estaba segura de que existía el cielo y de que este cielo estaba poblado de almas que me quieren y que me miran como a una hija suya. Mi corazón se deshizo de amor y gratitud no sólo hacia la santa que me había visitado, sino también hacia todos los bienaventurados del cielo” (MB 2).

La Venerable Ana Catalina Emmerick decía: “Veo a los santos derramar siempre beneficios sobre los lugares donde reposan sus huesos. Los cuales brillan con la misma luz y los mismos colores que ellos y siempre parecen como una parte de ellos, pero más especialmente donde son invocados”. Pidamos a Jesús que nos una a todos los santos del cielo para que lleven nuestro nombre en su corazón y amen y adoren a Dios también en nuestro nombre.

c) Las almas del purgatorio

Nuestra unión espiritual llega también al purgatorio. Estas almas pueden ayudarnos, y nosotros podemos y debemos ayudarlas con nuestras oraciones y sufrimientos, y, en especial, con misas. Pensemos que hay una común unión extraordinaria entre los familiares vivos y los difuntos.

¡Cuánto bien hacen a sus familiares los difuntos buenos, ya desde el purgatorio! Se dan casos de la conversión y acercamiento a Dios de familias enteras a la muerte de la madre. Una buena madre es una bendición de Dios para todos sus descendientes hasta el final de los siglos. Recuerdo que un obispo contaba que tenía mucha devoción a su madre difunta y siempre la invocaba en sus problemas y sentía su protección especial. Santa Teresita, hablando de la muerte de su padre, dice: “Después de seis años de ausencia, lo siento en torno a mí, mirándome y protegiéndome” (Carta a Leonia, 24-8-1894).

Veamos un ejemplo, que he leído en un libro fidedigno. Este caso ocurrió el 3 de noviembre de 1888. En horas de la noche, una señora llamó a un sacerdote para que fuera a cierta dirección a asistir a un enfermo grave, que necesitaba urgentemente confesarse. El sacerdote acudió a la dirección indicada y se encontró con que el joven, que se suponía debía estar gravemente enfermo, estaba perfectamente bien. Como hacía mucho tiempo que había abandonado toda práctica religiosa, se pusieron a conversar y, al final, el joven le pidió al sacerdote que lo confesara. Le prometió ir al día siguiente a la Iglesia parroquial para comulgar, pero como no fue, el sacerdote volvió a su casa. Allí se encontró con la noticia de que el joven había fallecido. En la casa vio, entonces, una fotografía y preguntó quién era aquella señora. Le dijeron que era su madre, que hacía tiempo había fallecido. Y era precisamente la misma señora que le había avisado para ir a su casa a confesarlo, la madre difunta del joven.

El Padre Berlioux, que escribió un hermoso libro sobre el purgatorio, cuenta la historia de una persona muy devota de las almas del purgatorio. A la hora de su muerte, fue atacada fuertemente por el demonio; pero, en un momento dado, se vio rodeada de una multitud de personas desconocidas de radiante belleza y de una luz maravillosa que, rodeándola, le dieron paz y tranquilidad en aquellos últimos momentos de su vida. Ella preguntó: ¿Quiénes son Uds.? Respondieron: “Somos habitantes del cielo, a quienes tu ayuda nos condujo a él y en gratitud hemos venido a acompañarte en tu paso a la eternidad”.


Ante estas palabras, una sonrisa iluminó su rostro y se durmió en la paz del Señor, rodeada de tantos protectores, a quienes había ayudado durante su vida. Recordemos que en el cielo no existe la ingratitud y que nos quedarán eternamente agradecidos.

d) Los hombres de la tierra

Nuestra común unión también se da estrechamente entre los hombres que vivimos en la tierra. Por eso, es muy importante pedir ayuda espiritual a otras personas y rezar por ellos. La oración, decía San Agustín, es la fuerza del hombre y la debilidad de Dios. ¡Cuántas gracias habremos obtenido de otros que han orado por nosotros, incluso en siglos pasados o que rezarán en siglos venideros, y Dios nos ha dado las bendiciones de sus oraciones! Decía Santa Teresita: “Cuántas veces he pensado que, muchas de las gracias extraordinarias con las que Dios me ha colmado, se las debo a algún alma humilde a la que sólo conoceré en el cielo”.

Santa Faustina Kowalska dice en su Diario: “Siento muchas veces, cuando otras personas rezan por mí. Lo siento de repente en mi alma. Pero no siempre sé quién es la persona que intercede por mí” (15-3-1937).

