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Sembl. Hna. Mª de la Cruz de Jesús C.D. Imprimir
 
Muere santamente en Pamplona el día 17 de Septiembre de 2004
  
SEMBLANZA

HERMANA MARIA DE LA CRUZ DE JESÚS (María de la Merced Alás Brun), Carmelita Descalza en el convento de Pamplona.


Son las doce de la noche del 24 de Diciembre. En el convento de las Carmelitas Descalzas, calle Salsipuedes (junto a la catedral de Pamplona), da comienzo la Misa del Gallo. Es la Noche de Navidad. El celebrante se aproxima al altar, comienza la liturgia solemne de la Navidad del Señor. Como siempre no se ve a las Hermanas, ellas están en el coro alto. Entonan el canto inicial sin ninguna nota del órgano. Siguen cantando durante toda la Misa solemne y el órgano sigue en silencio. Sus voces resisten y no se quiebran, cantan poniendo todo el corazón y la cabeza porque están llenas de amor de Dios y aman Su Voluntad por encima de todo. El silencio del órgano del coro hace presente una ausencia. La ausencia de la Hermana María, que hasta hace tres meses hacía sonar ese órgano: ya no está entre ellas. Dios se la llevó al cielo el 17 de Septiembre de este año 2004 que está a punto de finalizar. Sí, el órgano de su convento está en silencio, pero en el cielo los ángeles hacen coro en torno a la joven Hermana Carmelita Descalza que desde ahí festeja y rompe a cantar a sus Hermanas del Carmelo. Es el Nacimiento del Niño Dios.

Esta joven Carmelita Descalza, nació en Pamplona, el 25 de Septiembre de 1965. Durante 18 años respondía a muchos nombres: María de la Merced, Merche, Mercedes, Merçe. Era la cuarta de once hermanos, aunque siempre fueron diez porque la que le precedía murió a las pocas horas de nacer. Quizá la muerte prematura de su hermanita adelantó su venida al mundo que ocurrió muy prontamente. Inteligente, espabilada y despierta desde niña. Enamorada de su tío y padrino, tenía celos de la que iba a ser su esposa. El día de la boda ahí está ella, pequeñaza, partiendo el pastel en medio de los novios. También se enamoró de un pintor de brocha gorda que fue a pintar a su casa, por entonces vivían en Echauri. El pintor era de Monreal. Ella preparó su maletita (la de ir al colegio) y quería irse con él, porque tenía que cuidarle, dijo. Recordábamos ese suceso en la habitación de la Clínica Universitaria, recién ingresada para el último tratamiento intenso al que debía someterse y que concluyó, no muchos días después, en el cielo. La recuerdo muy bien, de pie junto al ventanal de la habitación de la octava planta. Nos reíamos a gusto ella, su madre y yo, porque con su memoria prodigiosa nos narraba su aventura infantil (tendría 4 ó 5 años) e incluso nos añadió un dato, que no sabíamos, de una boda posterior, en Echauri, en la que estuvo invitado ese novio de la infancia: el pintor. No era melindrosa, tenía mucho carácter y se enfadaba a veces, y después se enfadaba porque se había enfadado y ponía morrete. Desde muy pequeña comenzó la lucha por desenfadarse después de enfadarse (ese amor propio que se despierta pronto en cada uno). Cuando íbamos en coche, desde Echauri hacia el colegio de Pamplona, siendo ella muy niña, al cruzar el río abría yo la ventanilla, cogíamos ella su morrete y yo el mío y los tirábamos al río, y el enfado había pasado.

Merche era sencillamente una merced, un regalo del cielo. Quería mucho y se hacía querer, fue creciendo y se enamoró de verdad. Descubrió al Amor muy joven ya nunca lo dejó. Sin embargo, tenía que esperar y esperó llenando el tiempo plenamente sin regatear ningún esfuerzo.

Como cualquier joven que hace planes de futuro, ella los hacía sabiendo que después los pondría todos en las manos del Señor. Casi todas sus calificaciones fueron Matrículas de Honor; he oído decir a sus profesoras que la matrícula de honor era escasa para calificarla a ella. He dicho casi todas porque le faltaban las de deportes y música, en las que no alcanzaba la máxima calificación. Un día le pregunté qué carrera le gustaría estudiar y me dijo tres, las tres querría estudiarlas y por ese orden: matemáticas, filosofía y teología. Y ciertamente habría podido con todas ellas. Sacó buena nota en la selectividad y cuando sus compañeras a punto estaban de comenzar la carrera universitaria ella puso en manos de Dios sus proyectos humanos y decidió responder que sí, sin esperar más, al Amor que tan vivo tenía en su alma y en su cabeza y en su corazón. Había esperado lo necesario y había apurado el tiempo al máximo y pudo arrancar un día a esa espera.
El 24 de Septiembre de 1983, con 17 años, día de su santo, festividad de la Virgen de la Merced y víspera de su cumpleaños, entró en el Carmelo de las Descalzas de Pamplona, junto a la Catedral.

