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Visita a Jesús Eucaristía Imprimir
 
Si sabemos con certeza que Jesús está en la Eucariatía de forma real con su Cuerpo, Sangre Alma y Divinidad, creemos que el poder dialogar con Él debe ser una fuente de santidad, la mayor y mejor fuente de santidad. Dios nos quiere con amor y misericordia infinitos y no puede dejar de amarnos. Nosotros, desde nuestra miseria, como pecadores que somos, sólo podemos acogernos a su Infinita Misericordia y con plena confianza solicitar su perdón y sobre todo su Amor. Sabemos que Dios habla en el silencio y nada mejor que vernos frente al Santísimo Sacramento. La Beata Teresa de Calcuta decía: "En el silencio de nuestros corazones, Dios habla de SU AMOR; con nuestro silencio, permitimos que Jesús nos ame". ¿Quieres conocer, amar y servir a Jesús? "Búscalo en el Sagrario. Fija tus ojos en Él, que es la Luz. Acerca tu corazón a Su Divino Corazón y pídele la gracia de conocerle". (id.) Y como dice la canción: "Es imposible conocerte y no amarte; es imposible amarte y no seguirte... Me has seducido, Señor... ¿Por qué me has llamado...?" ¿Por qué te has fijado en mí...? ¿Qué quieres que haga por Tí...? ¿Qué menos que una visita de hijo pródigo a Padre de Misericordia, realmente presente en la Eucaristía, para amarle?
  
VISITA A JESUS EUCARISTÍA
Fuente: Catholic.net
Autor: P. Mariano de Blas
Adaptación y arreglo: José Luis Elizalde

Jesús Amigo, Señor y Dios mío,
que estás aquí presente
en este Santísimo Sacramento del Altar y
en todos los Sagrarios del mundo.

Sé que me estás mirando con amor.
Conoces toda mi vida: la pasada, la presente y la futura.
Me has acompañado en el día de ayer
y me vas a acompañar en el día de hoy;
me has acompañado siempre,
desde el primer día en el que abrí los ojos a este mundo.
Cuando he sido fiel y cuando he sido infiel. ¡Siempre!
Tú, Jesús Amigo, que estás aquí presente, quiero hacerte una pregunta: dime,
¿por qué estás aquí, en este Sagrario, a veces, tan solo, tan abandonado?
Ya sé que te quedaste en él por Amor...
porque me amas con Amor Infinito y no puedes dejar de amarme,
porque me quieres muchísimo.
Jesús Amigo, ¡dímelo siempre, uno y otro día,
y grábalo en mi corazón con el fuego de tu Espíritu!
¡Dios me ama! ¡Dios me quiere muchísimo!

Tú, Jesús Amigo, sabes que a veces... se me olvidan las cosas y se acerca el atardecer de mi vida... Recuérdame siempre que ME AMAS.

¡Jesús Amigo, escúchame! Aquí estoy porque TE AMO Y CONFÍO EN TÍ y ME ABANDONO A TU MISERICORDIA INFINITA. Y quiero darte gracias por ella, por Tu presencia real, aquí y ahora, en este Santísimo Sacramento. También quiero darte gracias por tu Iglesia, que vive de la Eucaristía, y por darme por Madre a tu Madre María.
Asimismo, también quiero darte gracias por todas las almas buenas que hay en el mundo y Te aman…

¡Que bien que sabes lo que Yo te amo!
Me quedé aquí para ayudarte.
Me quedé en este Sagrario, por ti, ¡sólo por ti...!
y por la salvación de todos los hombres y mujeres del mundo.

Y ahora… deja que te cuente algo sobre tu vida interior:
Sé muy bien que eres débil, que caes con facilidad.
A pesar de eso, te amo tal como eres, y aquí estoy. ¡Ven a visitarme!
“Mira que estoy llamando a tu puerta… si me abres…
entraré y comeré contigo” (Apocalipsis 3, 30)

Yo soy tu fortaleza. ¡Pídeme fuerza!
Ven a verme todos los días en los que no sientas nada...
y todo lo veas oscuro:
los días que estés desanimado del todo:
Ven a verme ese día que quieres acabar con todo...
¡Yo te daré nuevos ánimos y nuevas fuerzas!
Ven a verme ese día en el que has caído gravemente…
  
¡No tengas pena, ven! Que todo tiene remedio,
si vienes a Mí con confianza, con humildad.
Ven a visitarme cuando hayas tenido un gran fracaso... ¿Recuerdas?
“Venid a Mí todos los que estáis cansado y agobiados y Yo os aliviaré.
Cargad con mi yugo y aprended de Mí
que soy manso y humilde de corazón y encontraréis descanso.
Porque mi yugo es suave y mi carga ligera”. (Mt 11, 25-30)