Tú también habrás recibido muchas gracias a través de tus antepasados o de personas desconocidas, sin mérito alguno de tu parte. ¿Qué sabemos de los misterios inescrutables de Dios? Los padres de Santa Teresita pedían a Dios un hijo misionero y Dios les di una hija patrona de las misiones. ¡Cuántos milagros se pueden conseguir con la oración por los demás! Por eso, procura aprovechar el tiempo. Si eres anciano, enfermo, desempleado, aprovecha tu tiempo en cosas útiles y en hacer más oración por los demás. Cada oración, cada acto de amor, cada obra buena o sacrificio, tiene un gran valor para la eternidad. No los desperdicies, ora mucho y acepta tus sufrimientos en unión con los sufrimientos de Cristo por la salvación de los demás.

A veces, he pensado: Muchas almas se habrán condenado eternamente por su propia culpa, por supuesto; pero también, porque aquellos que debían ayudarlas no lo hicieron, comenzando por sus familiares. Si nosotros fuéramos más generosos y oráramos más, muchos otros podrían obtener gracias extraordinarias con las cuales podrían salvarse. María Simma, la gran mística austríaca, cuenta que un día un alma del purgatorio le dijo: “Hoy morirán en Voralberg dos personas que están en gran peligro de condenación. No se salvarán, si no se reza mucho por ellas”. María, ayudada por otras personas, rezó todo el día. A la noche siguiente, otra alma le dijo que los dos se habían salvado, gracias a sus oraciones, a pesar de que una de ellas no había recibido los últimos sacramentos.

Personalmente, todos los días en la misa encomiendo a todos los hombres, especialmente a mis familiares, a mis hermanas espirituales y a todos los que Dios ha puesto en mi camino y que forman parte de la gran familia espiritual, que Dios me ha encomendado. También en la misa diaria encomiendo a todos mis antepasados, a todos los que han hecho posible que yo exista físicamente y también a quienes me transmitieron la fe. ¡Cuántas gracias habrán recibido en siglos pasados, porque Dios los bendijo, sabiendo que un sacerdote iba a rezar por ellos, después de cientos de años! También encomiendo a mis familiares de los siglos futuros, porque la oración no tiene fronteras, abarca a todos los tiempos y lugares, ya que para Dios todo es presente.


CONFIANZA TOTAL

La confianza total en Dios es condición indispensable para ser santos y crecer en el amor de Dios. Confiar en Él, sin condiciones, es la mayor alegría que podemos dar a nuestro Padre Dios. Por eso, le decía Jesús a una santa religiosa: “Si me amas, confía en Mí; si quieres amarme más, confía más en Mí; si quieres amarme inmensamente, confía inmensamente en Mí”.La Madre Teresa de Calcuta decía; “Señor, acepto lo que me des y te entrego lo que quieras tomar de mí. Señor, soy tuya y, si me haces pedacitos, cada pedacito será para Ti”. Eso es confianza, confiar hasta el límite de decirle que ponga y quite de nosotros lo que quiera, sea salud o enfermedad, pobreza o riqueza, prestigio o cargos importantes... Ella decía que la verdadera santidad consiste en hacer siempre la voluntad de Dios con una sonrisa. ¿Por qué? Porque, si amas a Dios y crees en su amor, debes confiar hasta el punto de creer firmemente que su voluntad es lo mejor para ti y debes seguirla sin condiciones.

Santo Tomás de Aquino decía que “La santidad es una firme resolución de abandonarse en Dios”. El jesuita Jean Pierre de Caussade (1673-1751) en su famoso libro Abandono en la Providencia divina, dice: “Toda la santidad puede reducirse a una cosa, la fidelidad a la misión de Dios. Esta fidelidad consiste en la amorosa aceptación de lo que Dios nos envía a cada instante. Pues, para el que confía en Dios, todo lo que sucede se convierte para él en gracia y providencia de Dios”. Esto significa que debemos estar dispuestos a aceptar en cada momento la voluntad de Dios, manifestada a través de las circunstancias de cada día, aunque sean adversas y desagradables.

Pero, teniendo la seguridad de que Él lleva el timón de la barca de nuestra vida y que con Él estamos a salvo. Con Él no perdemos. Con Él todo es ganancia, apostamos a vencedor, pues sabemos que el camino que Dios quiere para nosotros es el mejor. Y Dios todo lo va a permitir para nuestro bien (Rom. 8,28), aun cuando no veamos el final del túnel.

