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Carta a los enfermos Imprimir
 
Carta invitando a los enfermos a hacer de su enfermedad una ofrenda al Señor, por las vocaciones sacerdotales, religiosas, de personas consagradas y de seglares comprometidos con la Iglesia. Para ello contamos con unos seres privilegiados a los que hemos acogido como nuestros intercesores.
  
CARTA A UN ENFERMO

Desde Solares, a 29 de Junio de 1993

Querido amigo: Paz y Bien.

Estás postrado en el lecho del dolor y, quizás, nadie se atreve a decirte que lo que tienes es grave, quizás muy grave. Pero no te importe. “Todos”, ¡yo también! vamos camino, no de la muerte, sino de la VIDA. Fíjate, a tu alrededor, entre murmullos, hablando en voz baja, todos saben del mal que te aqueja; a veces, todos, menos tú. Nadie se atreve a hablar de tu enfermedad. Hace falta mucha valentía para hablarte de ese mal que nadie sabe cómo comenzó pero que todos saben dónde va a parar. Y sin embargo, todos los que te rodean van a pasar por el mismo trance: el de la muerte. Ni los políticos, ni los poderosos, ni los ricos, ni los sabios, ni los pobres van a poder sustraerse de ese estigma que llevan todos marcado en la frente: la muerte.

Para nosotros, los cristianos, la muerte es la VIDA.
Es un paso más hacia lo infinito, hacia la paz, el gozo, la alegría. El cristiano no teme a la muerte. Sabe que es un momento más en su vida, un paso hacia el frente, pero con la seguridad de que va a salir a recibirle un Dios todo Amor Misericordioso “que se alegra más por un pecador arrepentido que por noventa y nueve justos que no tienen necesidad de misericordia”. Dios es así: Todo Amor y todo Misericordia, pero en grado infinito y, además, ¡no puede dejar de amarnos!

Hoy quisiera decirte algo más. El Buen Dios, muchas veces quiere que su gloria se manifieste con el milagro. Y deja que se manifieste, por medio de las personas que más le amaron: los santos. Ser santo no es cosa fácil. Requiere la negación de uno mismo, hasta las últimas consecuencias, y una entrega al Amor de Dios y de los hombres fuera de serie, hasta que duela (como diría la Madre Teresa de Calcuta). Pero los hay. Y los hay en plena década de los 90. Santos que resplandecen como auténticas estrellas de primera magnitud. Yo solamente te voy a hablar de unos pocos.

GABRIEL BRIONES PEREZ, “GABI” (1957-1993)

Joven deportista, que a los 22 años, el Señor le prueba con una enfermedad incurable, terminal, quizás como la tuya en estos momentos. Pero el Señor lo elige para que sea modelo de amor a Dios en el sufrimiento y en la cruz. 14 años de dolor (ya ni la morfina mitigaba sus dolores en los últimos meses) y 26 operaciones quirúrgicas.

Me dicen que cuando algún enfermo del Hospital rechazaba al sacerdote, se acercaba él, le besaba en la frente y le hablaba de su vida dolorosa, contándole sus 20, 22, 24 operaciones, sus dolores, y su amor a Jesús y a la Virgen María y, puedo asegurarte, que nadie se resistía a su ofrecimiento de ponerse a bien con el Buen Dios para tener una buena muerte. Ninguno de los que él habló se negó a recibir al sacerdote en el último instante, incluso aquellos que lo habían rechazado al principio. Nadie se resistía a su caridad y amistad.

Su poder de convicción se alimentaba en las sombras, cuando de noche, sólo, con dolores inaguantables, al pie de su cama, en su casa, se agarraba fuertemente al crucifijo y ofrecía sus dolores por todos los que había conocido. ¡Señor, solía decir, te ofrezco todo lo que quieras mandarme, con tal de que se salve una sola alma! Y al rezar el Rosario a su Madre del Cielo, no permitía que le pusieran morfina, porque quería ofrecer sus dolores, a la Virgen, por los pecadores, por las vocaciones. Y un día, en la fiesta del Amor Misericordioso, el Señor se lo llevó para gozar de su presencia en el Cielo eternamente. Está introducida su causa de Canonización.


PILAR ELIZALDE ESPARZA (1939-1992)

Misionera de las Hermanas de María Reparadora, con más de 30 años de vida religiosa a sus espaldas. Amante de su Congregación, su amor al Señor le lleva hasta los más necesitados. No le bastaban los pobres de España, tenía que ir a socorrer espiritualmente a los más pobres de los pobres, a Panamá, al Perú, para volcarse en ellos, enseñándoles a amar al Amor. Sus hermanas reparadoras le llamaban un poco en broma, “S. Juan Evangelista”, porque sólo sabía hablar, como el apóstol, “del Amor”.