Me quedé en el Sagrario para ayudarte todos los días de tu vida.
No porque lo merezcas, sino porque te amo gratuitamente
como nadie te ha amado ni te amará jamás.
¡No puedo dejar de amarte!
Por eso me quedé... ¡para amarte!
Para amarte desde aquí, con un amor infinito.
Y aunque no te pido que lo merezcas, sólo te pido que lo aceptes.
¡Yo te amo desde toda la eternidad!
Déjate querer por tu Dios, por tu Redentor. ¡Me costaste tanto...!
Ya sé que te sientes indigno,
que tus pecados y tus faltas tratan de apartarte de Mí.
Mira, a pesar de ellos, Yo te amo tal y como eres,
con todos tus pecados y faltas, tus infidelidades y tus miserias...
y también por tus buenas acciones,
con tus buenos propósitos, aunque algunos de ellos no los cumplas...

Mira, el amor hace felices a los hombres.
Tú necesitas amar y sentirte amado.
Yo te ofrezco el amor de todo un Dios:
y te lo ofrezco no sólo hoy,
sino todos los días de tu vida... ¡y de forma gratuita!
Hoy, mañana y dentro de un año. ¡Siempre!
Y tú, ¿me darás tu amor?
Recuerda: "Yo estaré con vosotros hasta el fin del mundo" (Mt 28, 20).

Cuando vengas a Mí, encontrarás en Mí, un amor vigilante,
siempre fiel e inmutable, el mismo amor infinito de Dios.
¡Recuerda! “No puedo dejar de amarte”.
Decidí amarte desde toda la eternidad
a pesar de tus faltas, pecados e ingratitudes.
Me quedé, aquí en el Sagrario, para perdonarte.
Sabía muy bien que en tu vida
habría muchos pecados, muchas infidelidades... muchas miserias...
¡Todos tus pecados están perdonados por los méritos de mi Pasión y Muerte!
Pero Resucité y me propuse desde un principio hacerte hijo mío.
Por tanto... hasta el día de hoy ya está todo perdonado y olvidado.
No importa qué hiciste o dejaste de hacer hasta ahora...
Lo que me interesa muchísimo
es lo que vas a hacer de ahora en adelante.

No dudes jamás, ni de mi amor, ni de mi bondad,
ni de mi poder, ni de mi perdón.
Puedes dudar de tí mismo,
puedes dudar de tus promesas..., de tus propias fuerzas,
pero jamás dudes de mi perdón, de mi misericordia, de mi amistad para contigo.

  
Yo te he perdonado siempre, te lo perdono todo
y estoy dispuesto a perdonarte... ¡hasta el último pecado!
(Mira, ¡hasta estaría dispuesto a morir de nuevo por tí!)
Pero tienes que venir a Mí con confianza, con arrepentimiento...
Basta con que me digas, como el publicano:
“¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador” (Lc 18, 9-14).

Estoy aquí, en el Sagrario, para recibir tu amor de cada día.
¡Dame tu corazón, tu amor, tus delicadezas,
tus detalles de ternura...!
Mira, una genuflexión bien hecha, me hace pensar en tí.
Una postura correcta en la Iglesia
me hace ver que me estimas
y que sabes que estoy aquí, esperando tu visita.
Una Misa bien oída... ¡me da tanta alegría!
¡Sólo quisiera recordarte que su valor es infinito!
Una visita ferviente al Sagrario, una Hora Eucarística,
me recuerda que me quedé en la Eucaristía
para ayudarte, perdonarte, amarte.
Y me digo a menudo... cuando las personas vienen a verme:
“¡Valió la pena!”
Una comunión llena de amor y de confianza...
¡no sabes cuánto representa para Mí! Porque...
“El que come mi Cuerpo y bebe mi Sangre,
mora en Mí y Yo en él”. (Juan 6, 54-56)
Esto ocurre en la comunión formando una fusión de amor,
en cuya fusión Tú eres lo más importante.

Estoy aquí, en el Sagrario de esta Iglesia,
para que vengas a verme
y así ayudarte a vivir santamente.
¡Espero tanto de tu vida..., de ti..., de tu amor...!