Ser santo, pues, significa estar dispuestos en cualquier momento, a hacer la voluntad de Dios. Es estar siempre “listos”, estar dispuestos a lo impredecible de Dios, que nos puede llamar a cualquier hora y en cualquier lugar sin consulta previa. ¿Estás preparado? ¿Alguna vez le has dicho con sinceridad: “Me entrego a ti totalmente y para siempre”? Recuerda que Dios tiene buena memoria y lo toma en serio. ¿O tú ya te has olvidado? ¿O lo dijiste por decir, sin ningún compromiso? Job decía: “Dios me lo dio, Dios me lo quitó, ¡Bendito sea el nombre de Dios!” (1,21). “Aunque Él me matara, seguiría confiando en Él” (13,15). Y Jesús le decía a su Padre: “Que no se haga mi voluntad sino la tuya” (Lc 22,42).

Hay que seguir confiando, aunque nos lleve por caminos de espinas, aunque todo parezca oscuro y sin solución, aunque parezca que todo el mundo se nos viene encima o que todos están contra nosotros. Pase lo que pase, sigamos confiando en Él. Podemos decir con el salmista: “Aunque pase por un valle de tinieblas, no temeré mal alguno, porque Tú, Señor, estás conmigo” (Sal 23,4). Y escuchar a Jesús que nos dice en esos momentos difíciles: “No tengas miedo, solamente confía en Mí” (Mc 5,36).

“Señor, yo me entrego a Ti, me pongo en tus manos con una confianza sin límites, porque tú eres mi Dios. Haz de mí lo que tú quieras, puedes tomar o quitar lo que desees. Todo lo acepto como venido de tus manos, porque te amo y sé que todo lo que tú decidas es lo mejor para mí, porque creo en tu amor. Señor, yo te amo y yo confío en Ti, ahora y para siempre, sin condiciones ni limitaciones. Llévame donde tu quieras, escóndeme en tu divino Corazón y hazme santo. Amén”.

Veamos ahora algunos ejemplos:

a) Nguyen Van Thuan

Él era un cardenal vietnamita, que vivía en el Vaticano y murió el año 2002. Cuando era un joven obispo, fue encarcelado por los comunistas de su país y estuvo 13 años en la cárcel, nueve de los cuales estuvo solo en una celda. Él nos dice en su libro Testigos de esperanza: “Durante mi larga tribulación de nueve años de aislamiento en una celda sin ventanas, a veces bajo la luz eléctrica durante muchos días, a veces en la oscuridad, me parecía que me ahogaba por el calor y la humedad, al límite de la locura... Una noche, desde lo profundo del corazón, una voz me dijo: ¿Por qué te atormentas? Tienes que distinguir entre Dios y las obras de Dios. Todo lo que has hecho y deseas seguir haciendo: Visitas pastorales, formación de seminaristas, construcción de escuelas, de hogares para estudiantes, misiones de evangelización, etc., son obras de Dios, pero no son Dios. Si Dios quiere que abandones todo eso, hazlo en seguida y TEN CONFIANZA EN ÉL. Dios hará las cosas infinitamente mejor que tú. Él confiará esas obras a otros que son mucho más capaces que tú. Tú has elegido a Dios y no sus obras. CONFIA EN ÉL. Esa luz me dio una paz nueva y cambió totalmente mi modo de pensar. Lo importante era elegir a Dios y no las obras de Dios, y confiar en Él”.

Y así lo hizo. Y cada día celebraba la misa para tomar fuerzas. Y pudo ver el poder de Dios en acción. Dice así: “Nunca podré expresar mi gran alegría al celebrar diariamente la misa con tres gotas de vino y una gota de agua en la palma de mi mano... Cada día, al recitar las palabras de la consagración, confirmaba con todo el corazón y con toda el alma un nuevo pacto, un pacto eterno entre Jesús y yo, mediante su sangre mezclada con la mía. Han sido las misas más hermosas de mi vida... Por la noche los prisioneros católicos se alternaban en turnos de adoración. Jesús Eucaristía nos ayudaba con su presencia silenciosa y muchos cristianos volvían al fervor de su fe. Budistas y otros no cristianos se convertían, porque la fuerza del amor de Jesús era irresistible. La prisión se convirtió en escuela de catecismo y los católicos bautizaban a sus compañeros y eran sus padrinos... Jesús se convirtió así, como decía Santa Teresa de Jesús, en el verdadero compañero nuestro en el Santísimo sacramento”.