No sabemos desde cuándo su cáncer llevaba minando su cuerpo. Solo sabemos que cuando la Superiora se enteró de su enfermedad, le quedaba escasamente algo más de un mes de vida. Dijo que se iría a la Casa del Padre el día de Navidad y así fue: eran las 12.20 de la Noche-Buena cuando entregaba su alma al Dios que tanto había amado.

Su funeral, por expreso deseo suyo, fue de blanco, de Resurrección, porque “voy a la Casa de mi Padre Dios y allí todo es alegría”. No le importaban las largas caminatas por entre los peligros de la selva: escorpiones, arañas gigantes, serpientes, ríos, lagunas a vadear...

Cuando sus hermanas se acostaban, ya de noche, derrotadas por el cansancio, todavía ella tenía fuerzas para pasar dos, tres, cuatro horas de oración ante el Sagrario.

Y en su humildad, después de dejar su vida, rota a jirones en los caminos, en sus correrías, junto a sus hermanas, repetía muchas veces: “Que llegue, Señor, a Ti, con las manos vacías, para que Tú las llenes de tu infinita Misericordia”.


PILAR ARGUMANEZ FUENTES (1947-1991)

Religiosa concepcionista, contemplativa de rigurosa clausura, que a los 44 años, fallece en el Monasterio de Alcázar de S. Juan, después de ofrecer su vida al Señor por las Vocaciones sacerdotales y religiosas. Y una mañana del 25 de Octubre, tras un cólico que el médico no pudo diagnosticar, es ingresada en el Hospital. Sufrió dolores intensísimos; se le deshizo el páncreas en once días y, como consecuencia, le entró la enfermedad del tétanos.

En esos once días fue operada tres veces, ofreciendo al Señor, con intenso fervor, todos sus grandes sufrimientos, físicos y morales por las vocaciones.

Creemos que Dios aceptó su vida, su fidelidad y sus sufrimientos por sus vocaciones. Y vimos, nos dice la M. Abadesa, cómo Dios quiso llevar hasta el límite la inmolación, pues le pidió el sacrificio de la separación del Convento durante sus últimos días, en contra de lo que ella suplicaba. Sor Pilar fallecía, santamente, al atardecer del 10 de Noviembre de 1991.


PADRE LEOCADIO GALAN BARRENA

Nace en Calamonte (Badajoz) en 1910. Su vida entera está dedicada a las labores sacerdotales en la Parroquia de Alcuéscar (Cáceres), primero como coadjutor y más tarde como Párroco, entregando su vida a la Formación Cristiana de la masa rural, obrera y campesina. Así mismo, desplegó un intenso apostolado entre las comunidades de vida contemplativa, con Ejercicios Espirituales, retiros, etc.

Funda el Instituto de la “Santa Esclavitud de María y de los Pobres”, después de pedir la dispensa para dejar su puesto de párroco y poder dedicar más tiempo a la creación del nuevo Instituto Religioso.

Cuatro eran sus amores:

La Eucaristía,
a la que, aparte de las Misas, dedicaba muchas horas de oración quitándolas del sueño.

La Virgen María,
cuya devoción extendía, casi sin darse cuenta por los pueblos de su comarca cacereña.

La Iglesia.
Cumpliendo con la Voluntad de Dios en todo momento, manifestada a través del Vicario de Cristo en la tierra.

Los pobres: “El destino de nuestra Esclavitud está en los pobres..., decía, en los pobres de los ambientes rurales”.
Tras cinco años de penosa enfermedad, entregó su alma al Señor, santamente, el 27 de Enero de 1990. Su obra tiene ya resonancia mundial y está introducida su Causa de Canonización.

Como verás, también hay santos en la década de los 90.
A cualquiera de ellos puedes encomendar tus problemas de salud física y moral. Aprovéchate de ellos que acaban de llegar a la Casa del Padre y están “ociosos” y con ansias de “pasar el Cielo haciendo bien en la tierra”, como diría Sta. Teresita del Niño Jesús.

Yo creo en los milagros. Basta que tengamos la fe del leproso: “Si quieres, Señor, puedes limpiarme”, “Quiero, sé limpio” y le dejó la lepra. O la fe del ciego de nacimiento: “¿Qué quieres que haga contigo? ¡Señor, que vea!” O como la fe del centurión: “Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero di una palabra y mi criado quedará sano”. Sólo así podremos quedar sanos, por muy grave que sea nuestra enfermedad.

Digámosle al Señor con fe: ¡Señor, Tú sabes que te amo! ¡En Tí confío!
© 1993-2009 José Luís Elizalde