Ese día incorporó otro nombre, nadie se lo impuso, ella lo eligió: María de la Cruz de Jesús. Tiene su historia el porqué de ese nombre, como todo lo que ella hacía, también en la elección del nombre se refleja su gran amor a Dios.

He dejado interrumpido este breve relato durante bastantes meses y ya estamos en septiembre, dentro de pocos días será el primer aniversario de su afincarse en el cielo. Aquí se lo dio todo a Dios - sólo Dios basta, decía Sta. Teresa de Jesús - y Dios es un buen pagador, no se deja ganar en generosidad, decía san Josemaría, Fundador del Opus Dei, a quien ella conoció siendo muy niña y de quien se nutrió para su crecimiento espiritual leyendo y meditando todos sus libros.

Dios no se deja ganar en generosidad y ha sido espléndido con la Hermana María, aunque todos hubiésemos querido tenerla entre nosotros mucho más tiempo. ¿Cómo es la lógica de Dios? No se parece en nada a la nuestra. Ella, la Hermana María, la más joven del convento, el punto de apoyo de todas sus Hermanas, todas ella de espíritu muy joven (quien no lo crea que vaya a verlas y hable con ellas en el locutorio de su convento de la calle Salsipuedes) pero de edad mucho más avanzada. Cuando sentían algún achaque importante y notaban el peso físico de los años (alguna sobrepasaba los 90) solían decir:”bueno, no pasa nada, tenemos a la Hermana que nos cuidará”. Y Dios en su lógica divina, que no humana, se lleva a la Hermana María en la flor de la juventud, a sus 39 años y 21 de entrega a Dios en su vocación de Carmelita Descalza siguiendo con mucha fidelidad el camino de Santa Teresa de Jesús, aprendiendo la vida de infancia de Santa Teresita del Niño Jesús y buscando el alimento espiritual en la doctrina de la fe católica que tiene solución para todos los problemas.

El día 17 de Septiembre hará un año de su marcha al cielo. Es curioso como se enlazan las cosas: el último edificio que pisó antes de entrar en el Convento el día 24 de Septiembre de 1983 fue la Clínica Universitaria. Lo sé muy bien porque yo la acompañaba; por una serie de vicisitudes aquella mañana (recuerdo que era sábado) llegó tarde a Misa y no quería entrar en el Convento (la esperaban a las seis de la tarde) y quedarse justo ese día sin haber oído y participado bien en la Misa. Salimos de su casa, ella ya no volvería más a su casa y salió con la misma naturalidad de cuando salía para ir al colegio o a cualquier cosa. Estaba ya desprendida de cualquier atadura terrena. Recuerdo que en el coche se pintó un poquito los ojos y ahí me lo dejó, ya no iba a usarlo más. Buscando la Misa fuimos incluso al cementerio, finalmente acudimos a la Clínica Universitaria, allí habría algún sacerdote de guardia. Así fue. Le conté que mi sobrina entraba esa tarde en el Convento de las Carmelitas Descalzas y que no quería quedarse sin la Misa, le pedí que por favor, nos celebrara la Santa Misa y ese buen sacerdote así lo hizo gustosamente. No recuerdo si fue antes de comenzar la Misa o al acabar que mi sobrina, en la sacristía, le pidió al sacerdote la bendición y él se la dio y le dijo: “Reza mucho por los sacerdotes”. “A eso voy” contestó ella. Y esa era ciertamente su vocación y la vivió plenamente hasta el último instante de su vida. Cuando en sus últimos días de esta vida, en la Clínica Universitaria, fue trasladada de la 8ª planta de hospitalización a la UCI, su madre le pidió que rezara y ofreciera todo por los sacerdotes y por las vocaciones y ella, la Hermana María, sabía que esa seguía siendo su tarea y ese era el ofrecimiento de su vida entera. Recuerdo que estaba yo en la puerta de entrada de la UCI y pasó a verla un sacerdote de la diócesis de Pamplona: Don Ildefonso Adeva. Le pidió lo mismo: reza, ofrece por las vocaciones, por las vocaciones sacerdotales y por tantas vocaciones que son tan necesarias.

Los últimos minutos de su vida los corrió rápidos hasta la meta. Hasta su cuerpo me pareció que lo tenía ligeramente incorporado, como el corredor que quiere entrar el primero y avanza unos milímetros la cabeza y el tórax. Esa fue mi impresión al ver su cuerpo recién fallecida. Me recordó aquellas palabras que san Pablo escribe a los de Corinto, y que son para todos: “¿No sabéis que los que corren en el estadio, todos sin duda corren, pero uno sólo recibe el premio? Corred de tal modo que lo alcancéis.