Confiar en Dios es apostar por Él, con la seguridad de que siempre saldremos vencedores.

b) Madre Teresa de Calcuta

Todos conocemos a esta santa religiosa que dedicó su vida al cuidado de los más pobres de entre los pobres. Pues bien, cuando era una joven religiosa de 36 años de la Congregación de Loreto, y estaba tranquila, dando clases en un colegio de la India, Dios le pidió que dejara todo y se dedicara a atender personalmente a los más pobres, dejando su Congregación. Veamos lo que ella misma nos dice:

“Fue el 10 de Setiembre de 1946, en el tren que me llevaba a Darjeeling. Allí, mientras oraba a Nuestro Señor en la intimidad y silencio, percibí con claridad que me urgía a renunciar a todo para seguirle a Él, en las chabolas. El mensaje estaba muy claro: tenía que dejar el convento de Loreto para entregarme al servicio de los pobres, viviendo en medio de ellos. Era un mandato... Abandonar Loreto constituyó para mí el mayor sacrificio. Algo mucho más difícil que abandonar mi familia y mi patria por primera vez para entrar en el convento. Loreto significaba todo para mí... Después de dos años de la llamada (con los permisos correspondientes) abandoné Loreto el 16 de Agosto de 1948. Me encontré en la calle, carente por completo de techo, de compañía, de ayuda, de dinero, de un empleo, de garantía material alguna. De mis labios brotó entonces esta oración: Tú, Dios mío. Nadie más que Tú. Tengo fe en tu llamada y en tu inspiración. Estoy segura de que no me abandonarás jamás. Ayúdame a serte fiel. Yo confío en Ti...

El mismo día que abandoné Loreto, en mi primer recorrido por las calles de Calcuta, se me acercó un sacerdote y me pidió un donativo para una colecta a favor de la prensa católica. Yo había abandonado Loreto con cinco rupias, de las cuales había dado ya cuatro a los pobres. Le di a aquel sacerdote la única rupia que me quedaba.

Aquella misma tarde, ese sacerdote me vino a ver y traía un sobre. Me dijo que un hombre le había hecho entrega de él por haber oído hablar de mis proyectos, que quería favorecer. En el sobre había 50 rupias. En aquel momento, experimenté la sensación de que Dios había comenzado a bendecir la obra y de que ya no me abandonaría jamás”.

Actualmente, las hermanas de la Madre Teresa están extendidas por todo el mundo y cuidan a miles de enfermos, especialmente a los más pobres y abandonados.

c) Madre Angélica

La Madre Angélica es una religiosa norteamericana. Cuando era joven religiosa, tuvo un grave accidente, que la dejó casi tullida para toda la vida, perdiendo una vértebra. Ahora camina con dificultad con hierros en las piernas. Pero ella no se amilanó y pudo superar sus limitaciones con una fe inmensa en Jesús y en su presencia real en el Santísimo Sacramento. Actualmente, tiene seis doctorados y muchos premios nacionales e internacionales. Fundó el convento donde reside con la finalidad de adoración perpetua al Santísimo Sacramento, en Birmingham, Alabama (USA). Con su fe y oración, y la de sus religiosas, ha conseguido lo que hubiera parecido humanamente imposible: una editorial católica con su imprenta, la mayor emisora de radio privada de onda corta, un Instituto misionero y un canal de televisión católico por cable, que emite vía satélite las 24 horas en distintas lenguas y llega a 170 países.

Para ella, todo es un milagro de Dios por su confianza total. Ella habla de que “fue cuestión de lanzarse al vacío, confiando solamente en Dios. Fue cosa de fiarse de Dios y dejarse llevar. Y todo llegó poco a poco... A mí todo el mundo me decía que mi proyecto de televisión era irrealizable, me hablaban de gastos, de equipos necesarios... Pero la obra se realizó. Por eso, debemos ser locos de amor por Jesús y tener la audacia de creer en Él. Él nos sigue diciendo como hace dos mil años: No tengas miedo, solamente confía en Mí”.

d) Santa Gianna Beretta Molla

Santa Gianna Beretta Molla (1922 - 1962) fue capaz de confiar en Dios hasta la muerte. Era una doctora en medicina, casada y con tres hijos. En 1961 quedó embarazada de su cuarto hijo y a los dos meses, le detectaron un fibroma en el útero, que amenazaba su vida y la vida del niño. Ella conocía muy bien los riesgos, lo más aconsejable, “humanamente hablando”, era operarla de inmediato para sacarle el fibroma y así salvar su vida, aunque tuviera que perder a su hijo. Pero ella, como cristiana, rechazó tajantemente la posibilidad de ser operada, porque quería salvar a su hijo a toda costa.