Desde el Sagrario te seguiré allí donde tú vayas,
a lo largo de cada día, de cada hora, de cada instante.
Desde aquí te mando todas las gracias que necesitas.
¿No has notado su influjo?
Te quiero dar mucho más de lo que me pides.
Hasta ahora me has pedido poco.
Yo te voy a dar mucho más
de lo que no te has atrevido a pedirme.
Y así, de esta visita vas a salir...
si tú quieres..., si tú me dejas...
vas a salir más contento, más confortado, más feliz,
más motivado... y decidido a ¡ser mejor...!
incluso... ¡hasta ser santo!
¡Como el Buen Ladrón, que supo robar mi Amor,
en el último instante de su vida!
"¡Jesús, acuérdate de mi cuando llegues a tu Reino".
"En verdad te digo, hoy estarás conmigo en el Paraíso" (Lc 23, 42-43).

Mi gracia es el agua viva que está llenando tu cántaro.
¡Déjame llenar tu vida hasta rebosar...
de paz, de alegría, de generosidad, de amor, de felicidad... ¡de entrega!

  
¡Yo soy la felicidad y el amor!
Yo no necesito nada de ti para ser feliz,
pero tú, ¡sí que me necesitas!
Sin Mí eres como una flor marchita, deshojada, triste, sola, muerta.

Mira, amigo mío, a cambio de mis dones voy a pedirte una cosa;
algo relacionado con mis almas:
Quiero que seas mi apóstol, mi mensajero.
También quiero algo relacionado con tu santidad:
¡Quiero que seas santo!
Algo relacionado con el amor:
quisiera ser, entre tus amores, el primero,
el más hermoso, el más limpio,
el más maravilloso que se cruzó en tu camino.

También quiero un día llevarte conmigo al cielo
para estrecharte contra mi Corazón,
para que goces de la felicidad eterna, de mi amor sin fin.
Mira, estoy aquí en el Sagrario para ayudarte a conseguirlo:
¡Me necesitas tanto!
Estoy aquí, para amarte con un amor infinito,
como nadie te amará jamás...
Estoy aquí para perdonarte todo y siempre:
desde el primer pecado hasta el último.
Mi perdón, mi misericordia es infinitamente mayor
que todos tus pecados y los del mundo entero.

Simplemente quiero recordarte
que “cuanto mayor es el pecador,
mayor derecho tiene a mi Misericordia”. ¡No lo olvides nunca!
Estoy aquí para recibir tu amor de todos los días.
Tu amor me satisface, aunque sea pequeño... si es sincero.
Busco en ti una sola cosa: tu amor y tu felicidad.

También estoy aquí para pedirte algo:
¡quiero que seas mi apóstol, que seas santo,
que me ayudes con tu fidelidad a salvar al mundo:
¿Recuerdas cuando en la cruz,
después de daros a mi Madre, exclamé:
¡Tengo sed...!? Con estas dos palabras quería decirte
que te necesito... ¡más que nunca!
Hay millones de almas que han oído hablar de Mí, pero no quieren creer.
También las amo y quiero que vengan a Mí.
Y hay otras (más de 3.000 millones) que “todavía”,
en este siglo XXI, no han oído hablar de Mí.
¡A pesar de las técnicas de comunicación modernas...!
¡Por eso te necesito! ¡Quiero que me lleves hasta ellas!
¡Pondré en tus manos todos los medios necesarios!
¡Confía en Mí! ¡Aun contra toda esperanza!
¡Aunque no sientas nada y todo te parezca que te sale mal
y te vas a morir sin conseguir las metas deseadas…!


  
¡Déjalo de mi parte! Yo sólo quiero que me digas
que quieres ayudarme, que me amas y que confías en Mí,
que te abandonas a Mi Misericordia!
¿Qué piensas? ¿Qué dices? ¿Qué respondes a mis deseos?
¡Es tanto lo que espero de ti...!
¡Es tanto lo que puedes hacer por las almas,
por tu santificación, por tu Amigo Jesús...!
Solicito tu ayuda, “como el pobre que pide limosna...”
¿Quieres ayudarme? ¿quieres ser mi apóstol?”
¡Entrégate totalmente a Mí!
¡Quiero servirme de ti para lograr grandes cosas,
pero con la condición de que creas más en Mí Amor,
que en tu debilidad!
¡Cree en Mi, confía en Mí con una gran sonrisa,
creyendo siempre que Yo soy el Camino al Padre!
Tú tienes la palabra... ¡confío tanto en ti!
Yo no te defraudaré jamás... ¿Y tú?

¡Ven a mis brazos! ¡Abandónate en mi Corazón, en mi Misericordia!
¡Abandónate en mi Ternura, en mi Amor!
¡Ven a verme mañana y todos los días
y cuéntame cómo te va, cómo te encuentras!
Dime qué has hecho a lo largo del día…
Yo te espero aquí, en el Sagrario. ¡Estoy deseando escucharte!
¡Quiero saberlo todo de tí ¡Tus problemas y quejas, tus infortunios,
tus proyectos, tus aspiraciones...todo!
¡Quiero saber de tí, de los tuyos, de tu familia...
de tus trabajos en casa, en la oficina...
desde que te levantas hasta que te acuestas...!
Pero sobre todo, dime que Me amas, que confías en Mí!