Su alma subió al cielo, su cuerpo fue trasladado al Convento de las Madres Carmelitas. Estar junto al cuerpo muerto de la Hermana María era mirarla y no querer dejar de mirarla. Irradiaba mucha paz. La Madre Superiora y las Hermanas tuvieron la deferencia de dejarnos tener muy cerca su féretro, así todo el día 17 (también el 18) estuvo expuesto cerca del altar , por la noche lo velaron ellas en el coro bajo. La familia queríamos hacer unos recordatorios para dar al día siguiente en la Santa Misa funeral; recuerdo que la Hermana María Victoria me llamó para que me aproximara a la reja del coro bajo y me dio un papelito donde había escrito una breve semblanza para que la pusiéramos en el recordatorio. La había escrito de un tirón, algo que salía de su corazón y expresaba cómo era la Hermana María y cómo la querían todas. Lo del papelito quedó luego impreso en el recordatorio, decía así: “Vivió en el Carmelo en perpetua alegría, en silencioso y amoroso diálogo entre su alma y su Dios y generosa entrega a las Hermanas”.

El órgano del coro alto sigue sin sonar en las celebraciones litúrgicas. Dios sabrá hasta cuándo. La mies es mucha, los obreros pocos. Rogad pues al Dios de la mies que envíe obreros a su mies. Dios llama cada día a nuestro corazón y cada uno tenemos que responder a su llamada.. ¿Querrá Dios que al ver la entrega generosa y total de la Hermana María y su felicidad plena, haya otras mujeres -jóvenes o menos jóvenes que descubran su vocación y digan sí al Señor? ¿Habrá quizás alguna, o más de una, a la que Dios le llame al Carmelo? A todos Dios nos llama a algo concreto y en la respuesta a ese algo radica nuestra felicidad en la tierra y después la felicidad para siempre en la Vida Eterna.

¿Hace falta una organista para el Carmelo de San José? No, y sí. Hacen falta almas entregadas a Dios y, quién sabe, quizá alguna después será organista, o no será. La Hermana María tenía mal oído para la música (eso viene de familia) pero el amor de Dios lo puede todo. Cuando ella entró en el convento la Hermana organista era muy mayor y la Madre superiora pidió a la Hermana María que estudiase toda la carrera de solfeo, piano y órgano. No salía fuera del convento, era una profesora experta quien le dio las clases año tras año en el propio convento. Terminó todos los estudios y el oído de la Hermana María se iba afinando y año tras año sus notas musicales sonaban con mayor maestría. Cuando hace poco más de un año vinieron a Pamplona las reliquias de Santa Teresita del Niño Jesús, la Hermana María de la Cruz de Jesús estaba ingresada en el Hospital Virgen del Camino; pidió permiso para salir a dormir a su Convento y estar esas horas allí. Cuando las reliquias entraban en la Iglesia de las Carmelitas sonaba el órgano, era la Hermana María quien lo hacía sonar. Mucha gente comentaba que la melodía sonaba maravillosamente bien. A la mañana siguiente la Hermana María retornó al Hospital.

Fue un año de calvario el que tuvo la Hermana María, el 15 de Agosto del 2003 comenzaron sus dolencias, el día de la festividad de la Asunción de la Virgen Santísima. La Cruz deJesús que ella tanto amaba la llevaba bien amarrada junto al Señor, sin arrastrarla. La llevaba con garbo porque la compartía con su Amor. Cuando al cabo de unos años todo parecía solucionarse, ya en el tramo final, cuando ella se veía pletórica de salud y ya regaba de nuevo los árboles de la huerta del convento, se despidió de sus Hermanas el 1 de Septiembre del 2004. El día 17, Dios la llamó a su presencia: “Ven sierva buena y fiel”. Está enterrada en el propio Carmelo de San José, los árboles que ella regaba contemplan su losa. Ahí vivió 21 años y ahí está acompañada y custodiada por el cariño y las oraciones de todas las Hermanas y también por el cariño, la oración y la petición de todos cuanto mucho la queremos. Pensamos que es una buena intercesora en el cielo. Así lo expresaba también el sacerdote carmelita que celebró su funeral, concelebrado por más de veinte sacerdotes. Ese día el corazón se llenó de gratitud a Dios, aunque las lágrimas cayeran de nuestros ojos y en muchos momentos sigan nublando nuestra vista y quebrando nuestra voz. Recemos por ella y pidamos a Dios cosas importantes a través de ella.

Muchas gracias, Merche; muchas gracias, Hermana María de la Cruz de Jesús, por todo tu ejemplo y por toda tu vida de fe y entrega. Moltes gracies, Merçe.

(Semblanza escrita por Concepción Brun Sandiumenge, tía de la Hermana María de la Cruz de Jesús, cuyo nombre civil era María de la Merced Alás Brun)

© 1993-2009 José Luís Elizalde