El 21 de abril de 1962 nació su cuarta hija, sana y salva. A los siete días, el 28 de abril, a sus 39 años de edad, moría ella, repitiendo las palabras: “Jesús, yo te amo; Jesús, yo te amo”. Ella confió en Dios hasta el final y Dios le pidió su vida y dejarlo todo, incluidos sus cuatro hijos y su esposo y familia. Humanamente, parece un fracaso. Pero su vida llegó a la plenitud del amor. Durante aquellos meses de embarazo, su confianza y amor a Dios crecieron hasta el punto que Dios la encontró madura para la siega y ahora la Iglesia y el mundo entero reconocen su santidad. El 24 de abril de 1994 fue beatificada por el Papa Juan Pablo II. ¿No podrá ahora desde el cielo velar por su familia mucho mejor de lo que podría haberlo hecho aquí en la tierra?

Los caminos de Dios son impredecibles. Nosotros debemos dejarnos llevar y confiar en Él. Él sabe el camino. Ahora, Gianna Emanuela, su cuarta hija, puede vivir y puede decirle al mundo entero, en este mundo de violencia y de millones de abortos: “Yo estoy viva porque mi madre me amó tanto que fue capaz de dar su vida por mí”. Cristo también lo hizo por ti. ¿Serías tú capaz de hacer lo mismo por Él?

¿Estás dispuesto a confiar en Dios hasta las últimas consecuencias, aunque te pida la vida? ¿Estás dispuesto, como Abraham, a dejarlo todo e irte a donde el Señor te envíe, aunque te quedes sin nada ni para comer, como la viuda pobre del Evangelio, que echó en la alcancía del templo los pocos centavos que tenía? Dios te pide confianza total. Dile que te dé ese regalo y no lo defraudes jamás, desconfiando de su amor por ti.



SER MISIONERO

Ser misionero es dejarlo todo y seguir a Cristo a donde Él nos envíe para salvarle almas. Y todos debemos ser misioneros. Jesús nos dice a todos: “Id por el mundo entero y predicad el evangelio a toda criatura” (Mc 16,15). Y, si no podemos ir a tierras lejanas a predicar, sí podemos ser misioneros y llegar al mundo entero con nuestra oración y nuestros sufrimientos, ofrecidos generosamente por la salvación de los demás. El apostolado de la oración llega hasta los confines del mundo y los enfermos misioneros pueden salvar tantas almas o más que los misioneros de vida activa. Por eso, la Iglesia ha nombrado a Santa Teresita del Niño Jesús como patrona de las misiones, a pesar de que nunca salió de su convento y murió a los 24 años de tuberculosis. Pero su vida estuvo llena de amor y de oración por las misiones y los misioneros y, por eso, la Iglesia nos la presenta como ejemplo junto al apóstol San Francisco Javier, que llegó predicando hasta las puertas de China.

De hecho, todos los santos, sin excepción, han sido misioneros, es decir, se han preocupado por la salvación de los demás, aunque hayan vivido en el desierto. Su vida, aunque solitaria, tenía una dimensión católica, es decir, universal. Y viviendo solos, vivían en unión y amor con la humanidad de todos los tiempos y oraban por ella.

Ser católico de verdad es tener una dimensión universal en la vida. Ser católico es ofrecer tu vida por la salvación de los demás, empezando por tu propia familia, sin olvidarte de las almas del purgatorio. Por eso, te digo en nombre de Dios: “Abre tu vida a las dimensiones del mundo. No te encierres dentro de ti mismo y de tu familia. Abre los ojos y mira cuántos hermanos tuyos te necesitan para salvarse. Ora, sufre y trabaja por su salvación. Dios lo quiere. Dios quiere que seas misionero, aunque estés enfermo o en silla de ruedas. Porque ser cristiano es ser misionero”.

Que seas un misionero santo.


SEGUNDA PARTE

EXPERIENCIAS MISIONERAS

En esta segunda parte, quiero transmitir algunas de mis experiencias misioneras, durante los 34 años de misionero en el Perú y durante los quince meses de capellán militar en el Norte de Africa. Quiero hacerlo con la intención especial de animar a tantas religiosas, especialmente contemplativas, a ser misioneras y para que estén convencidas de que los frutos de los misioneros de vida activa se deben, en su mayor parte, a sus oraciones y sacrificios, y nunca desconfíen de la validez y de la eficacia de su vocación. Personalmente, me siento apoyado por muchas de ellas, que me escriben y son mis hermanas de oración.
A ellas les dedico especialmente estas páginas misioneras.