Termino haciéndote una invitación a la oración.
Decía San Agustín que “La oración es la fuerza del hombre...
y la debilidad de Dios”... ¡Aprovéchate de ella!
Y si has tenido la desgracia de ofenderme...
¡Levántate! ¡No temas! ¡Yo estaré contigo!
porque... “Un corazón contrito y humillado,
oh Dios, Tú no lo desprecias” (Sal 50, 19),
y “si el afligido invoca al Señor,
Él lo escucha y le salva de sus angustias” (Sal 34, 7).

No lo olvides, TE AMO... hasta dar la vida...
por todos los hombres..., y por ti!
¡Esta es la mayor prueba de amor que puedo darte!
Ya te lo demostré sobre la Cruz. ¡Lo hice por tí!
Dime, amigo mío... y tú, ¿que has hecho por Mí?
¿qué haces por Mí? ¿qué vas a hacer por Mí de ahora en adelante?
¡Yo siempre te esperaré para llevar tu cruz! ¡TE AMO!
¡NO PUEDO DEJAR DE AMARTE".



  
Un último ruego: Cuando vengas a verme
no te olvides de mi Madre. Ven con Ella.
Recuerda que es la Medianera de todas “Mis Gracias”.
Ella es la única mujer tan inmaculada,
tan llena de gracia desde el primer instante de su concepción,
que quise que fuera mi Madre, la Madre de Dios.

Pídele que me presente todos tus deseos
y como en Caná de Galilea,
Yo haré el milagro de convertir el agua en vino,
y tus deseos en santidad. ¡Confía en Ella!
¡Sigue su consejo: "Haced lo que Él os diga"! (Lc 2, 5)
¡Yo mismo os la dejé, como Madre vuestra, al pie de la Cruz!
¡Y jamás ha sido desamparado quien ha acudido a Ella
con humildad, confianza y perseverancia!
“He ahí a tu Madre” ¡Confía en Ella!
Y ahora, antes de terminar, recuerda que ¡TENGO SED…! de ti
y de todas las almas de la Humanidad!
¡Ayúdame a llegar hasta ellas! ¡AMÉN!



  
Nos dejaste tu último recuerdo
Fuente: www.catholic.net
Autor: P. Fintan Kelly

"Tomó luego pan, y, dadas las gracias, lo partió y se lo dio diciendo: Este es mi cuerpo que es entregado por vosotros; haced esto en memoria mía. De igual modo, después de cenar, tomó la copa, diciendo: Esta copa es la Nueva Alianza en mi sangre, que es derramada por vosotros". (Lc 22,19-20)

Jesucristo realmente está presente en la Eucaristía.

La presencia real de Cristo en la Eucaristía es la fe de la Iglesia durante 2000 años. Tiene una base escriturística firmísima. Cristo no dijo: “Este PARECE mi cuerpo, y esto PARECE mi sangre” sino “Esto ES mi cuerpo, y esto ES mi sangre” (Lc 22,19-20).

El Catecismo en el n.1336 recuerda la polémica que se produjo cuando Cristo anunció el misterio de la Eucaristía:

El primer anuncio de la eucaristía dividió a los discípulos, igual que el anuncio de la pasión los escandalizó: “Es duro este lenguaje, ¿quién puede escucharlo?” (Jn 6,60).

La Eucaristía y la cruz son piedras de tropiezo. Es el mismo misterio, y no cesa de ser ocasión de división. "¿También vosotros queréis marcharos?" (Jn 6, 67); esta pregunta del Señor resuena a través de las edades, como invitación de su amor a descubrir que sólo Él tiene ‘palabras de vida eterna’ (Jn 6, 68), y que acoger en la fe el don de su eucaristía es acogerlo a Él mismo.

Delante del misterio de la Eucaristía, debemos maravillarnos. No debemos acostumbrarnos a su presencia en este sacramento. Cada vez que lo visitamos o lo recibimos en la Misa, debemos renovar nuestra fe en Él.

Ciertamente en esta vida, no creo que se pueda dar dicha mayor, ni mayor dignidad, ni mayor consuelo que el de sentirse poseedores del gran poder que hace que se transforme el pan en el Cuerpo Santísimo de Nuestro Señor Jesucristo.