VIDA MISIONERA

A lo largo de mi vida misionera en el Perú, he podido acumular mucha experiencia en relación con las almas. He podido sentir el hambre y la sed de Dios en mucha gente humilde y pobre, para quienes el sacerdote es verdaderamente un enviado de Dios. Y he visto sus rostros curtidos por el sol y el aire de los Andes y los he visto sufrir y morir, pero también los he visto rezar con fe y confiar en Dios como no lo he visto tan palpablemente en otros lugares donde he podido vivir. Su vida de trabajo y sacrificio han sido para mí una escuela mejor que todas las escuelas de teología del mundo para vivir mi voto de pobreza. De ellos he aprendido mucho, quizás más de lo que yo les he enseñado. Aquellos campesinos pobres, catequistas, hermanos del apostolado... me daban lecciones de teología sin palabras bonitas, sino con su propia vida de fe, fuerte y robusta.

Por supuesto que estoy pensando en los mejores, porque también el misionero debe sufrir al ver la indiferencia de otras ovejas. Algunos lo rechazan, porque les invita a dejar sus vicios; otros lo rehúyen por temor, debido a su ignorancia y pobreza; otros quizás no tienen ningún interés en las cosas de Dios y quieren vivir su vida “a su manera”. Pero el sacerdote se siente Padre de todos y por todos debe orar y encomendarlos en la misa diaria. Tampoco faltan, lobos rapaces que se llevan sus ovejas a otro redil y los convierten a otras sectas, porque están abandonadas como ovejas sin pastor. Es triste, pero real, que la falta de sacerdotes en aquellos lugares alejados de la civilización les hace fácilmente presas de las sectas o de los vicios.

Durante mi estancia en los Andes peruanos, tenía mi residencia en un pueblecito llamado Pimpincos, a 2.400 metros sobre el nivel del mar. A muchos lugares y caseríos, sólo podía ir una sola vez al año, normalmente para las fiestas del lugar, aunque procuraba ir en otros momentos en que estuvieran más tranquilos y menos preocupados por la fiesta. En algunos lugares, cuando llegaba, hacía varios años que no los visitaba ningún sacerdote. Eran caseríos pequeños y no tenían ni siquiera capilla para ir a rezar.

Yo pensaba: “Hay tanto que hacer, tanta gente hambrienta de Dios y yo soy un pobre hombre con mi tiempo tan limitado, con distancias tan largas, con caminos llenos de barro...” Y le decía: “Señor, te encomiendo a mis ovejas, cuídalas tú, porque yo no puedo llegar a todas”. Por eso, pienso en la gran importancia de la oración de las misioneras contemplativas. Ellas sí pueden llegar hasta los más recónditos lugares con su oración y sacrificio. Hay que orar mucho. El mundo necesita de Dios y nosotros no podemos dejar abandonados, sin sacerdotes y sin fe, a tantos hermanos que nos necesitan.

CORRERÍAS APOSTÓLICA

En mula o a caballo, raras veces a pie, con sombrero de paja o sin él y siempre vestido con mi hábito negro de agustino recoleto. En mi equipaje no podía faltar el poncho de aguas para la lluvia ni la alforja de cuero en la que llevaba lo necesario para la misa. Subiendo o bajando los enormes cerros de los Andes. Con frío o con calor; a veces, sudando la gota gorda, o con lluvia por caminos llenos de barro. Siempre acompañado de un catequista que me guiaba y me ayudaba en cualquier dificultad. Casi siempre silbando o cantando, cuando el clima era bueno, para manifestar mi alegría interior al Dios del Universo que ha creado tantas maravillas de la naturaleza.

Cuando llegaba a un caserío, salían muchos a recibirnos con alegría, a no ser que fuera un caserío distante, donde se iba después de varios años. Normalmente, en casi todos los lugares, la llegada del sacerdote era un día de fiesta. Por la noche nos reuníamos para la misa y allí, niños y viejos, hombres y mujeres (y hasta perros y gatos) todos unidos cantábamos alabanzas al Señor.

Yo los encomendaba y pedía por ellos por intercesión de María, la buena Madre, a quien siempre hacía referencia. Y, por supuesto, en compañía de los ángeles, que siempre están por todas partes.

¡Qué gozo siente el misionero al ver la alegría y la sonrisa en aquellos rostros de gente humilde, que lo aprecian y lo escuchan con atención! Al día siguiente, era el día de los bautismos, matrimonios, confesiones, visita a los enfermos y otras diligencias antes de emprender el camino hacia otro lugar, pues no había tiempo para descansar, ya que otros estaban esperando y ya estaban avisados de mi llegada. Y así una semana, o quince días, o un mes.

Por fin, llegaba a mi parroquia de nuevo y descansaba y me aseaba y podía comer un poco mejor. Y, de nuevo, después de un mes, planear otra nueva gira, porque lo pedían y había muchas personas sedientas de la Palabra de Dios. Pero, primero, había que tomar fuerzas físicas y espirituales para poder comenzar de nuevo, pues en las correrías apostólicas no me dejaban ni a sol ni a sombra y uno no tenía tiempo ni para rezar.

“¡Qué hermosos son sobre los montes, los pies del mensajero, que anuncia la paz, que trae las buenas nuevas y anuncia la salvación!” (Is 52,7).


ALABAR A JESÚS

Era un día de mayo a la alborada, cuando las golondrinas, jugando por las ventanas y cantando alegremente, me despertaron del sueño. Yo miré por la ventana y vi el sol que renacía entre los montes del pueblo. Me quedé extasiado y en silencio ante el maravilloso espectáculo del sol brillando entre múltiples colores y pensé: “Si es tan bello el sol que me dan ganas de adorarlo, ¡cuánto más no será el Señor que pudo hacerlo!”

Señor, yo te alabo por el sol y sus colores, por el cielo y las estrellas, por la vida de los hombres. Yo te alabo por el viento que estremece, por el frío, por la lluvia, por la tierra, el mar y el fuego.

Señor de los abismos y de las montañas, de los valles y de las alturas. Que te bendigan, Señor, las catedrales todas con vidrieras que nadie ha podido alcanzar. Bendígante las islas sin playas ni bahías y los delgados arrecifes de coral. Bendígante los pájaros, las flores y el limpio manantial, y el pez que se desliza en la sima abismal.

Alábente, Señor, las estrellas y las nubes. Digan tu gloria los montes y los puertos del mar. Alábente, los faros de pie en el litoral y los trigales y las rosaledas y los leños en el hogar. Te bendigan: el que ara la tierra, el que cava en las minas, el que pesca en el marQue te dé gloria el gozo y te alabe el dolor. Te bendiga la niebla y el claro cielo azul, el hombre que está en gracia y el hombre pecador y también el sediento que busca un manantial.

Gracias por mi vida. Gracias, Señor, por este corazón que me has dado para amar y que ahora te alaba y te bendice con toda la creación.

MENSAJE DE JESÚS

No te lamentes por cualquier cosa, haz algo para iluminar el mundo y alegrar la vida de los demás. Al. salir a la calle no te olvides de ponerte la mejor de tus sonrisas. Que hoy haya alguien que sea mejor y más feliz por haberte encontrado. Que hoy escribas la mejor página del diario de tu vida.

No seas como esos hombres débiles que no quieren superarse y no aprecian nada bueno a su alrededor. Prefieren morir a vivir, prefieren dormir a disfrutar de la belleza que los rodea.

En la vida pasarás por verdes y deslumbrantes praderas y también te encontrarás con quebradas oscuras... Hay ríos que te darán agua para vivir y océanos que te mostrarán el infinito. Tu vida estará tejida de tristezas y alegrías, encuentros y despedidas, éxitos y fracasos, pero no te desanimes jamás.

No seas mediocre, lucha con todas tus fuerzas, da lo mejor de ti mismo. Si hablas, habla con todo tu ser; si gritas, grita con toda tu voz; si lloras, llora con todas tus lágrimas; si amas, ama con toda tu alma y, cuando sonrías, sonríe con la mejor de tus sonrisas.

Sonríe a la vida, no pidas limosnas de amor a cuantos viven a tu lado. No pienses tanto en recibir, sino en dar; porque al final tendrás tanto cuanto hayas dado. Construye desde ahora tu futuro. Llena de amor cada instante de tu vida. Piensa que yo nunca te abandonaré. Nunca te quedes satisfecho con lo que tienes, aspira siempre a más. No seas como el agua del río, un día alegre y cantarina, que cansada del largo camino se queda estancada y muere podrida. No seas mediocre. Nunca te detengas. Da siempre lo mejor de ti mismo. Hay un camino infinito por recorrer. Yo siempre te espero al final del camino. ¡Siempre adelante! ¡Pon rumbo a las estrellas!

Yo te acompaño, no temas. Te bendigo por medio de mi madre María.
JESÚS

“Piensa que puedes ser santo,
confía en Dios,
esfuérzate y lo conseguirás”

LA VIDA

La vida que no florece
y es estéril y escondida,
es vida que no merece
el santo nombre de vida.
Por eso, yo, con profunda
ansia de vida y de amor,
quiero regar mi sudor
y hacer mi vida fecunda
como le place al Señor.