Cada mañana, cada vez que lo puedo traer a mis manos y hacerlo bajar a mi corazón, paréceme estar en un nuevo Belén y asistir a un nuevo Calvario.

Con cuánto gusto, y Él es testigo de que digo la verdad, daría yo todo el oro, todos los honores, toda la fama de este mundo, y me abrazaría a la pobreza, a la humillación y a todo cuanto se puede imaginar de desagradable y doloroso, sólo por tener una sola vez la dicha de hacerle bajar a mis manos. Yo creo que la dicha de esos momentos de la vida sólo es comparable al cielo donde se le puede poseer sin el velo del sacramento que nos lo oculta.

La Eucaristía es una gran manifestación del amor personal de Cristo para cada alma. Si Cristo se entrega a cada hombre sin distinción de raza, de posición social... quiere decir que cada hombre vale para Él.

Él está disponible para toda persona que se le acerca. Nosotros somos muy rápidos para poner a los demás en categorías, en parámetros de más y de menos, pero esta manera de pensar no va de acuerdo con la doctrina eucarística de Cristo. Para Él todos los hombres son igualmente importantes. En la Misa Él no selecciona a las personas, no decide entrar en las almas de los más ricos en vez de los más pobres, o viceversa; no opta por entrar únicamente en las personas más puras en vez de los pecadores...

Si no cultivamos nuestro amor a Cristo Eucaristía, poco a poco se irá enfriando. He aquí algunas sugerencias para foguear nuestra vida eucarística.

Debemos procurar comulgar siempre que podamos. Naturalmente es necesario hacerlo dignamente: si tenemos un pecado grave es necesario confesarnos antes con el sacerdote. El no comulgar cuando podemos es como ir a una cena y no comer nada; sería un insulto para el anfitrión. En la Misa, Cristo me prepara una mesa y la comida es Él mismo . Es el mayor acto de amor que se puede imaginar: darse a comer a otro. Para Cristo es posible porque se hace Eucaristía para estar con cada hombre.

Ayuda mucho el visitar a Cristo en el sagrario. Muchas veces Él parece el amigo más solitario que existe. Todos apreciamos la visita de un amigo y Cristo no es ninguna excepción.

Nos dejaste tu último recuerdo palpitante caliente, a través de los siglos, para que recordáramos aquella noche en que prometiste quedarte en los altares hasta el fin de los tiempos, insensible al dolor de la soledad en tantos sagrarios.

Debemos dar tiempo al Amigo, visitándolo en su casa, que es la Iglesia. Con mucha frecuencia damos la impresión de que lo que menos nos interesa es estar con El, pues hacemos unas visitas relámpagos casi sin decirle nada.

Cuando no podemos visitarlo en una Iglesia, es bueno hacer comuniones espirituales.

Estas consisten en hablar con Él que está en nuestra alma y decirle que deseamos recibirle lo antes posible. Es algo así como un novio que manda una carta a su novia, diciéndole que desea verla pronto. Las comuniones espirituales son detalles que sólo los que aman de verdad entienden.

La Eucaristía, en cierto sentido, es un compendio de todo el evangelio. Allí Cristo nos da muchas lecciones desde la cátedra del sagrario.

Ante todo nos enseña la humildad. Él que es Dios mismo, nuestro Creador, la Sabiduría infinita, el Omnipotente... está allí en el silencio del sagrario. Cuando nosotros tenemos un éxito en algún campo, somos muy rápidos para publicarlo; nos gusta que todo el mundo reconozca nuestro valor y quiénes somos. No es así con Cristo Eucaristía: Él está allí en el silencio más profundo sin publicar quién es. ¡Qué lección de caridad!

Cristo está allí disponible. Él está siempre presente para ayudar, para tender la mano.

Delante de Cristo Eucaristía se han arrodillado millones de personas durante los últimos 2,000 años: señores y señoras, niños y adultos, santos y pecadores, gente muy culta y gente muy sencilla... Él está allí como un trozo de pan al cual puede acudir cualquier persona para satisfacer su hambre.

Cristo es constante en su amor en la Eucaristía. Nunca dice “Me voy” o “No tengo tiempo”. Es el eterno disponible.

¡Cuánto nos cuesta dar a los demás nuestro tiempo! La permanencia de Cristo Eucaristía es como un reflejo en el tiempo del eterno amor de Dios hacia cada alma, sin más gozo que ser el eterno adorador inmolado sobre el blanco mantel; sin más consuelo que saber que eres el compañero de tus elegidos, que harías más breve su dolor desde tu puesto vigilante, amoroso, desde tu corazón agradecido por este Misterio.

© 1993-2009 José Luís Elizalde