Quiero que la vida mía
no sea germen enfermo
en tierra rasa y bravía,
quiero remover el yermo
y hacer fecunda la ería
y quiero dar en amores
cuanto mi espíritu encierra
y deshacerme en sudores
para que al dar en la tierra
produzca la tierra flores.

Alma mía, da cuanto tengas
hasta las últimas sobras.
Tú, voluntad, date en obras.
Tú, inteligencia, en ideas.
Y tú, hirviendo de pasión,
cual deshace el ventarrón
las nieves sobre las cimas,
entrégate, corazón,
deshecho en cantos y en rimas.

Compartir quiero mis días
con otras almas hermanas
y partir mis alegrías que,
en lo que tienen de humanas,
tan suyas son como mías.
abrir a todos mis brazos
y consolar sus pesares
y entre risas y cantares
darles la vida a pedazos.

Y, al fin, rendido quisiera
poder decir cuando muera:
Señor, yo no traigo nada
de cuanto amor Tú me dieras.
Todo lo dejé en la arada
en tiempos de sementera.
Allí sembré mis ardores,
vuelve tus ojos allí,
que allí he dejado unas flores
de consuelos y de amores.
Y ellas te hablarán de mí. (José María Pemán).

HACIA LA SANTIDAD

Pon tu mano en el arado,
no vuelvas la vista atrás.
Pon tu mano en el arado
y busca la santidad.

Sólo a Dios busca en la vida,
sólo Dios tu caminar,
sólo Dios en tu mirada.
Y a tu Dios encontrarás.

Tu vivir será ser Cristo,
Él tu camino será.
Camino que lleva al Padre
con rumbo de eternidad.

No quieras coger las flores,
ni lo que dejaste atrás,
vive con Dios el presente,
vive en Cristo la Verdad.

Pon tu mano en el arado,
no vuelvas la vista atrás.
Pon tu mano en el arado
y busca la santidad.

CONCLUSIÓN

Después de todo lo que has leído en este libro, quisiera preguntarte de nuevo: ¿Quieres ser feliz para toda la eternidad y no sólo para los cuatro días de este mundo? ¿Quieres ser santo? Si crees que es un misión imposible, es que no crees en el poder de Dios, que puede levantarte desde lo más profundo del abismo hasta las alturas de la divinidad. Recuerda el caso del hombre endemoniado de Gerasa. Cuenta el Evangelio que vivía en las tumbas de cementerio, y que nadie podía sujetarlo y que tenía muchos demonios dentro, pues eran una legión, ¿Puede haber algo más imposible que esto? Sin embargo, Jesús expulsó los demonios y aquel hombre se convirtió en un hombre de Dios, en un amigo de Jesús. Quería seguir a Jesús como discípulo, pero Jesús le dijo: “Vete a tu casa y a los tuyos y cuéntales todo lo que el Señor ha hecho contigo y cómo ha tenido misericordia de ti. Y él se fue y comenzó a predicar en la Decápolis cuanto le había hecho Jesús y todos se maravillaban” (Mc 5, 19-20).

¿Recuerdas a San Dimas, el buen ladrón? Tú eres ahora mejor de lo que él fue y ¿no puedes ser santo? No tengas miedo. Jesús te sigue diciendo como a Jairo: “No tengas miedo, solamente confía en Mí” (Mc 5, 36). Pide y recibirás. Pide esta gracia de la santidad, día y noche, mañana y tarde, y verás cómo el Señor toma en serio tu oración. No importa, si no ves progresos, Dios puede hacerte santo en el último momento de tu vida. Dios te dice en su palabra: “Encomienda tu vida al Señor, confía en Él y déjalo actuar” (Sal 36,5).

Pero no seas mediocre, da lo mejor de ti mismo, esfuérzate y haz de Jesús Eucaristía el centro de tu vida. Dile con San Agustín: “Señor, a Ti solo busco, a Ti solo amo y tuyo quiero ser. Mi único deseo es conocerte y amarte” (Sol 1, 1).

De todos modos, no te hagas muchos problemas ni busques hacer grandes penitencias. Recuerda siempre lo que le decía Jesús a la Vble. Consolata Betrone: “Tú piensa sólo en amarme, yo pensaré en ti y en todas tus cosas hasta en los más mínimos detalles”. Tú piensa sólo en amar a Jesús en todas las cosas. Él se encargará de realizar tu deseo de santidad. No te preocupes, Él sabrá cómo y cuando.

Que seas santo. Es mi mejor deseo para ti. Saludos de mi ángel.

Tu hermano y amigo del Perú
P. Ángel Peña O. A. R.
Agustino Recoleto
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